Sangre por la herida: Capítulo 08

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Leer Capítulo 06: La maza y el televisor

Leer Capítulo 07: El cuerpo

Resumen hasta aquí

Mario Quiroz junto a Milton Mamani se tienen que deshacer del cuerpo de Lucía Zabala pero todavía le quedan muchas horas a esta noche interminable.

Capítulo 08: La noche

08-noche

Bajamos el cuerpo de Lucía por la escalera y lo sacamos por la puerta de emergencia. Meterla en el baúl es la parte más difícil.
Milton introduce con delicadeza la cabeza y yo ayudo con las piernas. Así visto el bulto parece no ser otra cosa que la basura que se saca todas las noches del restaurante.
La noche está clara y despejada, siento una brisa suave que me recorre la piel y me quema en la herida de la mejilla. Un escalofrío me recorre las extremidades.
Abro la puerta del lado del conductor, y me siento; Milton hace lo mismo del lado del acompañante. Enciendo el motor, subo las ventanillas.
—¿Podrías dejarlas bajas? Tengo calor —me dice Milton.
—Yo siento frío —respondo sin mirarlo y pongo primera.
El portón del garage se abre y salimos a la calle. Miro el reloj en el tablero, es muy temprano todavía. Siento que la noche se extendió desde el atardecer con la caída del sol en el bar donde encontré a Lucía hasta ahora que llevo su cadáver en el baúl, apenas unas horas de diferencia pero que parecen días, semanas, meses.
—¿A donde?
—Conozco un lugar que va a estar bien.
Manejo en silencio interrumpido sólo por la respiración nasal de Milton. Hice cosas peores. Muchísimo peores. Pero era joven. Después sólo se trató de sobrevivir. Como ahora.
Milton estira el brazo y toca el botón de encendido de la radio. Había quedado sintonizada en una estación ilegal peruana. Suena estridente la música del altiplano hasta que no soporto más y la apago. Milton me desaprueba pero no dice nada y yo tampoco le digo nada a él. Me pregunto el por qué de esa sonrisa perversa que se le dibujó en los labios cuando Wally le dijo algo a los oídos. Pienso en el Tómbola y luego de nuevo en este tipo al lado mío, grandote, feo y perverso. Lo chequeo de reojo, no disimula la pistola que asoma la culata por la cintura del pantalón. Si me va a matar lo va a hacer cuando lleguemos. Porque de esto se tiene que tratar todo el asunto ¿no? De bajar el cuerpo de Lucía, cavar la tierra unos metros, tirarla a ella y cuando terminemos él sacará esa .38 y me meterá un agujero en la cabeza para que comparta tumba con la chica. Eso es lo que le tiene que haber dicho Wally Ayala; que se deshaga de este viejo de mierda, que termine conmigo, ya no le sirvo. Tiene que haber estado planeado así desde el comienzo. Pienso en mis posibilidades y sé que no puedo permitirme ninguna distracción.
—Se dice que te encontraste más temprano con los muchachos del Loco Bautista – dice Milton.
—Así fue.
—¿Sabés que Wally y Bautista fueron amigos en otro tiempo? – dice con tono aburrido. —Algo de eso escuché. —Wally llegó a este país a los diecisiete años. De niño fue reclutado por Don António y trabajó para él…
—Conozco ese cuento.
—De chico era un demonio, un verdadero demonio. Lo sigue siendo ¿eh? – se apoya contra el respaldo y grita —¡es un demonio! ¿eh, Lucía?
—Basta.
—Vamos Mario, estás muy nervioso. No hace falta tanto dramatismo, ¡pregúntale a Lucía si no! Freno el auto en medio de la calle. Es un páramo desierto apenas iluminado.
—Dije que basta. El peruano me mira sorprendido y con desconfianza.
—Estás susceptible Mario.
Tengo una oportunidad de meterle un tiro en la cara ahora mismo y terminar con este asunto pero mis posibilidades de transportar los dos cadáveres hasta el descampado sin que nadie se de cuenta parecen pocas. Medimos fuerzas y entonces afloja.
—¡Conchetumadre Mario! Me hiciste creer que estabas enojado en serio —dice largando una carcajada nerviosa. Arranco el coche y sigo el camino sin contestar. Ya no me quedan dudas de que el plan de Walter es que Milton me mate cuando terminemos con Lucía.
—Cuando Wally llegó a este país tenía diecisiete años y ya había aprendido a cerrar la nariz ante el olor de la sangre y la pólvora —dice el peruano. —Don António le dio todo. —Todo lo necesario para convertirlo de un niño en el santo de la coca que es hoy. ¿Querés que te cuente entonces cómo se conocieron Wally y el Loco Bautista?
—¿Tenemos un plan mejor?
Atravesamos el límite de la ciudad, ya estamos en las afueras y a tan solo unos unos veinte kilómetros del destino final de Lucía Zabala cuyo cuerpo se está pudriendo en el baúl de esta 4×4 pero eso no lo puedo comprobar porque hace meses que perdí el olfato. Una bendición.
—Bautista es argentino, eso lo debes saber. Fue el contacto de Wally apenas llegó a la ciudad. Don António lo mandó apenas cumplió los diesciete a expandir el negocio, establecer su red. Esa confianza le tenía. No es para menos, Ayala fue su mejor hombre. —¿Tan bueno que decidió deshacerse de él mandándolo lejos del centro de sus operaciones?
—Había un tipo, Gervasio Montes. Una de las manos derechas del brasilero. Estaba un poco celoso de los avances del Inca. Un día quiso deshacerse del mocoso que había llegado para mostrar su valor a los tiros. Wally era una verdadera piraña de niño. Bajaba a su pueblo desde el monte y cumplía con lo que fuera que le hubieran encomendado. Comenzó con pequeños hurtos, transas en las esquinas hasta que Don António lo ascendió a sicario y ahí se convirtió en el mayor experto tirador de la banda. Se subían a una moto que manejaba otro y Wally tiraba desde el vehículo en movimiento. Su marca personal eran las ejecuciones de un solo disparo, siempre directo, en el medio de los ojos. El tipo tiene su honor y creía que un hombre debe verle la cara a su verdugo.
—Riesgo innecesario —mascullo.
—¡Ya lo creo! Esa es una de las razones de su fama. Un asesino a sangre fría, capaz de matar desde una motocicleta en movimiento de un tiro en la frente dejando que la víctima tenga unos instantes de conciencia de que ha llegado su fin y que la Parca lleva la cara de un mocoso sucio recién bajado de la selva.
Las hagiografías de narcos son para los villeros, los ilusos y los que se impresionan con poco —pienso para mis adentros.
—Cuestión que un día el buen Gervasio envió a Wally a una misión de asesinato como cualquier otra. Tenía que cargarse un tipo de negocios, un ejecutivo, uno de esos que andan con maletín y traje. El hombre había trabajado para Don António pero se creía que estaba por pasarse a una banda rival y el mensaje debía ser claro. Por eso se arregló que la ejecución sería en la Plaza principal, a las doce del mediodía. La víctima tenía una rutina diaria poco precavida y repetitiva: salía todos los días de su casa, caminaba bien vestidito y perfumado por las calles pobres del pueblo hasta llegar a un banco del centro donde trabajaba. ¿Te imaginás qué ridiculez? Todos los indios harapientos con sus ropas sencillas y este imbécil con traje. Era un tiro al blanco móvil. Creía tener la impunidad intocable que le daban sus negocios con el brasilero. Wally bendijo las balas junto a la Virgen del Carmen como es su costumbre al día de hoy, se subió a la moto pero se encontró que esta vez quien iba a manejar no era su compañero de siempre, el Pichón Paredes. Un hombre precavido debió haberse dado cuenta de que algo no andaba bien. Pero Wally era todavía muy joven y nunca hubiera sospechado que alguien en su entorno querría hacerle daño. El que se subió a la moto del lado del conductor era Augusto Montes, hijo del propio Gervasio. Todo fue como de rutina hasta que llegaron a la plaza. Esperaron en un lugar apartado bajo la sombra de un árbol hasta que apareció el objetivo y entonces lo de siempre, sólo que apenas a unos metros de alcanzar el punto de contacto con el tipo Augusto hizo un giro muy cerrado con la moto lo que los mandó al piso rodando. La gente alrededor se alarmó, el objetivo se estaba por perder de vista, desde el piso Wally disparó al bulto y alcanzó al blanco, pero el tipo estaba 65 Sangre por la herida preparado, había llevado chaleco de kevlar. Era una emboscada. Augusto se puso de pie mientras Wally estaba todavía en el piso intentando reponerse. Montes sacó su fierro y estuvo a punto de cargárselo por la espalda. La virgencita del Carmen finalmente tiene que haber estado del lado de Wally porque éste se dio cuenta de la situación y llegó a meterle dos plomos al sicario. Uno de ellos en el medio de la frente, tal como era su derecho.
—Luego lo mandaron acá para expandir el negocio —digo.
—Don António lo sacó del medio. Se dice que usó sus propias manos para empuñar el machete con el que le cortaron la cabeza a Gervasio Montes. El brasilero lloraba, se despedía de quien había sido casi un hijo para él.
—¿Qué sucedió luego?
—La advertencia había quedado hecha, pero seguía siendo peligroso para Walter quedarse en el Perú. Entonces llegó aquí.
—¿Cómo es la historia con el Loco Bautista?
—¿Te gustan las historias de traición Mario? Me cosquillean los dedos, es el impulso de cerrarle la boca de una trompada.
—Creo que deberás esperar un rato para eso. Tenemos compañía.
A veinte metros un patrullero estacionado al lado del camino; un agente nos hace gestos de luces para que paremos en la banquina para un control. Casi puedo escuchar la risa irónica llegando del mas allá, de los labios muertos de Lucía Zabala en el baúl del auto

Próximo capítulo: Un hoyo en la tierra.

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