Sangre por la herida: Capítulo 02

Todos los miércoles un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38

Resumen hasta aquí

Mario Quiroz, un comisario inspector de la Policía Federal que ha sido pasado a retiro se encuentra trabajando ahora como guardaespaldas del capo narco Walter “el Inca” Ayala. Esta parecía ser una noche como cualquiera en su trabajo pero algo fue distinto: el jefe le pidió que siguiese a Lucía, su novia de quien sospechaba un engaño. Así la encontró Quiroz, revolcándose entre las sábanas de una efímera estrella de rock. Quiroz cumplió con su trabajo: consiguió las fotos que atestiguan el engaño, se llevó a Lucía consigo y en el camino dejó el cadáver de su amante. Ahora deberá emprender el viaje de regreso hasta su jefe para reportar lo sucedido y entregarle a la mujer que lo traicionó no sin antes recordar quién es este capo narco y de dónde viene.

Capítulo 02: El charquito

 

02-charquito

¿Matarías a tu propia madre? Trabajo para un tipo que se dice que lo hizo. El que me está pagando para que le lleve a Lucía.

Se llama Walter Ayala y le dicen “el Inca”.

El Inca Ayala nació hace veintisiete años en Celendín, una ciudad mediana de pintoresca arquitectura colonial asentada en un valle al norte de Perú.

Como en toda región andina empobrecida donde la naturaleza es más gentil en prodigios que en material humano, Celendín se convirtió en las últimas décadas en un centro de producción de hoja de coca. Los peruanos la cultivan, producen la pasta base y la meten en nuestras fronteras donde se termina de procesar y se despacha para afuera directo a las fosas nasales de jóvenes de buenas familias en otras partes del mundo.
Ayala es un tipo que no genera miedo de entrada: tiene complexión liviana y aspecto inocente pero las apariencias engañan y el peruano es un depredador. Dicen que no nació exactamente en Celendín, que su madre lo fue a parir al monte bajo un rito chamánico y que eso es lo que le da la fuerza y la inteligencia sobrehumana que lo caracterizan. La realidad es que apenas es el hijo de una prostituta que lo parió en una de las callejuelas de tierra laterales que salen a la plaza de armas, una noche solitaria bajo el pálido reflejo de la luna sobre las cúpulas azules de la Catedral. ¿Acaso no es esa una imagen de sórdida belleza? La leyenda y el hombre se confunden.

Quizás fue eso lo que llevó a Lucía a caer en su trampa. No fue la única. Antes estuvo Natalí, pero ya estaba muerta cuando lo conocí. Algunas mujeres huelen el poder y el dinero con el enamoramiento con el que las moscas huelen la mierda.
¿Conocerá Lucía la historia del Tómbola? A mi me tocó conocerlo y despedirlo durante mi primer día en este trabajo.

¿En que se parecen las mujeres a los cangrejos?

¿La respuesta?

En que son solo piernas y en el cerebro tienen porquería.

¿No causa gracia? Diría que hay que preguntarle al Tómbola a ver qué le pareció. Se lo puede ir a buscar a tres metros bajo tierra.

Ayala reía tras contar el chiste junto a los hermanos Edgar y William Flores, sus dos manos derechas, y un poco más alejado de la ronda estaba Ángel Quispe. Le decían El Tómbola y era uno más de la banda de Wally Ayala. Fiel y cumplidor, había estado siempre con él desde el comienzo y nunca lo había traicionado. Al menos eso era lo que todos creían. Pero El Inca no creía lo mismo. En este negocio saber o no saber algo puede significar la diferencia entre vivir una noche más o no.

Ese día Quispe no se rió con el chiste de Walter y eso no le gustó al capo.
Lo encaró al Tómbola.

— ¿Qué pasa? ¿te molestan mis chistes?

— Es que no estoy de humor.

El que no estaba de humor era El Inca. Se rumoreaba que el Tómbola había traicionado a Walter con un viejo enemigo, el Samurai.

No respondió a la provocación del grandote. Al menos no lo hizo con palabras. La siguiente escena se sucedió a partir del impacto de su puño cerrado contra la nariz del Tómbola. Recuerdo el ruido de su tabique rompiéndose, la sangre salpicando para todas partes como si lo estuviese viendo y escuchando ahora mismo. Ángel Quispe se tambaleó atontado pero sin perder todavía el equilibrio, era robusto, le sacaba una cabeza a Wally Ayala. El jefe no lo dejó reaccionar y conectó de inmediato un derechazo que le descolocó la mandíbula y lo mandó contra la pared. Los puños del Inca se movieron como una ráfaga que convirtió la cara del pobre diablo en una masa sanguinolienta irreconocible.
Cuando estuvo muerto en el piso, Ayala se volvió hacia los hermanos Flores y dijo:

— ¿Saben por qué las mujeres son electrizantes?

William y Edgar alzaron los hombros sin respuesta.

— Por lo corriente — dijo Ayala y rieron todos juntos.

Vuelvo a mirar a la chica un instante. Tiene la cara estropeada de maquillaje corrido, la ropa arrugada, el pelo revuelto y sucio.

— Sabés quién soy — afirmo.

No me responde, pero me dedica una mirada desafiante.

Ayala creció en los barrios bajos de Celendín. Su madre nunca dejó la prostitución y cuando el futuro capo tuvo edad de entender por qué tantos hombres distintos pasaban por la casilla precaria donde convivía con ella sintió un asco tal que lo llevó a irse. Durmió en las calles una semana, viviendo de limosna, pidiendo frente a la Catedral. Una tarde su madre lo encontró y lo llevó de vuelta de las orejas a ese cuarto dividido por una cortina que hacía de mampara.

Lo que pasó después también se perdió en la nebulosa de la leyenda y lo que Ayala oculta de su propia vida. La versión más difundida dice que la madre borracha le apuntó a la cabeza con una pistola.

— ¿Por qué me dejaste? ¿acaso no entiendes el sacrificio que hago por nosotros?

El chico lloraba.

— Ahora voy a tener que disparar. Si tan solo me hubieras dado otra posibilidad…

Entonces lo hizo. Le disparó a su propio hijo en la cabeza, pero el arma estaba descargada.

Una línea líquida serpenteó por los pantalones del chico y terminó en un charquito debajo de sus piernas.

— ¡Te measte! — gritó la madre envuelta en la alegría de una carcajada sádica.

Todo el cuerpo de Walter temblaba. Su madre le tomó la mano con delicadeza, la apoyó contra una mesada, la acarició y sin aviso le descargó un culatazo en el dedo meñique que fracturó el hueso.

Durante dos meses el chico vivió encerrado en la casa de dónde su madre no lo dejaba salir ni siquiera para ir a la escuela hasta que volvió a encontrar la oportunidad para huir. Supo que tenía que intentar algo diferente si no quería que su madre volviera a llevarlo de las orejas.

Atravesamos a toda velocidad el asfalto de la autopista. El tablero indica 120 km/h.
Walter Ayala tenía doce años cuando se perdió en el cerro escapando de su madre.
El hambre y la sed lo atormentaron durante dos días pero cada vez que estaba a punto de rendirse y regresar a su casa se miraba el dedo meñique. Había tardado dos meses en volver a soldarse el hueso. Había quedado torcido a pesar de todo y la humedad en la altura del cerro le aguijoneaba en el centro exacto donde su madre se lo había partido.
¿Habrá sido ese momento en el que decidió que tenía que matarla?

— ¿Por qué te enganchaste con un tipo como Walter? — le pregunto a Lucía.

— ¿Y a vos qué mierda te importa?

— ¿Valió la pena al menos?

— Andate a la puta que te parió.

Tiene carácter la pendeja.

Walter, agotado y deshidratado, sintió que estaba a punto de morir. Desparramado en el pasto, los insectos comenzaron a posarse sobre él, alimentándose de su sangre todavía caliente.

Lo despertó la punta de un palo sobre las costillas. Lo dieron vuelta. Quedó de cara al cielo y vio a un tipo sosteniendo una pistola que apuntaba a su cara.

Lo levantaron del piso, lo llevaron al campamento en la jungla y se lo presentaron a Don António.

El capo tomó una larga caña de bambú y sin mediar palabra le dio un golpe al chico en las costillas. Luego otro y otro. Y siguió. En las piernas, en los brazos, en la cabeza. Walter no reaccionaba. Recibía el castigo en silencio, como si nada de todo eso estuviese sucediendo, como si nada fuese real o no sintiera dolor en absoluto.

—¿De dónde sacaron a este niño? — dijo cansado el brasilero al tiempo que arrojaba la caña de bambú a un costado.

Sus hombres le explicaron.

Don António observó al muchacho detenidamente. Tenía ahora el cuerpo llagado, envuelto en sangre que le había extraído a puro golpe.

— ¿Qué quieres con nosotros?

Walter alzó la cabeza y sin dudar dijo:

— Agua. Comida. Un lugar donde dormir.

El brasilero entendía un poco de español, un poco de lengua indígena brasilera—peruana, buen portugués pero mucho mejor entendía el idioma de la violencia.

— ¿Y qué eres capaz de hacer para nosotros? apenas eres un niño — extendió un dedo ennegrecido en el mentón del chico y acarició su rostro con el filo de la uña larga y amarillenta.

En ese momento Walter Ayala decidió su futuro.

Atravesamos en silencio los siguientes dos kilómetros de autopista. El tránsito está ligero y por un mínimo instante pienso que quisiera que no fuera así, que se retrasara todo porque una vez que entremos a la capital voy a tener que llevar a Lucía con Walter Ayala. El tipo que mató a su madre.

— ¿Cómo puedes demostrarnos que vales que te tengamos aquí? ¿por qué deberíamos alimentarte y confiar en ti?

— Yo sé cómo.

Y lo hizo. Esa fue la prueba con la que le mostró su valía al jefe narco brasilero.
Lo hicieron engordar una semana y le pusieron sobre la mesa una 9 mm. Walter Ayala bajó de vuelta al pueblo. Una lluvia tropical barría las calles desiertas y embarradas. Empapado como estaba, se dirigió a la casa de su madre. Los sonidos del sexo se escuchaban desde la calle, supo que ella estaba allí adentro.

Entró con precaución, los gemidos detrás de la cortina eran intensos. Vio las sombras entrelazadas. Eran tres cuerpos. Sintió asco, esa repulsión que lo había llevado a a irse la primera vez. Corrió la cortina. Su madre se encontraba en el medio de dos hombres gordos, peludos, grasientos con sus pequeños penes morados en la mano.

Disparó sin pestañear. Descargó el cargador. Los cuerpos se amontonaron uno encima del otro. Salió a la calle. La lluvia corrió la sangre que le había empapado la cara, se diluyó en un pálido morado sobre los charcos de barro.

El peaje nos detiene. Una larga fila de autos tocan bocina. Debería haber tomado el camino lateral.

— Vamos a tener un rato para conversar — le digo a Lucía y giro la cabeza para mirarla.

Me responde con cariño: la planta de su zapatilla se estampa contra mi cara. Veo estrellas mientras ella abre la puerta y se arroja afuera del auto. Primero se tambalea, luego recobra el equilibrio y corre, salta la valla y ya está lejos.

Tardo en reaccionar. Estoy viejo, pienso de vuelta. Me palpo el pecho hasta que encuentro la Browning en la sobaquera. Está ahí, donde tenía que estar. La saco de su estuche, abro la puerta y salgo corriendo detrás de Lucía.

Próximo capítulo: Los monoblocks disponible el miércoles 31 de mayo.

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