25º aniversario de American Psycho de Brett Easton Ellis

American Psycho

En marzo de 1991, hace ya veinticinco años, salió finalmente, y luego de idas y vueltas inesperadas, American Psycho el tercer libro de Bret Easton Ellis un escritor californiano que contaba por ese entonces con 27 años.

Luego de su debut con Less than Zero (Menos que cero) y The Rules of Attraction (Las reglas de la atracción, una buena novela pero que se sintió casi como una continuidad de los temas y formas de la anterior) llegó esta novela disruptiva acerca de Patrick Bateman, un típico yuppie corredor de bolsa que durante el día se dedicaba a hacer millones especulando con finanzas, medir su tarjeta de presentación con la de sus socios y enemigos en el juego de Wall Street, escuchar discos clásicos de los 80s y por las noches tenía el hobby de descuartizar prostitutas en su departamento y guardar sus órganos en el freezer.

La novela estuvo signada por el escándalo aún antes de salir lo que sin dudas no le vino mal a nivel prensa: pocos meses antes de su salida estipulada por Simon & Schuster fue rechazada por la misma editorial debido a su contenido de odio hacia las mujeres y sus escenas de violencia extrema. Lo que para un escritor cualquiera con un libro cualquiera hubiera significado un golpe durísimo, a Ellis terminó reportándole quedarse con los 300 mil dólares de adelanto de S&S más los 350 mil dólares de adelanto que le dio Knopf quien apenas fue rechazado el libro estuvo allí para recontratarlo y sacarlo en su sello Vintage Books. Pero además, como decíamos, las idas y vueltas le dieron un buzz previo al libro que configuraron el hype que por otra parte estaba bien merecido.

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Si American Psycho se convirtió en uno de los textos literarios más importantes de su época es porque capturó perfectamente en sus personajes y su trama los años duros del dominio republicano de Reagan y Bush Padre con su consabido conservadurismo político y social, su liberalismo económico y su reconfiguración económica que dejó a millones en la miseria.

Patrick Bateman es el protagonista y además encarna ese lado salvaje, individualista y alucinado de los que se hicieron inmensamente ricos en la Bolsa. Ese abordaje resultó novedoso dentro de la literatura realista: no se trató de retratar las penurias de los perdedores del sistema sino la de los ganadores. Pero tampoco se trató como en las novelas anteriores de Ellis de hablar de “los chicos ricos que tienen tristeza”. Bateman no es un chico rico con tristeza sino un chico rico psicópata con un gusto refinado por la música pop y los buenos libros equivalente al amor que siente  por cercenar miembros de otras personas.

Podemos pensar que existe una tradición literaria muy anterior que pone en primera persona a los victimarios y no a las víctimas (leamos por ejemplo Pop. 1280 de Jim Thompson o su otra novela del mismo estilo The Killer Inside Me) pero aún en estos casos siempre se trató de retratar en primera persona a los perdedores,  gente en la parte más ancha de la pirámide social. Bateman nos lleva a la cumbre y nos muestra a un tipo asquerosamente refinado y rico y a la vez que enfermo y asesino.

Easton Ellis junto a otros escritores de lo que se llamó el “brat pack” como Jay McInerney (recomiendo su novela Story of my Life que es además, muy divertida) escribieron novelas y literatura desde esta perspectiva triunfadora, cocainómana y moralmente destruida de las clases altas estadounidenses, los grandes ganadores del capitalismo en su proceso de reconversión de industrial a financiero.

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Nuevamente, la época era oscura. Los años 80s significaron el final definitivo del optimismo ciego de consumo y maravillas tecnológicas posterior a la Segunda Guerra Mundial y el ahondamiento de las desigualdades que terminarían, precisamente en los años 90s con el apogeo del espíritu nihilista de la Generación X.

Mucho se habla de los cómics de esos años: cómo la inocencia festiva y “para niños” de los superhéroes se transformó en historias oscuras de personajes torturados con arcos narrativos que incluían temáticas adultas: los límites a la democracia que impone el vigilantismo y su coqueteo con el fascismo, las falencias humanas de los superhéroes como el alcoholismo, la muerte de Jason Todd, el segundo Robin, por culpa de Batman, y varios tópicos más que fueron largamente desarrollados en las historietas de Frank Miller y Alan Moore a la cabeza de una generación de escritores densos y oscuros.

Toda época tiene sus propios mitos y en los Estados Unidos los mitos circulan a máxima velocidad por la cultura popular. Los cómics son desde hace un siglo su medio privilegiado y es por eso que el Batman de aquella época pero también el Daredevil, Judge Dredd o el Iron Man con problemas de bebida entre otros fueron ejemplos destacados de una nueva mitología donde hasta los superhombres fallaban y tenían que enfrentar el mundo depresivo en el que vivían los propios lectores.

Patrick Bateman es un superhéroe de su época: de día es un exitoso joven de negocios y de noche deja su identidad secreta para convertirse en un asesino despiadado y vulgar, con un profundo gusto por la sangre humana. Podemos pensarlo como la encarnación pura del mal o simplemente como uno más de los vigilantes enmascarados que salen por las noches a hacer justicia por mano propia, como Frank Castle, el Punisher, otro asesino armado de Nueva York que sólo se diferencia con Patrick porque “mata a quienes se lo merecen”. Como si hubiera una forma de determinar quién merece y quién no merece morir.

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¿Qué diferencia a Bateman de Batman? una sola letra. Bateman – Batman = Bateman por lo demás, ambos toman en sus propias manos y en base a su sentir moral a quién asesinar o golpear hasta casi matar; ambos viven en Gotham City (a Nueva York, donde vive Bateman, se la conoce con el sobrenombre de “Gotham” desde mucho antes todavía de la primera aparición de Batman); ambos son multimillonarios; los dos mantienen una personalidad oculta y luego, en la adaptación cinematográfica de American Psycho, Patrick Bateman fue interpretado por Christian Bale quien también tomaría años más tarde el manto del murciélago en la trilogía de Batman de Christopher Nolan que se inspiró precisamente en los cómics del Caballero de la noche de Frank Miller.

Patrick Bateman entonces no es sólo el protagonista de una novela transgresora de comienzos de los 90s sino que es un héroe arquetípico para sus contemporáneos. No es un héroe agradable, no es un héroe deseable y es más que nada un antihéroe, pero expresa condensado en su figura los miedos, anhelos y violencia gratuita de una época individualista, hedonista, cínica y también, por qué no, sedienta de la sangre de los más débiles.

Quizás eso fue lo que vieron los editores de Simon & Schuster que los espantó al punto de no publicar el libro: el reflejo de los sentimientos más íntimos que recorrían la sociedad estadounidense a mediados de los 80s y comienzos de los 90s y que por supuesto, también hablaba de sus propios sentimientos ocultos.

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Hoy, a 25 años de su publicación, American Psycho sigue siendo el libro más logrado de Ellis quien parece haber aceptado esa bendición que a la vez es un karma: no poder publicar nada posterior con un impacto cultural tan fuerte pero tampoco poder dejar ir del todo a su creación.

En su novela de 2005, Lunar Park (muy lograda y recomendable), pareciera aceptar que el fantasma de Bateman lo persigue como una sombra imposible de dejar y en ese sentido bien podría haber sido su último libro.

En 2010 sin embargo, Ellis publicó una continuación de Less than Zero (llamada Imperial Bedrooms) con lo que no hizo sino confirmar que pareciera atrapado en sus propias grandes obras, sin poder pensar una trama que refleje este tiempo que ha cambiado sustancialmente en los últimos 25 años.

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Por lo pronto American Psycho llegará pronto al teatro en la calle Broadway lo que no deja de ser una ironía muy batemaniana: al protagonista de la novela le encantaría saberse espectáculo en la calle sinónimo de los teatros neoyorquinos y a la vez, esa historia ya tiene un cuarto de siglo y nos habla de una época desfasada que ya no existe.

Esa melancolía dulce por lo perdido es también y una vez más, muy digna de la abulia y el aburrimiento de los triunfadores pacatos de la década de los 80s. Seguramente valdrá la pena ir al teatro a verlo una vez más y pensar en cómo un artista genial logró capturar la esencia de aquellos años en un héroe literario que puede ser leído a la par que tantos otros héroes míticos y arquetípicos que a lo largo de la historia de la literatura han ido apareciendo y nos permiten leer en ellos a su época entera.

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