Sangre por la herida: Capítulo 01

Todos los miércoles un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Sangre por la herida

Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.
El gaucho Martín Fierro, Canto VI, versos 1219-1222

Capítulo 01: El .38

01-Smith-&-Wesson

Nada como tener el caño de un calibre .38 apuntándote directo a la cabeza para replantearte un trabajo.
Esperaba una noche tranquila. Una noche más de trabajo. No esto.
El adicto que me apunta me grita y en el grito escupe baba y mueve el brazo nervioso, el pecho desnudo, la espalda encorvada, el pelo sobre la cara, el cejo fruncido en una expresión de furia, los ojos inyectados en sangre, los calzoncillos rotos y sucios, las medias blancas con las que pisa el pasto mojado ennegrecidas.
La chica está adentro, del otro lado de la ventana. También grita. Se tapa el cuerpo desnudo con las sábanas que no disimulan sus curvas. Esta mierdita que me apunta no la merece. Y no es suya.
Siento algo de pena por este infeliz. Cometió dos errores: se acostó con la mujer de mi jefe y me está apuntando al parietal derecho.
Trato de pensar con claridad pero no puedo sino recordar cómo es que llegué acá.
Imágenes de la noche: un bar decadente lleno de borrachos melancólicos; una banda de rock donde el tipo que me apunta y me grita cantó unas baladas desgarradas y deprimentes, un par de mesas alrededor del escenario y Lucía, la morocha que ahora llora detrás de la ventana y que se tapa los pechos con las sábanas desparramada sobre la cama, tomando algo, relajada, asintiendo con placer ante las melodías, la única interesada en el triste espectáculo de la banda.
Después la pelea cuando un borracho arrojó una botella, la salida del escenario de los músicos y Lucía que se levantó y siguió hasta el fondo a Charly Brun, el tipo a quien ahora le quedan apenas unos minutos de vida aunque no lo sepa.
Si yo estuviera del otro lado sosteniendo la .38 también me creería el dueño de la situación. Pero este nene de papá no me conoce, no sabe de lo que es capaz Mario “la Iguana” Quiroz.
Cosas del trabajo. ¿Mi trabajo? Guardarle las espaldas a Walter Ayala. Una pequeña basura peruana que vino a este país para exprimirle billetes a los adictos al polvo blanco.
El trabajo paga bien, a veces tiene vértigo, como esta noche pero más que nada me permite olvidarme de mi otra vida, cuando fui Policía. Una vida que se terminó hace un año.
Entonces me tranquilizo. La adrenalina destapa mis sentidos, me vuelve rápido, ágil, despierto, me hace olvidar.
Es fácil saber cuando una persona nunca antes le disparó a otro hombre: su pulso es tembloroso, su cuerpo se sacude al ritmo de los nervios, la transpiración corre por su cara y su voz vacila. Una persona que nunca mató a otra prefiere amenazar antes que disparar. Más cuando tiene mucho que perder.
Este chico tiene todo para perder. Esta casita sencilla de barrio residencial tranquilo, cercano a las vías de comunicación rápida con la ciudad, el esfuerzo de toda una vida de trabajo y sacrificio; su banda de rock, sus amigos, las seguidoras que se arrastran a su cama. Como Lucía. Estoy seguro de que Charly no sabe quién es Lucía.
—Estoy trabajando, no te pongas así.
—¡Dame la cámara!
Hay un momento en el que hay que decidir si vale la pena arriesgarse. Hasta qué punto se puede tensar la cuerda. En qué momento el que nunca le disparó a otro hombre se siente dispuesto a ensuciarse las manos por primera vez. Mi trabajo muchas veces consiste en aprovecharme de las dudas de los tipos como él.
La casa gana, el cliente pierde.
—Vendo las fotos.
Está por disparar.
—A una revista de espectáculos.
Afloja los músculos un milímetro.
Soy un mercenario, en eso no miento.
La tranquilidad se disipa pronto, apenas le di un poco de ánimo. “Sí, a mí” piensa “llegué a las revistas”. Pero por muy drogado, borracho y empapado de lujuria que esté, todavía le queda algo de seso en esa cabeza rapada que sólo parece servirle para transportar la cara con la que no oculta una mezcla de egolatría y miedo.
—A mi no me vas a cagar, dame la cámara.
—No puedo.
Tiembla. Duda. Podría intentar terminar con esto acá, pero todavía necesito a la chica. Y las fotos, claro. Necesito mostrarle a Wally Ayala que su novia estuvo revolcándose con este tipo.
No hago preguntas. Ese no es mi trabajo. Yo ejecuto órdenes. Esta noche el peruano me ordenó que la siguiera, que sospechaba que estaba con otro y que lo comprobara para él. Y acá estoy.
Casi nunca hay sorpresas. No existe tal cosa como “la sospecha de una infidelidad”. Existe la certeza y la necesidad de no creerlo. Para eso estamos los detectives privados: por una retribución hacemos el trabajo sucio de confirmar eso que el damnificado niega en su cabeza para no tener que aceptarlo.
—Hagamos esto simple: bajá el arma, salgo de tu propiedad y nos olvidamos del asunto.
Mira para todos lados. La etapa paranoica después del subidón.
—Vamos, podemos dejarlo acá.
—Callate —grita.
La chica llora más fuerte. Lucía. Es una hermosa mujer y me gustaría que no se encontrara en esta situación. Ella sabe lo que va a pasar. Conoce lo suficiente al Inca Ayala.
Entonces veo que la .38 se agita acelerada en la mano temblorosa de Charly Brun. Subestimar una situación es el error que más vidas se cobra entre los que estamos en este negocio. Y en este momento siento que la situación se me está escurriendo entre los dedos.
Tengo que recuperar el control.
—¿Por qué no nos tranquilizamos un poco? Hablemos, haceme pasar a tu casa, nos sentamos, te muestro las fotos que saqué…
Duda.
—¿Vas a borrar las fotos?
—Las que vos me digas.
—Mostrame.
—Vamos adentro y te las muestro con tranquilidad. No vas a querer que algún vecino nos vea acá, así como estás.
Vuelve a dudar. Piensa que en su territorio, en su casa, puede tener mejor control.
—Entrá —dice sin dejar de apuntarme.
Paso por la puerta con los brazos en alto. Lucía corre hasta el living con la sábana atada al cuerpo.
—¿Qué hacés? ¿Cómo lo dejaste entrar?
—CALLATE —le grita.
Lucía se abalanza encima suyo intentando manotearle el revolver.
—¿Estás loco? ¿No sabés quién es? Trabaja para el Inca.
El tipo le cruza la cara con el revés de la mano con la que sostiene la .38. La chica cae al piso con un hilo de sangre rajándole la comisura de los labios.
Lucía. Que hermosa sos Lucía. La sábana que la cubre parece una mortaja que envuelve su cuerpo pálido. Sus ojos son dos pequeñas piedras de jade en medio de las manchas negras del rimmel barato corrido por las lágrimas y la transpiración.
Le paso la cámara encendida al tipo.
La toma entre sus manos y empieza a pasar las fotos. Charly Brun en su mejor hora; su mejor performance. La .38 especial ya no me apunta, mira al techo.
Toda una noche de trabajo en fotos: Lucía saliendo de un departamento, entrando al bar donde tocó la banda, la salida acompañada, el viaje en auto hasta acá, cuando aspiraron la coca, sus cuerpos desnudos y el sexo hasta el momento en que él se levantó de la cama y salió de la escena. Entonces son fotos de Lucía sola, fumando, satisfecha hasta que apareció el infeliz en el jardín a los gritos con su Smith & Wesson modelo 19 especial calibre .38.
—Esto es lo que vamos a hacer —me dice —voy a borrar estas fotos, me voy a quedar con la cámara por la molestia y la próxima vez que te vea por el barrio te voy a meter un cuetazo en una rodilla —levanta la vista con una sonrisa de triunfo entre los labios.
Su cara cambia de expresión en el instante mismo en el que ve que ahora soy yo el que lo apunta con una Browning Hi-Power Mark III de 9 mm. Soy un sentimental pero a la hora de confiar mi vida a una pistola prefiero la fría precisión de una semiautomática belga.
Disparo. Una bala directo al pecho. Cae de espaldas al piso.
—No —le digo.
Lucía grita. Me llevo el dedo índice a los labios para que se calle. Llora. Se arrastra por el piso desnuda.
El tipo se agita en un charco de su propia sangre. Parece como si fuese un pez al que se acaba de sacar del agua, intentando que le entre aire a los pulmones agujereados. Su pecho sube y baja en un último esfuerzo desesperado por seguir respirando, sus ojos suplican piedad, intenta decir algo, abre la boca y escupe sangre.
Me paro al lado suyo con cuidado de que su sangre no manche mis zapatos.
—Principante —digo y le meto un tiro en la cabeza.

Leer:
Capítulo 02: El charquito

¿Te gustó? Comprá el libro.

book-mockup

Se consigue en formato digital sin DRM (para cualquier lector de eBooks, incluso un teléfono celular) en Amazon y en formato papel también en Amazon y en CreateSpace.

¿Por qué comprar el libro si lo voy a ir subiendo a este blog de forma gratuita?
Por dos motivos:

1. Porque así no tenés que esperar una semana más para ver cómo sigue la novela.

2. Porque pagando el libro me estarás ayudando a financiar mi próxima novela (El camino del Inca) así como a los increíbles artistas que colaborarán con ella: CJ Camba en ilustraciones y Yamila Caputo y Carolina Herlein en diseño, maquetado, cubierta y contatapa.