Sangre por la herida: Capítulo 09

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Leer Capítulo 06: La maza y el televisor

Leer Capítulo 07: El cuerpo

Leer Capítulo 08: La pala

Resumen hasta aquí

Mario Quiroz y Milton Mamani se preparan para terminar su tarea y enterrar el cuerpo de Lucía Zabala. Pero nada es tan sencillo como parece en esta larga noche.

Capítulo 10: La pala

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Sacamos paladas de barro y pasto.
— No muy profundo — dice Milton.
No lo escucho y sigo cavando y ahora me siento como un maniaco, doy paladas y paladas sobre la tierra humedecida. Ya no sale barro sino una tierra cuajada con raíces débiles. La mano de Milton se apoya sobre mi pecho.
— Ya está amigo. Hasta ahí.
Pero quiero seguir cavando. Por lo menos un metro más. Me paso la manga de la camisa por la frente y queda empapada. Es hora de terminar con esto.
Me siento sobre el montón de tierra excavada y respiro hondo. Milton tapa con la mano en posición cóncava el cigarrillo y lo enciende luego de dos o tres intentos.
— Es hora de bajarla — me dice.
Me pongo de pie, abro el baúl, abro la caja de herramientas, saco un par de guantes para mí y otro para Milton. Se los tiro por el aire y me pongo los míos. Palpo el bulto y lo agarro de los pies. Tiro para afuera y lo bajo hasta que toca el piso; Milton se encarga del tronco y lo apoyamos con suavidad en la tierra, al lado del pozo.
La sábana está anudada en los extremos. El peruano saca una navaja del bolsillo y empieza a cortar las sogas, poco a poco el cuerpo de Lucía va asomando. Le descubro la cabeza, la destapo y allí está, con los ojos cerrados y expresión tranquila, parece dormida. La luz azulada sobre su rostro delicado que ni la muerte pudo arruinar destaca su gélida belleza. Parece una muñeca de cera.
Me apoyo contra la puerta del baúl abierta. Quiero decir algo pero apenas me sale un murmullo sin sentido. Atrás mío Milton empieza a correr el cuerpo para meterlo en el pozo. Silba una melodía que no conozco y escucho como empuja la tierra floja con el cuerpo de Lucía como si fuera una escoba barriendo el piso.
Entonces se escucha una queja, un sonido gutural, atragantado.
— Callate negro de mierda.
— Pero es que no fui yo jefe.
Doy media vuelta para mirarlo. El tipo no dice nada.
— No me jodas.
De vuelta el sonido, la queja, de ultratumba, sale de los labios de Lucía.
— Nada para alarmarse — me dice Milton — en el velorio de mi tía Lita, allá en Perú, el fiambre no dejaba de hacer ruidos. Casi pensamos que estaba vivo, pero uno de ahí dijo que eran gases trabados que estaban saliendo.
— Dejá de decir estupideces negro ignorante — doy unos pasos cuidadosos hasta quedar al lado del cuerpo de Lucía, me agacho y apoyo la oreja sobre su pecho. Entonces lo siento, es un pequeño, débil, latido.
— Está viva. — digo. Me levanto cansado.
— ¿En serio? — Milton se arroja encima del cuerpo de Lucía, le sujeta los dedos índice y anular en la tráquea hasta que siente su pulso.
La chica tose.
Me apoyo contra la camioneta.
— ¿Me pasás uno de esos cigarrillos?
Milton me tira por el aire el atado. Enciendo uno y fumo en silencio.
El peruano se pone de pie, los ojos le brillan.
— ¡Esta era la sorpresa que nos prometió el Inca! — exclama repentinamente iluminado — ya sabía yo que no me iba a dejar con las manos vacías.
Se tira encima del cuerpo de Lucía y le desabrocha los pantalones, se los baja y luego la bombacha.
— ¿Qué hacés?
— ¿Qué te parece que hago?
Se baja los pantalones, los calzoncillos, deja al descubierto un pequeño pene negro y peludo que en un instante está erecto. Los ojos se le vuelven dos pequeñas bolas de fuego y tiene la mandíbula caída, llena de saliva que se escurre por la comisura de sus labios.
— Un sólo chancay — dice mientras se arrodilla frente a ella y sube sus piernas a sus hombros. Se escupe la mano y se la frota ensalivada en la vagina a Lucía — ya vas a ver como te voy a cachar.
No pienso y actúo. Agarro la pala con la que acabo de hacer el hoyo para enterrarla. Negro de mierda, y yo que pensaba que lo habían mandado para matarme. Walter Ayala lo eligió porque sabía que es una bestia, sabía que la iba a violar y que después de eso la iba a enterrar viva.
La penetra, Lucía emite un gemido, abre los ojos, nos ve y quiere gritar pero está atragantada.
— Vamos, vamos mi amor, así.
Descargo la pala contra la espalda de Milton con toda la fuerza que me queda en los brazos, el negro grita y se sale de adentro de Lucía. Cae de rodillas en el hoyo.
— ¿Qué mierda hacés Mario conchetumadre?
Alzo la pala de nuevo, el peruano levanta el brazo para protegerse la cara. Le golpeo la mano y pega un grito.
— ¡Pará! — suplica.
Le doy otro palazo, esta vez siento como el impacto rompe el hueso. Se agarra la mano rota y gime. Tengo su sangre en mi camisa. Sigo. Le doy con más furia, le pego en la cabeza, dos veces más, tres veces más, hasta que se le abre la cabeza como si fuese una sandía. Su cuerpo cae de espaldas en la tumba de Lucía que ahora pasará a ser la suya.
Apunto a la cabeza con el filo de la pala y le abro la frente, sigo golpeando, saltan pedazos de cráneo astillado para todas partes, aplasto la pala contra la nariz, los ojos, lo golpeo con el filo en el cuero cabelludo hasta ir despellejándolo. No puedo parar. Siento el pecho hinchado. No puedo parar. No puedo dejar de golpearle cabeza con la pala. Pequeñas gotas de su sangre aterrizan en mi cara y se mezclan con la transpiración y no me importa porque sigo y sigo hasta que empiezo a sentir que los brazos se me acalambran. Cuando ya no queda más que una masa sanguinolienta y deforme bajo la pala, la dejo caer en la tierra y luego me dejo caer yo mismo. Vomito al costado. Se terminó.
La respiración agitada de Lucía me hace levantar la cabeza. Allá está ella. Viva pero ¿por cuánto tiempo? Su cara es apenas una mueca grotesca de pánico. Está sentada frente a mí y sin decir ni una palabra empieza a arrastrarse para atrás, entre gemidos roncos, ayudándose con las manos, intentando mover las piernas agarrotadas, gira el cuerpo en un movimiento doloroso, exhala un grito y logra ponerse de pie pero enseguida trastabilla y cae de rodillas. Se sostiene en cuatro patas y gatea unos metros.
Me ve levantarme del piso y caminar hacia ella, se desespera, quiere correr pero vuelve a caer. La tomo del brazo y la ayudo a pararse.
— Tranquila — digo.
Intenta zafarse, se mueve como un gato adentro de una bolsa, me rasguña con las uñas llenas de tierra la herida que me hizo más temprano, la suelto instintivamente y me tapo el ardor, Lucía corre.
— Quieta — grito pero no me hace caso y me saca rápido unos diez metros de ventaja con un pique. Desenfundo la pistola y disparo al cielo, el eco lo convierte en un trueno — ¡dije quieta!
Como si le hubiera dado un electrochoque, el sonido la deja inmóvil como una estatua. Miro para todos lados y compruebo que estamos solos ella y yo.
La agarro del brazo y la empujo en dirección al auto.
— Vas a hacer lo que yo te diga ¿entendido?
— Chupame la concha — articula desafiante.
— Tranquilizate.
Intenta volver a rasguñarme, soltarse. La tomo de las muñecas con firmeza y la obligo a bajar los brazos.
— Pude haberte dejado con Milton y no lo hice.
— Sos un hijo de puta igual que él.
— Callate te dije. Escuchame. Vamos a salir de acá.
— ¿Me vas a llevar a otro lado para violarme? Hijo de puta.
La empujo hasta el pozo.
— No, por favor — suplica.
La suelto y la rodeo por atrás, cae de rodillas y llora, suplica para que no la mate.
Levanto la pala con la que hasta hace unos instantes estuvo cavando su propia tumba el peruano y con la otra mano le toco el omóplato a Lucía. Da vuelta la cabeza, y veo lágrimas y baba y sangre, raspones por todas partes.
— No me mates te lo suplico.
Choco la pala contra su pecho:
— Ayudame a enterrar a ese hijo de puta — le digo.
Recojo mi pala, la hundo en el montículo de tierra recién removida, la alzo llena y la tiro de nuevo al pozo.
— ¿Qué? ¿te vas a quedar ahí sentada sin hacer nada? Te dije que me ayudaras a enterrarlo.
Lucía contempla la escena de rodillas en estado catatónico.
Sigo paleando tierra y poco a poco el cuerpo deformado de Milton empieza a quedar enterrado; chequeo de reojo a Lucía que sigue inmóvil. Clavo la pala en el piso.
— Lucía — digo con tono firme pero tranquilo — lo mejor va a ser que nos apuremos si tenemos la intención de seguir vivos un tiempo más. Ayudame a enterrarlo así podemos salir de acá.
Pestañea y se ayuda del mango de la pala como de una muleta para ponerse de pie. Durante un momento contempla el interior de la tumba, la cara deformada de su violador y lo escupe.
— Dame un cigarrillo — dice con la voz seca.
— ¿Te parece que es el momento?
Carraspea.
— Estuve prácticamente muerta durante dos horas ¿puede pasarme algo peor?
Busco el paquete, es el que me dio Milton. Se lo paso. Lucía saca un cigarrillo, lo enciende, fuma en silencio.
— Ahora estoy lista — dice y clava la pala en el montículo de tierra movida, da una primera palada y después otra y otra y cada palada de tierra que tira encima del cuerpo de Milton endurece sus músculos, la despierta de su dulce muerte y le reafirma que está viva.
— ¿Entonces? — pregunta con el cigarrillo colgando de la boca.
— Entonces de momento terminamos con esto.
A lo lejos se oye el ruido de un motor que se acerca, giro la cabeza encima del hombro y lo veo; imposible confundirse aún bajo el manto oscuro de la noche, se acerca una Range Rover verde. Como la que tienen los hermanos Edgar y William Flores. No se mueven ni siquiera una cuadra sin subirse a su camioneta.
— Lucía, adentro de la camioneta. Ahora.
Clava la pala en el pasto, arroja el cigarrillo a la tumba, se cruza de brazos, y me pregunta:
— ¿Malas noticias?
— Muy malas noticias, muy malas.

Próximo capítulo: La noche roja.

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