Sangre por la herida: Capítulo 04

Todos los miércoles un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38
Leer Capítulo 02: El charquito
Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Resumen hasta aquí

De nuevo con Lucía en su poder Mario Quiroz vuelve al restaurante peruano “El cajamarquino” la guarida de su jefe, Walter “el Inca” Ayala. Sabe que nada bueno puede esperar de ese encuentro. Y sin embargo, todavía le queda una sorpresa en el camino.

 

Capítulo 04: El cajamarquino

04-El-Cajamarquino

Entramos a la ciudad apenas pasada la medianoche.
— Tengo que reconocerte las agallas — le digo.
Lucía no responde.
El semáforo se pone en rojo. Detengo el auto. Las calles están vacías y oscuras. Me siento inquieto y molesto
— No tengo nada en contra tuyo — le digo.
Reflexiono.
A Lucía le tiemblan los labios.
— Sos un cínico hijo de puta.
— Lo siento — le digo. Estoy siendo sincero.
— Guardate tu lástima.
Trago saliva y estoy a punto de responderle cuando me interrumpe.
— ¡Cuidado! — grita y se arroja encima mío, me baja la cabeza con las manos esposadas. Los disparos atraviesan el parabrisas. Acaba de
salvarme la vida.
Me deslizo abajo suyo, y ya tengo la pistola en la mano.
— Quedate acá abajo — le grito.
Veo el espejo retrovisor. Dos tipos se acercan con pistolas en la mano, uno a cada lado. Atrás suyo una Ford Ranger 4×4 azul marino con los faros prendidos.
Es el tipo de vehículo que suelen usar los de la banda del Loco Bautista. Me pregunto si nos vienen siguiendo o si nos reconocieron porque pasamos por sus calles.
Me acurruco contra el asiento y abro la puerta. Con medio cuerpo afuera del coche disparo a la figura oscura y tenebrosa que se aproxima de mi lado. Las balas repican en el piso pero no le dan. Los tipos corren atrás de la camioneta y disparan. Los cristales de las ventanas caen encima nuestro.
— ¿Estás bien?
— ¡Sí! — grita Lucía.
Más disparos se incrustan en la puerta abierta. Vienen por Lucía. El acompañante de ellos se acerca sigiloso por su lado mientras el otro lo cubre a los tiros. Me arrodillo, el zumbido de las balas es ensordecedor, el tipo que viene por la chica está a pasos del auto.
Apunto, siento el pulso tembloroso, se suponía que era una noche tranquila y ya intentaron matarme tres veces. Disparo, vacío el cargador, y con la última bala que sale de mi vieja Browning el pecho se le tiñe de rojo y se desploma. El otro sigue disparando como si no hubiera pasado nada. Tenemos que salir de acá. El motor todavía está prendido. Bajo la cabeza y me pongo al volante, piso el embrague, pongo primera y estamos andando.
Apenas asomo los ojos por encima del tablero; el parabrisas está todo astillado, con la culata de la pistola barro los vidrios. Segunda, tercera, picamos por las calles.
La Ranger nos persigue, puedo sentirla a metros nuestro nada más. Se pone a tiro y asoma el cuerpo para disparar. Las balas se pierden en vidrieras de negocios, paredes, un cartel de “cuidado colegio”. Las calles están desiertas y las puertas y ventanas de los edificios bien cerradas.
Acelero y cuando llego a la esquina veo la oportunidad. En la intersección con la siguiente calle doy un volantazo violento a la izquierda, la Ranger intenta lo mismo pero demasiado tarde, la camioneta pierde el balance, las gomas patinan sobre el asfalto chirriando y termina con la trompa incrustada de frente contra un árbol carnoso y centenario. Detengo el coche. Cambio el cargador.
— No te muevas — le digo a Lucía.
Bajo y camino hasta donde quedó la Ranger azul estampada contra el árbol. El conductor está contra el volante, enchastrado de sangre que le sale de una herida en la frente. Abro la puerta y lo agarro del pelo, lo tiro para atrás.
Su boca es una masa de sangre y dientes rotos.
Le apoyo el caño de la Browning en la nuca.
— Te mandó el Loco Bautista?
El tipo me mira con los ojos achinados y asiente con un balbuceo.
Aprieto el gatillo dos veces y empujo con furia su cabeza contra el volante.
Vuelvo al coche.
— Me salvaste la vida — le digo a Lucía.
Se levanta con lentitud.
— ¿Ya está?
— Están muertos — me detengo un segundo — ¿por qué lo hiciste?
— ¿Qué?
— Salvarme la vida.
— No sé.
Prendo el motor y arranco. No nos dirigimos la palabra durante el resto del trayecto.
Estaciono frente a la fachada de El cajamerquino, el restaurante peruano de Walter Ayala.
Bajo del auto, abro la puerta del acompañante y la hago bajarse a Lucía.
El restaurante está casi vacío, sólo hay algunos habitués un tanto lamentables y familias con chicos ruidosos que devoran sus anticuchos, ajíes de gallina, esos pollos a las brasas grasosos y la especialidad de la casa: cuy frito con picante de papa. Cuando estoy acá adentro agradezco haber perdido el olfato, pero lo percibo en la nariz fruncida de la chica, que se asquea sin poder evitarlo con el olor a pescado frito, el chillido de la televisión descolorida clavada en un canal andino y la música regional que se acopla desde el equipo de sonido antiguo detrás de la caja. Las paredes de rosa viejo, gastado y sucio, las lámparas de tubo con su luz fría y zumbante y el retrato solitario del inca Atahualpa en la pared del fondo del mostrador completan el cuadro de la fachada legal de Ayala para conducir sus negocios. Saludo con un gesto de la cabeza a Patricio, el encargado de caja, un peruano morocho, petiso y panzón, tan feo como fiero a la hora de sacar borrachos de la cantina.
Caminamos directo hasta el final del ambiente rectangular que termina en una puerta a la cocina, los mozos se hacen a un lado cuando me ven pasar. Las cucarachas andan sin cuidado entre las ollas, las fuentes de plástico blanco ennegrecido que contienen los ingredientes con la que se cocinan los platos: tripas, vísceras, viscocidades de pollo, pescado y arroz precocido.
Al final de la cocina hay una puerta de servicio. Golpeo con los nudillos suavemente, me anuncio y la puerta se abre.
Pasamos a la jaula.
Milton Mamani, un tipo delgado y alto, con una espalda sólida y ancha nos recibe.
— Le traigo su paquete al jefe.
Milton sonríe.
— Esto le va a gustar — posa un dedo roñoso sobre la barbilla de Lucía y la obliga a levantar la vista.
— ¿Te gusta lo que ves? Cagón de mierda — le dice Lucía en la cara.
El tipo dibuja una sonrisa cruel en la boca.
— Espero que el jefe me deje entrarte entre las piernas bien mojaditas antes que se aburra de vos y te deje tirada por ahí — dice Mamani y hace un repugnante sonido con la lengua.
A continuación nos indica que levantemos los brazos y nos pongamos con las piernas abiertas contra la pared a la izquierda, el único espacio que no está recubierto de barrotes de hierro. Me palpa y cuando llega a la sobaquera saca el revolver, lo inspecciona de cerca.
— Lindo juguete.
Lo apoya en la mesa y sigue con Lucía. Le pasa las manos por entre las piernas, aprieta sus muslos, le levanta unos centímetros de la remera y le da una lamida obscena en la espalda, sigue subiendo, y le huele el pelo, con la punta de la lengua le toca el lóbulo de la oreja y entonces Lucía le da una patada en las pelotas. El tipo se lleva las manos a las partes y me apresuro a tirarme sobre el revolver, lo apunto:
— Nos calmamos — digo y la apunto a Lucía ahora, doy unos pasos atrás hasta la puerta que comunica con la cocina — vamos a dejar esto acá y vamos a hacer lo que tenemos que hacer. Nadie quiere terminar con sus tripas esparcidas en los dos metros cuadrados de esta jaula de mierda.
Milton tiene el odio recién despierto en la cara y Lucía sigue indiferente mirando a la pared.
— Ahora vas a abrir la puerta y nos vas a dejar subir para ver al jefe como tiene que ser. ¿Está claro?
El matón gruñe.
— Pregunté si estaba claro.
— Sí — dice en voz baja.
Apoyo la pistola sobre la mesa, levanto los brazos y me pongo al lado de la puerta de la jaula. Mamani busca las llaves en el bolsillo de su pantalón y la abre. La agarro a Lucía del brazo y la hago pasar.
— Esto no termina acá — le dice cuando pasa al lado suyo.
Sigo a Lucía y la conduzco hasta la escalera. Al final de esos escalones está la oficina de Walter Ayala.
— Siempre se vuelve al hogar — dice la chica.
— ¿Qué significa eso?
— Es la triste realidad.
No entiendo a esta pendeja.
— Antes que crucemos esta puerta, ¿puedo preguntarte por qué traicionaste a Wally?
Se alza de hombros:
— ¿Jugando al psicólogo? Por la misma razón por la que me metí con él en primera instancia.
— ¿Pelotudez o inconsciencia?
— Lo dejo a tu criterio.
Hago girar el picaporte y abro la puerta.
Pasamos a un cuarto grande con un sillón de cuero desvencijado justo frente a la puerta, acostado duerme y ronca la masa corporal obesa de Edgar Flores. Al fondo a la derecha la mesa de pool donde juegan William Flores, el otro de los hermanos Flores y Luis “el Boliviano” Choque, un indio feo y malo que habla poco y se emborracha mucho.
— Vengo a verlo al jefe.
— ¡Volviste con el pimpollo! — dice William Flores apoyando el taco sobre la mesa.
Lucía baja la cabeza.
— El Wally te extrañaba Lucía — sigue William — tenía miedo de que te hubieras ido con otro.
— Walter y yo terminamos — dice Lucía.
El Boliviano se traga una risotada.
William Flores sacude la cabeza para señalarme la puerta del fondo:
— Lo encuentran en su oficina. Pueden pasar. Los está esperando.
La llevo a Lucía del brazo y abro la puerta. Atrás de su escritorio y metiéndose una línea de coca desde la punta de un cuchillo está sentado Walter “el Inca” Ayala. Se le forma una sonrisa perversa en los labios. No es bueno estar cerca del tipo cuando se ríe.
¿Conocerá Lucía la historia del Tómbola?

Próximo capítulo: El lápiz labial.

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