Sangre por la herida: Capítulo 07

Miércoles por medio un nuevo capítulo de Sangre por la herida ilustrado por CJ Camba.

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Leer Capítulo 06: La maza y el televisor

Resumen hasta aquí

Mario Quiroz se prepara para enfrentar el momento que menos deseaba en esta oscura noche que no parece tener fin: el momento de enterrar el cuerpo de Lucía Zabala por orden Walter Ayala.

Capítulo 07: El cuerpo

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— Me tengo que ir — digo y apoyo un billete sobre la mesa.
— ¿Tan pronto?
— Tengo trabajo.
Busco en mi billetera de cuero negro ajado y separo unos pesos más, los deslizo por la barra hasta donde está Gladys
— Esto es por el servicio.
Pasa la mano rápido por la mesa y los hace desaparecer.
— Siempre un placer.
Salgo del bar y cruzo la calle oscura.
Entro al restaurante y no me distraigo en mi camino hasta el fondo.
— El jefe te espera arriba — me recibe Milton. Dejo que me cache de armas una vez más.
Subo las escaleras, el mismo espectáculo deprimente de hace un rato: los hermanos Flores siguen jugando al pool como si nada. El Boliviano Choque me mira impávido, con esa cara de indio jetón al que no le interesa lo que pasa.
Me indica la puerta del jefe con un gesto de la cabeza.
La atravieso.
En un rincón, en el ángulo, atrás del escritorio hay una sábana blanca envolviendo un bulto.
Quijada se entretiene con un hueso a medio masticar con restos de carne.
Wally Ayala larga una carcajada sonora. Está parado frente a su mascota. Se mira las manos, tiene los nudillos despellejados.
No tengo de qué arrepentirme o por qué sentirme mal. Hice esto miles de veces y es un trabajo como cualquier otro. Pero por algún motivo esto de hoy se siente mucho peor.
Aprieto los dientes, trago saliva y cierro los puños. “Era sólo una pobre piba” pienso y veo pasar por la retina la imagen de Lucía, su cuerpo desnudo sobre Charly Brun, veo a Gladys con su simpatía profesional, me veo entre sus piernas en el recuerdo de noches pasadas, veo a la chica que me salvó la vida hace un año, veo a mi hija Agustina.
Ayala da unas vueltas en círculo alrededor de su escritorio, su perro ladra.
— ¡Quieto Quijada! — grita y la cara no vuelve a su posición natural porque directamente sus labios se acomodan junto con la mandíbula en una perversa expresión sádica; está sonriendo. No es bueno estar cerca de Walter Ayala cuando sonríe. Me palmea el hombro.
— Te va a acompañar Milton.
Milton Mamani. Ese pequeño pedazo de mierda. No me gusta tenerlo cerca, no me gusta cómo miró a Lucía y cómo aprovechó para manosearla más temprano.
— Sí — sigue Ayala a quien le gusta escuchar su propia voz.
Ayala vuelve hasta su sillón, se sienta con placidez y estira la espalda sobra el respaldo.
— Aquí Quijada — el perro mueve la cola y trota dos metros hasta su amo, se sube sobre su falda y le da un lengüetazo en la cara.
Toma el control remoto de su escritorio, apunta al monitor que muestra imágenes en blanco y negro de la sala contigua y aparece la imagen de Milton Mamani aburrido en la jaula, sentado en la silla mientras juguetea con su teléfono. Toca el botón del intercomunicador y lo llama.
Sin demorarse el tipo pasa al otro lado de la jaula y empieza a subir las escaleras.
El peruano alcanza el rincón de su escritorio donde descansa una botella de ron selecto.
Con un gesto me señala dos vasos sucios sobre una repisa a mi derecha, entre una figura en yeso de la Virgen del Carmen de Celendín y un pequeño bouquet de flores.
Se los alcanzo, se ensaliva los dedos y los usa para limpiarlos.
— Este, mi querido Mario, es un muy rico ron de mi Perú. La gente acostumbra a tomar Pisco Sour y verás que hay pocos que te aceptan un ron tan rico. Pero en mi opinión hay que dejarle el pisco a los huevones chilenos. El agua que desciende de los Andes alimenta los campos de caña de azúcar en el Valle de Chicama, allá en el noroeste y da la mejor materia prima para hacer este exquisito ron que nada tiene que envidiarle al de los cubanos.
Alza su vaso y yo hago lo mismo, inclina el brazo y hace chocar los cristales.
— Brindemos Mario, esta noche ya se termina. Y brindemos también por esa rica y nutriente agua que desciende de los Andes para alimentar los campos de coca tan rica que nosotros con toda la humildad que nos caracteriza traemos aquí para procesar, distribuir y hacer bien a la gente. Porque, si a la gente le gusta nuestra coca, ¿por qué no podemos vendérsela?
Trago el ron. Tiene sabor intenso en boca y fuerte.
La puerta de la oficina se abre y por ella pasa el cuerpo lánguido y ancho de Milton Mamani.
— Acá estás. Necesito que acompañes a Mario a deshacerse de ese paquete.
Abre un cajón del escritorio, revuelve y saca unas llaves, me las arroja y las tomo en el aire
— Lleven la Grand Cherokee.
— Yo tomo la cabeza — dice Milton y se posiciona al lado del bulto.
Voy por las piernas. Los alzamos. En la pared, en el piso, quedan manchas de sangre fresca. Pasamos por la puerta de la oficina con el paquete. Primero yo, luego Milton y Walter sigue la operación con displicencia mientras toma otro vaso de ron.
Cuando Milton está por terminar de pasar por la puerta Ayala nos pide que nos detengamos, se acerca hasta él y le dice unas palabras al oído.
Milton sonríe. Es una de esas mismas sonrisas perversas y criminales que se dibujan en la cara de Walter Ayala cuando algo horrible está por suceder.

Próximo capítulo: La noche.

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