Nuevas reflexiones acerca de literatura zombie

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Hace unos meses escribí acerca de lo que llamo las “narrativas zombies de segunda generación” (lo pueden leer aquí).

Nuevas lecturas me llevan hoy a profundizar en algunas de las ideas que allí vertí.

Decía la vez anterior que hay dos grandes tipos de narrativas zombies:

1- Las narrativas zombies de primera generaciónson las que todos conocemos y las más extendidas donde una plaga, un virus o un motivo desconocido hace que los muertos se levanten de sus tumbas para convertirse en masas putrefactas que persiguen y acosan a los sobrevivientes de una civilización colapsada. Ejemplo actual de esto es la exitosa serie de TV basada a su vez en una serie de cómics, The Walking Dead.

2- Las narrativas zombies de segunda generación: son aquellas donde los zombies parecen casi indistinguibles de otros seres humanos, poseen sentimientos y raciocinio y todo lo que hace a un ser humano normal con la excepción de su necesidad de consumir cerebros y/o cuerpos humanos para mantenerse “frescos” es decir, no terminar su proceso de zombificación. Ejemplo perfecto de esto es la serie de TV iZombie o la saga de novelas de Diana Rowland de My Life as a White Trash Zombie de la que la serie antedicha parece haber sacado un poco más que inspiración.

En el medio de esos dos extremos se ubican diversas narrativas que plantean zombies típicos pero con un resto de humanidad (Mi novio es un zombie) o fantasías militaristas post-colapso de la civilización donde la humanidad ha logrado de alguna manera restringir el peligro zombie y rehacer cierta forma de vida humana como la conocemos (serie Newflesh de Mira Grant).

A comienzos de este mes llegó una nueva serie de TV para integrar la creciente producción de narrativas zombie de segunda generación: Santa Clarita Diet.

Como novedad lo que trajo la serie producida por Netflix y estelarizada por Drew Barrymore fue la mezcla del género zombie con la comedia. La total liviandad con la que la serie se se toma la violencia implícita en un género que tiene como nudo narrativo la necesidad de una persona aparentemente común de comerse a otros seres humanos es lo que diversifica al género y hasta lo humaniza.

En Santa Clarita Diet, Sheila es una ama de casa suburbana convertida sin demasiadas explicaciones en una zombie pero que conserva su aspecto humano, su inteligencia y capacidades típicamente humanas pese a ciertas transformaciones de carácter que la conectan con sus impulsos más animales.

El toque de comedia negra que atraviesa toda la serie lleva un paso más allá el género zombie y lo posa sobre una categoría que si bien sigue teniendo las características de narrativas zombie de segunda generación, le agrega una particularidad que casi termina borrando la esencia política del zombie como monstruo típico de esta época.

Sheila y su marido cómplice descubren que ella tiene que comer seres humanos para seguir viviendo y entonces como personas bien pensantes deciden que sólo consuma “personas malas” entendiendo por esto a un tipo ideal encarnado en un Adolf Hitler. Se convierten así en agentes de una eugenesia social al estilo de Dexter, el asesino serial forense de la otra famosa serie.

Desde luego, el criterio de esa eugenesia que producen queda a su decisión. Ese peligro de juzgar precipitadamente queda claro cuando Sheila está a punto de comerse a un traficante de drogas que termina congeniando con Joel con quien comparte su historia de vida y él decide que en definitiva no se trata de un ser tan despreciable como para merecer que que su esposa se lo coma.

Santa Clarita Diet es una historia de zombies alivianada por los pasos de comedia a tal extremo que le quita todo el contenido político al monstruo zombie. Y es precisamente el zombie quizás el monstruo con un trasfondo político más claro y patente.

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Las narrativas zombies de primera generación representan cabalmente la expresión del temor del orden político neoliberal ante el avance informe de masas de desplazados, desindividualizados, pobres, harapientos, olorosos, impresentables. Lo vemos explicitado en un pasaje de acaso una de las pocas narrativas zombies producidas en América Latina, Ellas se están comiendo al gato del escritor colombiano Miguel Ángel Manrique Ochoa:

“Hubo una época en el siglo pasado, denominada la «Guerra Fría». El miedo provocado por el comunismo soviético, la aparición del proletariado, la desaparición de la propiedad privada y la nacionalización influyó en la literatura de zombis.”

La narrativa zombie de primera generación florece allí donde el miedo a las masas uniformes y empobrecidas se alzan contra el orden capitalista establecido. Porque lo que vemos en estos relatos siempre es el colapso de la civilización, el desmoronamiento del capitalismo, la vuelta a un estado semi salvaje de sálvese quien pueda.

Las crisis inmigrantes de los últimos años han revivido al zombie como monstruo-sujeto político ya que si bien la Unión Soviética cayó y la invasión bárbara de los comunistas ha quedado descartada como un escenario posible, son las masas de inmigrantes ahora las que amenazan el orden establecido, las costumbres, las tradiciones, incluso hasta la religión de los países centrales que se amurallan para repeler a esos extranjeros monstruosos.

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Fotograma de la película World War Z

Inmigrantes cruzando un muro fronterizo en Marruecos

Las fantasías militaristas y de supervivencia que pueblan las narrativas zombies de primera generación en un eventual colpaso de la civilización también guardan relación con el movimiento prepper de fanáticos de derecha que se preparan militarmente para un inminente colapso del capitalismo y el consiguiente caos.

De hecho, pensadores de extrema derecha están realizando por sí mismos estas asociaciones entre el imaginario zombie y las narrativas zombies como puede verse en este artículo: World Wai “i” (de inmigrantes).

El nuevo terror que afecta a nuestra época es el del monstruo oculto debajo de una aparente normalidad. En el mismo artículo citado el autor habla de aquellos inmigrantes que en verdad son asesinos de occidentales disfrazados que sólo emigran para traer el caos al mundo cristiano.

Esa es precisamente la premisa de las narrativas zombies de segunda generación: la del monstruo oculto debajo de una aparente normalidad. Ya no se trata del monstruo oculto debajo de un personaje seductor y sexualizado como eran los vampiros en la década de los 90s que representaban el nuevo hombre neoliberal (exitoso, bello, sexualizado, asesino como Patrick Bateman, el psicópata americano, último giro del tropo del vampiro neoliberal) sino que son personas relativamente normales (iZombie, Santa Clarita Diet, The Fireman de Joe Hill) o decididamente pertenecientes al fondo rasposo de la sociedad (White Trash Zombie).

Estos nuevos zombies sin embargo acarrean un problema que los unifica: tarde o temprano se dan cuenta de que no pueden pertenencer a la misma sociedad humana. Las opciones serán formar nuevas sociedades zombieficadas (como en el zombismo light de The Fireman, y digo light porque estos zombies si bien potencialmente peligrosos para los humanos no necesitan comerse a otros seres humanos) o bien trayendo el caos a la sociedad humana intentando que se note lo menos posible (Santa Clarita Diet).

El temor siempre es de derecha porque confronta a los seres humanos con sus instintos de supervivencia y eso no deja muchas opciones: se trata del otro diferente o yo. Y en eso nadie, nunca, duda.

Sin embargo podemos pensar que en las narrativas zombies de primera generación no hay lugar para una redención, una convivencia pacífica entre monstruos y humanos porque la diferenciación además es demasiado explícita: los zombies son en estos relatos seres putrefactos, no muertos, apestosos, medio podridos. La historia que se cuenta en estas narraciones es acerca de cómo los humanos sobreviven al colapso de la civilización y cómo combaten a los monstruos, tanto en la forma de zombies como en la forma de los humanos post-civilizatorios.

En las narrativas zombies de segunda generación en cambio la narración deja un campo de libertad mayor para pensar de qué modo los infectados, los zombies, se adaptan (o no) a la vida en sociedad. Es una perspectiva que también implica un corrimiento a la derecha porque no deja de haber monstruos que dañan a seres “humanos normales” pero el modo en el que estos monstruos intentan reinsertarse en la sociedad les da una perspectiva humanitaria a las narraciones donde la posibilidad de la redención todavía existe.

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