El problema de la chica muerta

End of a stripper

El fin de semana pasado vimos con mi esposa dos thrillers, un poco antiguas ambos, por Netflix. Además de tener ya varios años, las películas comparten lo que estuve pensando como “el problema de la chica muerta”.

La primera de esas películas fue Don´t say a word (2001) con Michael Douglas y la malograda Brittany Murphy.
Como thriller estaba bien y nada más.Al menos me hizo conocer la historia que desconocía de Hart Island en Nueva York, una isla que parece ser el modelo propicio para todo tipo de película de terror ya que allí se asentó una prisión, un reformatorio de menores y el cementerio público más grande del mundo con millones de cuerpos enterrados allí hasta la actualidad.

Recuerdo cuando salió esta película que había tenido intenciones de ir a verla al cine pero luego por algún motivo nunca fui y no la vi hasta el fin de semana pasado.

La otra película que vimos fue Malice (1993) con un elenco muy interesante y un nivel narrativo bastante similar a la anterior. Es decir, algunas sorpresas, algunas cosas bien hechas y una trama medianamente predecible y mediocre.

Pero vayamos al punto: el problema de la chica muerta.

Mi mujer siempre me recrimina que cada vez que vemos un trhiller o narración policial (y por supuesto, soy muy propenso a este tipo de películas y series) tiene que someterse a ver cómo en el 99% de los casos la víctima es una mujer o una chica joven.

Desde luego, esto no es sorprendente: uno de los roles privilegiados de la mujer en la narrativa policial es el de víctima tal como reflexionamos tiempo atrás.

Es una construcción propia del género policial. Y los géneros son más o menos estables por lo que es altamente esperable que en un relato policial la víctima que inicie el relato sea mujer. Lo que en su momento pudo haberse dado con cierta naturalidad pero que en los tiempos que corren de cuestionamiento del rol que se le reserva a la mujer en nuestra sociedad y la visibilización de la violencia machista y los femicidios, permite al menos que esta recurrencia en la escenificación y estetización de la muerte violenta de la mujer nos resulte por lo menos algo incómoda o que nos llame a la reflexión y el cuestionamiento.

En esa reflexión evidente acerca de cómo las mujeres en el género policial/negro/hardboiled/thriller cumple las más de las veces de víctima propiciatoria del relato (es decir, la muerte de una mujer desencadena la investigación que es en definitiva de lo que trata el relato) encontré en estas dos películas una puesta en escena de la chica muerta por razones arbitrarias, acaso para cumplir con la regla del género pero que narrativamente cumplen una función muy pobre.

ni una sola palabra

Empecemos con Don´t Say a Word. El núcleo del relato es que una banda secuestra a una niña para obligar al padre de la víctima (Michael Douglas), un renombrado psiquiatra llamado Nathan Conrad, a que haga “hablar” a Elizabeth Burrows (Brittany Murphy) una nueva paciente que se niega a decir nada coherente y que esconde entre sus frágiles recuerdos la clave para encontrar una piedra preciosa que le fue mejicaneada por su padre (muerto) a la banda que secuestró a la niña.

Tenemos hasta aquí todos los tópicos del relato policial/noir necesarios para que un espectador no se sienta defraudado y lo que seguirá irá terminando de encajar las piezas para la perfecta resolución que no defrauda en cuanto a sus dosis de suspenso, disparos y vueltas de tuerca. El problema de la chica muerta aparece de forma lateral: primero en la forma de un cuerpo de mujer flotando desnudo en medio del río Hudson. Luego, cuando ese cuerpo sea recuperado por las autoridades se introducirá una investigación acerca del mismo y de forma muy poco clara y rápida la agente de policía logrará en cuestión de segundos relacionar ese cadáver con la banda que mantiene cautiva a la hija del psiquiatra. En ese sentido el cuerpo de la chica muerta sólo cumple la función de “alertar a la policía” de que hay una banda criminal actuando dado que por las condiciones del secuestro de la niña el Dr. Conrad no puede avisar a la policía.

En una vuelta de tuerca algo predecible, nos enteramos que el psiquiatra a cargo originalmente de Burrows, el Dr. Louis Sachs, también estaba siendo extorsionado por la misma banda que secuestró a la niña pero a él lo habían amenazado  con matar a su novia si no logra hacer que Burrows devele el secreto que buscan en una cantidad de horas predeterminada. Dicha novia es aquel cadáver encontrado en el río.

En una escena lamentable la policía llega a interrogar a Sachs por la muerte de su novia y él niega siquiera conocerla, suponemos que para no alertar a la policía acerca de la banda que lo estaba extorsionando con matar a la chica si él los denunciaba. Pero además de la anticlimática negación de Sachs de conocer a la víctima, aún cuando la policía le muestra fotografías de ambos pasando juntos un día en el parque, si la chica está muerta ¿por qué Sachs se sigue negando a denunciar lo que sabe? ¿qué efecto puede continuar teniendo la amenaza si la banda ya mató a la chica pese a que todavía no se había cumplido el plazo que le había dado para que lograra hacer “cantar” a Burrows antes de cumplir con su amenaza de matarla? Sachs niega conocer a su novia muerta, se niega aceptar cualquier relación con ella y prácticamente ni se altera por el hecho de que ahora su novia descansa en una camilla de la morgue.  Esta escena da paso a otra secuencia en la que el Dr. Conrad ayuda a Elizabeth Burrows a escapar del hospital psiquiátrico y es la última vez que tenemos noticias tanto de Sachs como de su novia muerta. Es decir que el cadáver de la chica únicamente cumple el rol de ser un puente para que la policía logre llegar de forma algo nebulosa y arbitraria al hospital psiquiátrico y toparse así con la trama principal que involucra a Conrad y Burrows. La película continúa y nos olvidamos del destino de la chica muerte que entonces sólo funcionó a nivel narrativo como un pedazo de utilería necesario para establecer una deducción arbitraria.

Malice

En forma similar, la película Malice también introduce una subtrama con chicas muertas y violadas a único efecto de servir de puente para una deducción que desatará el acto final de la trama.

En esta película Andy (Bill Pullman), vicedecano de alumnos de un Instituto universitario en un suburbio de Boston, está felizmente casado Tracy y juntos planean algún día tener hijos. La película comienza con una alumna del instituto donde trabaja Andy siendo atacada al llegar a su casa por un hombre al que no vemos pero que sabemos que la viola y la deja al borde de la muerte. La chica ingresa en el hospital donde es atendida por un médico recién llegado al pueblo: Jed (Alec Baldwin). Este hombre que es una especie de genio de la cirugía le salva la vida a la muchacha y cuando Andy aparece en el hospital para saber cómo está la alumna de su instituto se encuentra con Jed que casualmente ha sido compañero suyo de la escuela secundaria. Como Jed está recién llegado al pueblo, Andy le ofrece que viva en su casa provisoriamente y así se va estableciendo una relación de amistad entre ambos que no es bien vista por Tracy.

Entre tanto, se nos va mostrando que Tracy sufre de algún tipo de afección en los ovarios que la tiene todo el tiempo retorciéndose de dolor. La trama avanza y hay una nueva violación seguida de muerte de una alumna del Instituto donde trabaja Andy y dado que las dos últimas víctimas habían sido vistas por él poco antes de ser atacadas la policía sospecha que puede ser el culpable por lo que le piden una muestra de semen para cotejarlo con el encontrado en la escena de los crímenes.

La salud de Tracy finalmente estalla y tiene que ser internada de urgencia. Es operada por Jed que comprueba que llevaba un feto en su vientre, el cual es abortado por las características de la intervención, pero para peor, tiene que tomar una difícil decisión entre extirparle o no ambos ovarios y dejarla obviamente estéril. Termina decidiendo que sí se los extirpará y esto determinará que luego, ya recuperada, Tracy lo demande por mala praxis. El asesino de chicas se descubre poco antes o poco después, no es relevante, porque termina siendo el conserje del colegio, un personaje que no había aparecido hasta ese momento ni siquiera lateralmente y lo descubre Andy de casualidad. Es decir, que la subtrama del asesino en serie hasta este momento no cumple ninguna función narrativa más que acompañar al relato principal. Pero resulta que una oficial de policía amiga le dice a Andy que el bebé que Tracy llevaba al momento de la operación no podía haber sido suyo porque luego de haberle extraído semen para descartarlo como sospechoso el análisis había indicado que él era estéril. Esto desencadena el acto final de la película donde se van desenvolviendo varios misterios y se producen unas cuantas vueltas de tuerca. Es decir, y a esto quería llegar, toda la subtrama con un asesino en serie de jovencitas blancas está puesta en la película únicamente para que sirva como puente narrativo para indicarnos que el bebé que llevaba Tracy no podía haber sido nunca de Andy. Toda esta ingeniería narrativa que incluye una muestra de semen que resulta demostrar sin lugar a dudas que Andy es estéril, la violación de una joven y la violación seguida de muerte de otra joven mujer está puesta en la película para habilitar la sospecha de Andy respecto de la fidelidad de su mujer. No cumple otra función en la película. No tiene casi consistencia y tiene una resolución muy simplista.

Uno podría pensar: ¿eran realmente necesarias estas muertes violentas de mujeres en estas películas que por otra parte ya de por sí tenían materiales de sobra para generar un buen relato de suspenso? ¿eran inevitables para que el relato se sostuviera robusto? ¿no había otra forma de hacer que la Policía encontrara el rastro de la banda de secuestradores de Don´t Say a Word? ¿no había otra forma en la que Andy podía enterarse que era estéril y por lo tanto que Tracy lo estaba engañando con otro más que incluir el asesinato y la tortura de mujeres en cámara en Malice?

La imagen que abre esta reflexión es de la novela End of a Stripper en formato paperback publicada en el año 1960. El género policial estaba en su auge en los Estados Unidos y la temática de la muerte de la mujer como punto de partida de las narraciones de este tipo era recurrente. El subtítulo-gancho que vemos en la tapa es elocuente: “Su cuerpo desnudo estaba en exhibición por última vez: en la morgue”.

Como señalaba, la muerte de la mujer y la exposición de su cuerpo son tropos, figuras literarias, típicas del género y lo seguirán siendo. Pero uno podría pensar si en algunos casos la naturalización que damos de estos asesinatos figurados no excede lo narrativamente convencional y se termina convirtiendo en puro morbo y violencia injustificable. Es precisamente a eso a lo que llamo “el problema de la chica muerta”.

 

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