Sangre por la herida: Capítulo 03

Todos los miércoles un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38
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Resumen hasta aquí

Luego de encontrar a Lucía, la novia de su jefe el capo narco Walter “el Inca” Ayala, acostándose con su amante, Mario Quiroz la lleva por la fuerza al encuentro con el criminal. Pero nada parece fácil esta noche para Quiroz: con una patada certera en la cara del ex-policía, la chica logra escaparse del automóvil donde viaja apresada y se escabulle entre los monoblocks a la vera del camino. Quiroz tendrá que volver a salir de cacería.

Capítulo 03: Los monoblocks

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La noche está pegajosa y húmeda, siento frágiles los huesos, un tirón en el muslo, miro para todos lados: ¿a dónde se fue la pendeja? El tipo que tiene el auto atrás del mío me toca bocina, saca medio cuerpo por fuera de la ventanilla, me insulta. Le muestro la Browning que resplandece bajo las luces de la autopista. Se queda duro un instante, se vuelve a meter a dentro del coche y me hace un gesto con la mano de tranquilidad.
¿En qué estaba? La pendeja. Intento correr pero el cuerpo me pesa, la humedad me estropea.


Detrás de la valla de la autopista hay una pequeña barranca de pasto en bajada que desemboca en un camino descuidado y angosto. Dos oscuras moles tipo monoblock se alzan al costado formando una manzana pequeña que termina en una estación de servicio desolada en la esquina.

El pasto de la barranca está húmedo y distingo pisadas recientes.
Salto la valla de cemento y bajo con cuidado. Cruzo el camino y llego a los pasillos de primer bloque habitacional.

— Lucía vení, no hagamos las cosas más difíciles — grito pero sólo me responde el eco que choca en las columnas de hormigón que sostienen la mole habitacional. Es un laberinto monótono y repetitivo; por lo tanto predecible: columnas, bicicletas amarradas a cualquier cosa que pueda servir como poste, puertas cerradas.
Camino ligero, la pistola apuntando al piso y el oído alerta. El goteo de una canilla, un ladrido lejano, las paredes graffitteadas, las bocinas de los autos en el peaje. Una sombra que se mueve. La veo al fondo detrás de una segunda hilera de columnas. Corro detrás de ella.

— ¡Lucía!

Se escapa. Distingo a lo lejos su melena negra sacudiéndose al viento. Tiene unos cincuenta o sesenta metros de ventaja. Tengo que parar un instante a respirar. Me doblo, el pecho arde, siento como me pincha el aire en los pulmones. “La puta madre”. Vuelvo a caminar a paso rápido, empiezo a trotar. Ahora la veo cruzar al otro monobloque. Su figura está clara durante unos pocos segundos debajo del cielo estrellado sobre el camino que comunica los dos edificios. Veo su imagen como detenida durante un instante en el tiempo: su silueta asustada recortándose sobre el manto plateado del cielo. Una estampa bella y cruel. Corro detrás de su sombra. Ahora la tengo bien a la vista, se mete en los pasillos de la segunda unidad habitacional y cuando cruzo el estrecho la vuelvo a perder. Me detengo un instante más para respirar hondo.

— ¡Lucía! — escupo casi sin aire.

Miro en todas las direcciones, columnas pintadas de verde musgo, todas idénticas, podría estar atrás de cualquiera de ellas.

Puedo escuchar su respiración a mis espaldas. Se cuelga de mi cuello. Como si fuera un mono enloquecido se aferra con los brazos y las piernas acurrucadas contra mis costillas. Me patea desesperada. La humedad me entumece los músculos. Tengo que levantar el brazo y dispararle. Con eso se termina todo.

Balancea el peso de su cuerpo hacia adelante. Se me doblan las piernas. Siento cómo las rodillas tocan el suelo transpirado. Luego sigue el resto del cuerpo. Amortiguo la caída con las manos y en el impacto se me escapa de los dedos la pistola que se desliza dos metros.

Lucía está encima mío, patalea y grita. Intento estirarme, arrastrarme hasta alcanzar la pistola. Mis movimientos la alertan, alza la cabeza, estoy rozando la punta de la culata, un movimiento más y esta noche se termina de una vez. Lucía me empuja la cabeza con ambas manos hasta el suelo, apoya el peso de su cuerpo en sus manos y da un salto hacia adelante. Me gana y cuando me logro volver a poner de pie la veo frente mío apuntándome a la cara. Levanto las manos.

Lucía me mira con odio. La pistola tiembla en sus manos.

— No hace falta que hagamos esto — le digo.

Es una fracción de segundo pero llego a verlo: el dedo posado sobre el gatillo se mueve y ya está hecho. Dispara. Siento como el beso del plomo me raja la mejilla y un hilo diminuto de sangre vuela por los aires. Es todo demasiado rápido y confuso. Tocado.
Durante un instante no tengo control de mi cuerpo; es como si el alma se me hubiera desprendido del cuerpo y se hubiera elevado para observar desde afuera porque me veo en el aire dando un giro de cuarenta y cinco grados y luego, de nuevo, sobre el hormigón húmedo que me recibe como un nicho para el que todavía no estoy hecho.
Lucía corre. Estoy tocado pero no hundido. Ese es el trágico error de Lucía que no sabe que sigo acá, respirando, y que la sangre surcándome el rostro me despertó del letargo.
Acaricio el suelo. Esta noche iba a ser fácil. Solo tenía que sacar unas fotos.

Me revuelco en el piso, apoyo las rodillas y me sostengo con las manos hasta que logro recuperar la fuerza para comenzar a ponerme de pie.

¿A dónde te fuiste Lucía? Tengo un presentimiento. Un brillo metálico en el pasto de la barranca me pone en camino nuevamente. Recojo la pistola que está húmeda de rocío.
Es el segundo error que comete Lucía. El primero fue no asegurarse de que estuviera muerto.

El miedo siempre es el peor enemigo porque es el que te hace cometer los errores estúpidos.

Hay una estación de servicio al final del camino, frente al tercer bloque de monoblocks. Acelero el paso.

Dentro del minmercado de la estación de servicio, las sombras se van aclarando con cada paso que me acerco: hay un tipo detrás de la caja, un playero apoyado sobre el mostrador y una chica vestida de negro.

Lucía me da las espaldas y veo como mueve los brazos agitada. El tipo detrás de la caja y el playero, con sus uniformes naranja y amarillo parecen payasos sin gracia. Las puertas automáticas se abren a mi paso. Levanto la pistola y apunto a la espalda de Lucía que ahora la escucho, está pidiendo a los empleados que llamen a la policía.

Los tipos empalidecen. El cajero me señala con el dedo. Lucía se da vuelta y me ve.

— Llamen a la policía, por favor — suplica una vez más con voz seca y atragantada.

Ellos saben.

El que conoció a un policía conoce a todos los policías.

— Vamos — le digo y muevo la pistola con dirección a la salida. Lucía me sigue. No tiene otra opción y lo sabe.

Subimos a la autopista en un silencio que sólo se ve interrumpido por los sollozos que intenta atragantar.

— Ni se te ocurra intentar otra gracia o te quemo acá mismo.

Mi auto sigue donde lo dejé, en el medio de la vía que ahora ya está vacía. Le indico que entre, subo yo también y busco en la guantera el par de esposas.

— No quería llegar a esto pero no me dejaste opción — le digo mientras en dos movimientos le engancho las muñecas.

— Entonces es verdad — dice Lucía.

— ¿Qué?

— Sos policía.

— Ya no, nena.

Abre la boca pero no llega articular ninguna palabra.

— Sí, ya sé — le digo.

Pongo primera y piso el acelerador a fondo.

 

Próximo capítulo: El cajamarquino disponible el miércoles 7 de junio.

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