Sangre por la herida: Capítulo 05

Todos los miércoles un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Resumen hasta aquí

Cumpliendo con su trabajo, Mario Quiroz finalmente logra llegar hasta el restaurante de Walter “el Inca” Ayala donde le entregará a Lucía Zabala, la novia infiel del narco.
Con el trabajo cumplido, la noche se termina. Al menos eso es lo que quiere creer el ex policía.

 

Capítulo 05: El lápiz labial

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Se dice que Walter Ayala no tiene sentimientos, que mató a su propia madre para demostrarle al capo brasilero Don António que era digno de confianza y que en su camino a la cima del poder en el bajo mundo del narcotráfico dejó un camino de cadáveres que alineados uno atrás de otro podrían hacer un puente entre su Celendín natal y esta ciudad deprimente que eligió como su refugio definitivo.

El mito que construyó Ayala sobrepasa la realidad pero eso no lo hace al Inca menos impiadoso, cruel y desalmado.

Excepto con su perro, Quijada, un pitbull terrier marrón grisaceo con un manchón blanco en el pecho, orejas cortas y puntiagudas siempre echadas hacia atrás, colmillos afilados, agresivo y territorial como su amo.

Algunos rumores también señalan que más de un enemigo de Ayala terminó devorado por la pequeña bestia fibrosa del peruano, pero no creo que sea más que otro de sus alardes.

Resulta difícil de creer cuando uno lo ve, como ahora, en un rincón de la oficina de Wally, recostado, con sus pequeños ojos marrones fijos en su amo al lado de un cuenco dorado lleno hasta el tope de comida balanceada.

— ¿Quieren un poco? — convida Ayala cocaína — es de primera. La que me meto yo.

Rechazo con un gesto de mano.

— ¿Eh? ¿Lucía?

— No.

El narco se para, acaricia a su mascota que le gruñe amistosamente.

— ¿Saben por qué amo a mi perro?

Silencio.

— Porque es fiel. En cambio las personas son traicioneras. Y yo odio la traición.

Quiero terminar con esto lo antes posible, bajar las escaleras, atravesar el restaurante deprimente, cruzar la calle y sentarme en la barra del Rocky a tomar whisky hasta el amanecer.

— A ver, vamos, Mario, contame lo que tengo que saber.

Trago saliva y recuerdo cómo comenzó la noche. Se suponía que iba a ser una noche tranquila, que a esta hora estaría yo en esa mesa de pool jugando con el Boliviano o los hermanos Flores, quizás estaría sentado donde ahora descansa la masa mórbida de Edgar Flores, leyendo alguna novela de misterio pero no, así no va a terminar esta noche para mí.

— La seguí — digo echándole una mirada de reojo — corroboré que se estaba viendo en secreto con un tal Charly Brun, cantante de una banda de rock que se dedicaba a tocar en bares de mala muerte.

Ayala camina en círculos alrededor nuestro.

— Ya veo, ya veo — dice.

— Salieron juntos del bar y los seguí hasta una casa de las afueras donde tuvieron una pequeña sesión de drogas y sexo.

Siento la respiración del capo narco en la nuca.

— Le tomé unas fotografías hasta que Brun me descubrió en el jardín de su casa.

— ¿Es cierto eso Lucía?

La chica no responde, aparta la mirada.

— ¿Están esas fotos?

— Sí — digo y saco la cámara. A pesar de los contratiempos está intacta, en una pieza.

El peruano empieza a pasar las fotos. Su respiración se intensifica y la piel morena cobra un repentino color morado durante unos instantes, luego vuelve al ritmo normal y me devuelve el aparato.

— ¿Qué pasó con el pelado que aparece en las fotos cogiéndose a mi novia?

— Me tuve que encargar de él.

Ayala nos da la espalda, camina con tranquilidad hasta su escritorio, se deja caer en su sillón ejecutivo y nos contempla en silencio durante unos segundos.

— ¡Conchetumadre Mario! — grita y golpea la mesa con el puño cerrado.

Quijada responde con un ladrido seguido de un gruñido.

— ¿Y a mí que diversión me queda ahora?

— No tuve opción. La situación se salió de control.

— Ya, ya, no interesa — Ayala se pone de pie nuevamente de un salto, se para frente a
Lucía — ¿te dio algún problema?

Siento un pinchazo en la herida que me hizo el roce de la bala en la mejilla.

— Nada que no forme parte del trabajo.

— Claro, claro, esta gatita tiene garras afiladas ¿no es cierto?

El perro está sentado sobre sus cuatro patas con la cabeza en alto y el cuerpo tieso, alerta, gruñe en dirección a Lucía.

— Bien puta resultaste ser — le dice a Lucía.

— Puedo explicarte Walter.

— No hay nada que explicar.

— Hay algo más, Walter.

— ¿Qué?

— La banda del Loco Bautista nos interceptó cuando entramos a la Capital. Tuve que
encargarme de ellos también.

— Detalles — dice con frialdad.

— Una Ranger nos alcanzó en un semáforo. Hubo un tiroteo. Están muertos.

— Mi chiquita se va con otro, el Loco Bautista quiere lo que me pertenece, mi guardaespaldas me quita el dulce placer de entregarle a Quijada la mierda que se cogió a mi novia, ¿qué pasa esta noche?

Lo mismo me pregunto yo. ¿Qué está pasando esta noche?

El perro gruñe y muestra los colmillos.

— Tiene hambre — sonríe Ayala — vamos a ver si le podemos dar algo de comer — acaricia a Lucía por atrás y le da un pellizco — vos, ya podés irte.

Abro la puerta, estoy saliendo y miro a Lucía. Sé que es la última vez que la voy a ver viva y esa certeza, que tantas veces me produjo alivio, esta vez me perturba.

Ella alza la cabeza, me devuelve la mirada con ojos pétreos y expresión suplicante.
Apenas termino de pasar un grito de Ayala atraviesa la puerta y sacude la modorra de los hermanos Flores:

— ¡Edgar! ¡William! Vengan que tengo un juego para ustedes.

El gordo Edgar sacude la cabeza, se despabila y comienza a mover su cuerpo de ballena por fuera del sillón. El otro apoya el taco de pool y se trona los dedos:

— Hora de trabajar.

La cabeza me da vueltas, cierro los ojos y los vuelvo abrir, me acerco como puedo hasta el sillón que dejó Edgar Flores desocupado y me siento. Cierro los ojos de nuevo, cuento hasta diez. Entonces se empiezan a escuchar gritos, golpes, llanto que proviene de la oficina de Walter Ayala.

— ¡Ahora vas a ver ruca reparinputadetumadre! — escucho la voz ronca del Inca Ayala.
Tengo suficiente con esto. Me levanto y bajo las escaleras, Milton me devuelve mi pistola.
El tacto con ella me hace sentir centrado de nuevo, como si fuera lo único que me queda, lo único que me pertenece en este mundo. Estoy saliendo cuando me apoya la mano en el hombro.

— Oye, ¿sabés si se puede participar?

— ¿De qué mierda hablás?

— Ya sabés, allá arriba — alza las cejas — cachar con la Lucía antes que la dejen tiesa.

Siento un sabor de boca amargo. No respondo atravieso como un muerto en vida el restaurante que a esta hora ya está casi vacío y cruzo la calle directo hasta el bar de Rocky. Es un bar bullicioso y lamentable. Las columnas pintadas de negro tienen manchones de yeso al descubierto que dan cuenta de la desidia de Rocky. En una mesa del fondo están sentados el “Cebolla” García, Justo Villaroel y Germán Montaño, son tres soldados de Wally Ayala.

Me siento en la barra y pido whisky.

Hago un gesto con la cabeza de saludo a la mesa de la banda y me responden alzando sus copas.

Frente mío el vaso con la bebida ambarina, sin hielo porque esta noche no lo necesito.
Me lo llevo a los labios, lo saboreo en la boca. El bar es a esta hora una caja de zapatos oscura y ruidosa.

Al fondo de la barra está Gladys, una de las prostitutas que suelen parar por acá buscando clientes entre los peruanos que salen del restaurante de Ayala, los matones de Ayala o algún desgraciado perdido.

Me está mirando hace un rato. Le hago un gesto para que se acerque y no pierde tiempo.
Se sienta al lado mío.

— Hola oficial, tan guapo como siempre — me saluda y apoya sus labios empastados en ese rouge fucsia vencido que lleva desde que la conozco en mi mejilla lastimada.

— Esta noche no, preciosa.

— ¿Nada? Si no tiene para el hotel podemos arreglarnos con algo más rápido en la esquina. A esta hora nadie nos va a ver. — dice y me guiña un ojo.

— No.

— Como quiera. Aunque usted ya sabe que mi debilidad son los agentes de la ley.

— Ya te dije que no estoy más en la Fuerza — digo sacando el encendedor para prenderle el cigarro que ya cuelga de su boca.

— Un policía nunca deja de ser policía — le enciendo el pucho. Exhala humo.
Tiene el pelo rubio con las raíces negras visibles en el centro de la cabellera que cae lacio en cascada. La cara grotescamente empolvada, los ojos delineados con trazo grueso y las uñas violeta.

— ¿Está triste Comisario?

— Solo una noche de trabajo más, Gladys.

— No es lo que se comenta.

— ¿Y qué se comenta?

— Que tenga cuidado.

— Siempre ¿algo más?

— Algo. El tiroteo de esta noche, parece que el Loco no la quiere a la chica solamente para joderlo a Wally, parece que además tiene un tema pendiente con la piba.

— ¿Entonces Walter la va a usar para negociar? — por un segundo pienso que quizás Lucía sobreviva a esta noche.

Larga una pequeña carcajada.

— Oficial ¿acaso no conoce la historia del Tómbola?

Gladys exhala el humo del cigarrillo.

— Tendría que haber seguido la carrera médica. Como mi hermano. Podría haberle curado la herida — dice señalándome la mejilla con la rajadura que me hizo el roce de la bala — Además así no tendría que estar acá esta noche.

— No es tan grave.

— ¿No?

— Hablaba de la herida. Pero si lo pienso, si no hubieras seguido esta carrera nunca nos
hubiéramos conocido. Por lo tanto, no es tan grave.

Larga una carcajada ronca.

— Eso no lo sabe Oficial. Mi hermano no es tampoco un ejemplo de ciudadano.

— ¿A qué te referís? — inclino el vaso hasta el fondo y termino el whisky, lo apoyo sobre la mesa y le muestro al barman que me sirva otro.

— A pesar de haberse roto el alma estudiando se cansó de prescribir analgésicos en una guardia y pensó que había una forma más rápida de ganarse la vida — expulsa el humo del cigarrillo sin cuidado sobre mi cara — y se puso a vender tratamientos de dieta. Se le murió una paciente. Una mina de mucha guita. Le sacaron la licencia.

— Una lástima que la honestidad sea un bien tan menospreciado en nuestra sociedad.

— Supongo que es de familia esta idea de ganar plata rápido sin pensar demasiado en las consecuencias.

La contemplo unos instantes; lleva una musculosa muy escotada en animal print naranja y negro que deja al descubierto los tatuajes de dos colibríes enfrentados, uno en el extremo de cada una de sus crestas ilíacas, un short de jean corto y desflecado, unas botas largas que le llegan casi hasta las rodillas. Es una verdadera lástima que haya terminado así. De joven debe haber sido hermosa y pienso en las malas elecciones que la terminaron dejando acá esta noche.

— ¿Entonces? ¿no va a invitarme un trago? — se sienta al lado mío.
Le pido al barman que le sirva un whisky con hielo a Gladys.

— ¿Y tus amigas?

Refunfuña molesta.

— Vanessa se fue hace un rato con uno de sus clientes habituales. Por lo general le paga toda la noche, le hace regalitos. Todo un caballero. Samira debe estar por llegar. La noche es joven. Pero, ¿no tiene suficiente conmigo?

— ¿Y Jenny Joanna?

Hace una mueca de fastidio.

— Jenny hace dos semanas que no viene. Consiguió uno que la lleva de viaje. Las ventajas de ser jovencita. Debí aprovechar cuando todavía me daba el cuerpo, pero no tuve tanta suerte.

Jenny Joanna es una morocha menudita, con buenas tetas y culo firme de veinte años.
Toda una vida menos que Gladys. Toda la diferencia entre ellas.

— Contame, ¿qué hace ahora tu hermano?

Gladys toma un trago y me responde:

— ¡Ah! Sigue ganando plata. De hecho, está haciendo más que antes. Le vende sus servicios médicos a gente que no puede permitirse aparecer en un hospital o con un médico matriculado. Usted me entiende.

— ¿Saca balas de cuerpos heridos?

— Chorros, transas, lo que sea. Otras chicas del oficio a las que la cosa se les puso pesada.

— Pesada.

— Pesada como de cargar el bombo lleno. Ese tipo de peso ¿sabe cuánta plata perdemos si quedamos embarazadas? Sí, hay perversos a los que les gusta y hasta pagan más por un servicio de embarazada, pero no en este barrio, no en esta zona, no en este ambiente.

— ¿Te pasó?

— ¿Qué? ¿quedar embarazada o que me ofrecieran más plata por hacerlo embarazada? No quiero acordarme. Pero antes que lo piense, mi hermano no se encargó del tema. Me recomendó a alguien. Era muy chica. El hijo de puta me dejó fallada. Quizás era lo que tenía que pasar, no perdí “días de trabajo” — gesticula con los dedos las comillas — de todos modos no quiero hablar de eso.

Es una chica brava. Eso explica cómo es que todavía está en la calle viva.

— Podés hablar con tranquilidad conmigo, ya te dije que no estoy más de servicio.

— ¿No quiere hacerse ver eso que se hizo hoy?

Me toco la herida, ahora es sólo un rasguño de sangre seca con bordes de piel apenas levantados, pero sí, va a quedar una cicatriz.

— No, creo que me gusta la idea de que me quede como recuerdo de esta noche y del trabajo que hago.

La pierna me vibra, es el teléfono celular.

— Disculpame — le digo y leo el mensaje.

“Volvé que tengo un paquete” dice.

El Inca tiene un cadáver y quiere que yo me deshaga de él. Hora de volver al trabajo.

 

Próximo capítulo: La maza y el televisor.

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