Sangre por la herida: Capítulo 06

Miércoles por medio un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Resumen hasta aquí

Luego de entregar a Lucía Zabala a su jefe el capo narco Walter “el Inca” Ayala, Mario Quiroz intenta olvidar la noche en el Bar de Rocky, justo frente al restaurante peruano de su jefe. Pero cuando piensa que la noche terminó recibe un mensaje: tiene que ir a encargarse del cadáver de Lucía mientras espanta los fantasmas de su pasado reciente que no dejan de atormentarlo.

Capítulo 06: La maza y el televisor

 

06-tele

Tengo un trabajo que hacer: tengo que ir a buscar un cadáver a la oficina del Inca Ayala y sacarlo de ahí, deshacerme de él, pero siento que me abandonan las fuerzas y durante un momento me viene a la mente cómo es que llegué hasta acá. No sólo como llegué acá a esta noche y esto que tengo que hacer sino a cómo llegué a trabajar para el Inca Ayala.
Sé que empezó el día que Mercedes se fue.
Sabía que algo andaba mal ese día. Esa misma tarde, mientras subía en el ascensor hasta el séptimo piso de ese edificio sereno y con clima de modorra de media tarde, sentí el primer indicio de que algo no estaba bien. Hacía ya cinco meses que me estaba dedicando al oficio. No iba mal. Mercedes había comprendido mucho mejor de lo que yo esperaba, eso me dio a entender, que ya no estaba en la fuerza. Quedarme sentado en casa mirando el techo me iba a matar. Los bares de viejos nunca fueron lo mío. Lo intenté. No funcionó. Supe que iba a terminar matando a algún cliente si seguía yendo. Entonces lo asumí. Alquilé una oficina modesta, puse un anuncio en el diario: “Detective Privado” y mi teléfono. Sin datos, sin nombres. Era fácil y me mantenía disperso, ocupado. El trabajo tardó en llegar y pasé un mes mirando el techo de la oficina, leyendo el diario con los pies arriba del escritorio, haciendo pasar las tardes a fuerza de whisky. Eventualmente recibí un llamado. No era una hermosa rubia con una propuesta arriesgada como en las novelas, pero igual sirvió. Rescaté a un perrito, un caniche toy, de las manos de una banda que se dedicaba a secuestrar mascotas de raza en las plazas.
La señora quedó muy contenta con mis servicios y de pronto empecé a recibir más llamados y variedad de trabajos.

Sirvió. Durante unos meses me pude olvidar de todo lo malo que había vivido en los tiempos anteriores a ese trabajo.

Mi último caso en la Fuerza no había sido el paseo del triunfo que había soñado. Me echaron por meterme donde no me querían. Una cosa muy desagradable, unos crímenes rituales. Resolví el caso. Fue un final digno, aunque sin la gloria que había soñado. Necesitaba un cambio de aire. Ese asunto había sido demasiado turbio y sobretodo necesitaba bajar el perfil, salir de la mirada de los que me habían sacado de la Policía. Entonces no me había parecido una mala idea.

Quizás debería haber seguido ese camino pero entonces pasó eso, el día en el que subí en el ascensor siete pisos en un edificio tranquilo y sin ninguna cualidad en especial. Era un martes. 29 de octubre. No lo voy a olvidar nunca. Hacía un calor insoportable, pegajoso y húmedo y yo estaba subiendo al séptimo piso de ese edificio horrible con una maza entre las manos. Infidelidades, búsqueda de personas perdidas, extorsiones pero lo que más plata me daba eran las cobranzas. Es un trabajo sucio y pesado, pero alguien tiene que hacerlo y entendí que yo era particularmente bueno para llevarlo a cabo. El ascensor llegó al piso siete, la puerta se abrió y salí sintiéndome ligero, pero entonces cuando golpee la puerta del departamento “H” volví a sentir esa sensación de que algo no estaba bien. Quizás fue mi olfato policial o un vicio más de mi paranoia, sólo supe que algo iba a ocurrir y pronto. Algo desagradable. Sentí el estómago revuelto. Se abrió la puerta y asomó la cara descuidada de un tipo gordo, con el pelo húmedo, la barba de varios días, los dientes amarillentos y desparejos.

— ¿Quién sos?

— Busco a Martín Gómez.

— No está — dijo y quiso cerrar de un portazo pero llegué a meter la maza en el medio.

— Pero cuanta descortesía — dije y empujé la puerta hasta abrirla del todo. El gordo saltó adentro del departamento. Era una pocilga roñosa con un sillón rojo destartalado en el centro, un televisor viejo, de tubo, encendido en silencio donde pasaba un partido de fútbol y una pila de platos sucios, latas de cerveza vacías, bolsas de snacks todas acumuladas alrededor. El tipo dio unos pasos hacia atrás y yo entré siguiéndolo con absoluta comodidad, sin molestarme, pero dejando bien a la vista la maza.
— ¿Qué querés?

— Ya sabés a qué vine.

El tipo tenía el cuerpo mojado, la cara, el pelo brillante. Se pasó la palma de la mano por la frente y se secó pero al instante ya era una fuente de transpiración de nuevo.

— ¿Te manda el Turco? Ya le dije que me diera una semana más. Por favor…

— El Turco es una persona generosa, ya te dio bastante tiempo.

— No tengo nada acá. Mirá, te doy, te doy lo que quieras — suplicó el gordo mirando a su alrededor. Se detuvo en el televisor. Fue hacia él, lo levantó entre los brazos y se acercó a mí — tomá, llevátelo vos. Esto es para vos. Mañana consigo la plata y te pago sin falta. Tomalo como garantía.

— ¿A mí? A mi no me debés nada Gómez. Al tipo que me está pagando es al que le debés.

— Ya sé, ya sé — se desesperó el gordo — pero llevate el televisor vos. Te lo doy para que veas que tengo voluntad de pagar. Mañana está la plata. Ni se va a enterar el Turco.

— ¿Y qué hago yo con una tele vieja?

— Quedátela, toda para vos. No me la tenés que devolver. Sólo te pido que lo convenzas al Turco de que la guita va a estar mañana sin falta.

— Sabés que no es así como funciona — dije y bambolee la maza en el aire.

El gordo empezó a llorar.

— Mirá como vivo hermano, no me queda nada. La timba se llevó todo. Mi mujer, mis hijos, vos querés venir ahora y romperme una pierna porque no le puedo pagar al Turco ¿qué clase de justicia es esa?

— Creo que te equivocás de abogado. Eso tenés que reclamárselo a tu ángel de la guarda, yo vengo a cobrar lo que le debés a mi cliente — levanté la maza en el aire una vez más. Se trata de romper una rodilla. El dolor es inconmensurable, inhabilitante pero el tipo podrá volver a caminar y procurarse un modo de conseguir la plata para pagar. Cobrar deudas muchas veces es un trabajo en dos movimientos: primero la ejecución y luego la recaudación que es una consecuencia del miedo y el dolor que se infunde en el deudor. Lo que dije: un trabajo desagradable pero era el que mejor pagaba.

El gordo vio venir el mazazo y me tiró el televisor encima. El aparato chocó contra mis costillas, era una caja negra y pesada, una TV de las de antes, maciza, rígida, caí sentado al piso, la maza me golpeó el hombro. El tipo corrió para afuera del departamento. Me levanté usando la maza como apoyo y corrí tras él. Me llevaba unos metros y a pesar de su cuerpo excedido estaba en mejor estado que yo. Agarró las escaleras de un salto hasta el descanso y siguió bajando a toda velocidad hasta llegar al sexto piso. El edificio parecía deshabitado o a nadie le importaba lo suficiente el vecino del 7° H como para hacer algo por él. Si había alguien estaba metido en lo suyo porque nadie asomó por ninguna puerta o pasillo.

La cacería se prolongó durante tres pisos. El calor era sofocante, comenzó a perder ventaja, su cuerpo le pedía un descanso y entonces lo agarré en el tercer piso.
Lo tomé de la remera, lo empujé hasta el ascensor, subimos de nuevo hasta el séptimo. Suplicaba piedad entre lágrimas. Le apoyé la maza en la cara, justo debajo de la nariz.

— Una palabra más y… — lo amenacé.

Lloraba. Lo llevé a empujones de vuelta a su departamento.

— Ya sabés qué pasa ahora — le dije con algo de melancolía auténtica.

— No tiene que ser así — me suplicó. Se puso de rodillas, alzó los brazos en súplica — ¡Por favor!

Sin decirle nada más le rompí el brazo derecho de un mazazo. El tipo cayó sobre el sillón desgarrado de dolor, en un llanto que me puso incómodo.

— El Turco quiere lo suyo para mañana. Si no lo tenés, me va a mandar a mí de nuevo pero no voy a venir con esto sino con un soplete. Ni tu familia va a poder reconocerte en la morgue de cómo te va a quedar la cara.

El tipo lloraba y suplicaba piedad.

Me fui. Nunca supe si pagó o no. Supongo que lo habrá hecho.

Tiempo después pude entender que era lo que esperaba en casa lo que me había estado molestando como una sombra negra durante todo ese día. Por más que lo intenté mil veces, nunca pude recordar exactamente cómo sucedieron las cosas desde que salí del edificio del pobre tipo al que le partí el brazo. Ese es mi último recuerdo claro de ese día. No sé qué hice con la maza pero cuando entré en mi oficina ya no la tenía conmigo. Eso sí recuerdo, como una foto gastada, medio velada, entrar en la oficina, levantar del piso unos sobres con las cuentas de la luz y el teléfono, apoyarlas en el escritorio, colocar el abrecartas de marfil sobre ellas y decirme que ya era tarde y que había tenido un día completo, que me encargaría de eso al día siguiente. No lo hice. Al día siguiente no fui a la oficina. No volví a ir desde ese día, como si volver a la oficina algún día me hiciera volver a vivir lo que pasó, como si pudiera repetirse. Volví a casa.

— Mecha, ya llegué.

Nadie respondió.

No había nadie. Era raro porque mi esposa nunca salía. Se había acostumbrado a apoltronar su cuerpo en el sillón del living frente a las novelas de la tarde y pasar el día entero allí. Recorrí el resto de la casa y tampoco encontré a nadie.

Arriba de la mesa del living había una carta manuscrita. Distinguí su letra antes de tomarla en mis dedos temblorosos.

Mario:
Antes que nada sabé que lo siento. Me fui para no volver nunca más. No me busques. Estoy en buena compañía. Un hombre que realmente me ama y puede darme lo que necesito en esta etapa de mi vida. Hagas lo que hagas no me busques. Voy a estar bien y vos también. Ambos sabemos que esto es lo mejor para los dos. Si te hubiera dicho no me lo hubieras perdonado, no me hubieras dejado ir, me hubieras matado. En serio te lo digo: no me busques porque sabemos que vamos a terminar los dos muertos.
Con el amor que te tuve en otra época,
Mercedes.

Entonces caí de rodillas al piso y lloré. Exhalé una enorme bocanada de aire y por primera vez no sentí el olor de las azaleas del balcón frente mío. Había perdido el olfato.
Pasé varias semanas sin salir de casa hasta que recibí una llamada. Rechacé la propuesta pero insistieron. Sin nada que perder, al séptimo día de llamados insistentes no descansé sino que acepté la propuesta y empecé a trabajar como el guardaespaldas de Walter Ayala.

Próximo capítulo: El cuerpo.

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