Sangre por la herida: Capítulo 09

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Leer Capítulo 06: La maza y el televisor

Leer Capítulo 07: El cuerpo

Leer Capítulo 08: La noche

Resumen hasta aquí

Mario Quiroz y Milton Mamani se preparan para terminar su tarea y enterrar el cuerpo de Lucía Zabala. Pero nada es tan sencillo como parece en esta larga noche.

Capítulo 09: Un hoyo en la tierra

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Disminuyo la velocidad y me tiro para la cuneta al lado del camino donde me señala el policía con las luces del patrullero.
Detengo la camioneta y él hace lo mismo atrás nuestro. Se baja del auto. Es un tipo joven y mide casi dos metros. Lleva un uniforme pulcro y bien planchado. Un chico joven pero no tanto como para dejarse intimidar ni tan viejo como para haber oído hablar de mis hazañas, de la época en la que me decían “El camaleón” y nadie se atrevía a ponerse en mi camino.
El tipo camina con seguridad se agacha frente a mi ventanilla mete la luz de la linterna en la cabina y hace una rápida inspección ocular, se detiene particularmente en Milton, lo mira con desconfianza mientras que el peruano responde con indiferencia. Me pide documentos.
Lo miro a Milton que alza los hombros. Busca en el bolsillo de la camisa y me pasa una cédula que le entrego junto con la mía al policía.
— ¿Los del auto?
— Disculpe oficial, es que nuestro jefe nos prestó la camioneta por esta noche. Los papeles deben estar por acá — digo y me estiro hasta la cajuela, la abro y caen papeles, envoltorios de caramelos abollados, tickets viejos y gastados. Meto la mano hasta el fondo y acaricio la culata de una 9 mm en el fondo. Ningún rastro de la tarjeta azul.
— ¿Están seguros que su jefe les prestó la camioneta? — pregunta el policía impaciente.
Me doy vuelta, lo miro serio y le digo:
— ¿Sabés quién soy yo?
— Según su documento un tal Mario Quiroz.
— Exacto.
El tipo no dice nada, su cara sigue siendo una piedra inexpresiva.
— ¿No te dice nada ese nombre? Soy ex comisario inspector de la Policía Federal.
— ¿Se supone que tendría que decirme algo? Para mí puede llamarse Mario Quiroz tanto como Lola Lainez que me da igual. Puede ser ex cadete o ex oficial de la federal y sigue dándome igual. Lo que sí voy a necesitar son los papeles de la camioneta y pasa la linterna por el interior de la camioneta. Rodea el bulto con el haz de luz — de paso, ¿qué llevan ahí?
Trago saliva.
— Una alfombra — se apura a responder Milton cabeceando en dirección al cuerpo de Lucía envuelto en las sábanas blancas con lamparones de sangre.
— ¿Una alfombra? Yo veo una sábana. Van a tener que abrir el baúl.
Le dedico una mirada fulminante a Milton fuera de la vista del policía y vuelvo hasta él.
— ¿Hace falta oficial? Mi compañero se confundió. Esto es un lienzo. Nuestro jefe es pintor y deja sus telas por todas partes. Es algo muy delicado. Si llega a notar que a su pintura le pasó algo nos deja en la calle — digo casi sin aliento.
— ¿Ya tiene los papeles del auto?
— Estoy en eso — sigo buscando.
— Le voy a tener que pedir que se baje del vehículo.
— No hace falta, oficial… Silva — digo leyendo su nombre desde la placa en su uniforme — decime, ¿tenés algo que ver con el Subcomisario Raúl Silva?
— Soy el único servidor público en mi familia — me corta en seco — ahora, si me hace el favor de bajarse del vehículo.
Abro la puerta, saco las piernas y piso el barro. Me levanto con dificultad.
— La edad no viene sola. Me decían la Iguana ¿sabés? Mis años guapos están cobrándose sus deudas.
No reacciona, no le interesa, no soy nadie.
Me acerca un alcoholímetro sin decir palabra.
— ¿En serio?
Tengo el whisky y el ron que tomé esta noche en la sangre. Tengo el hígado curtido y puedo tomar el doble o hasta el triple de lo de esta noche y recién entonces comenzar a sentirme un poco mareado, pero esta máquina no miente.
— Sople ex oficial.
Cumplo la orden. El aparato toma la marca y el oficial Silva comprueba el resultado.
— De nuevo.
Repito el procedimiento, el tipo contempla el resultado y dice con un dejo de decepción:
— Parece que de esta zafó. Ahora, ¿me muestra lo que lleva ahí atrás?
Asiento con desgano, me doy vuelta y empiezo a caminar con lentitud hasta el baúl, le echo una mirada rápida a Milton y compruebo que ya desenfundó su pistola que ahora está en su mano, escondida en la sombra; acomoda el cuerpo contra el respaldo de su asiento, va a tener al blanco directo frente suyo apenas abra el baúl.
Me llevo las manos a los bolsillos, quiero que me vea como el tipo acabado en el que me convertí, Milton se va a encargar de la parte más pesada. Entonces con los dedos siento un borde puntiagudo y plastificado. Tomo lo que sea que tengo en el bolsillo y lo saco para afuera. Es la tarjeta azul de la camioneta. En algún momento sin que me diera cuenta cuándo ni cómo la debí haber tomado o me la habrá dado Walter y me olvidé que la tenía.
— Mire oficial, encontré la tarjeta azul — le digo y se la extiendo.
La examina con la linterna, chequea que la patente del vehículo coincida y asiente cansado.
— De cualquier forma quiero ver lo que tiene ahí en el baúl.
— Claro.
Lo llevo hasta atrás del coche y abro la compuerta. Silva pasa el haz de luz de la linterna por el bulto desprolijo.
— Entonces una alfombra hay ahí abajo ¿eh?
— No, no, le dije que es un lienzo. Nuestro jefe es pintor.
Milton nos mira arrodillado sobre el asiento del acompañante, esperando que el policía de tan sólo un paso más adelante para meterle plomo.
Por el camino pasan veloces algunos pocos autos, no es una zona muy transitada.
El policía duda un instante, vuelve a pasar la luz de la linterna por el baúl.
Entonces se da vuelta y desiste.
— Está bien. Ya tuve suficiente con ustedes esta noche.
Da un paso en dirección al patrullero y se detiene en medio del camino.
— Aunque pensándolo bien — dice y da media vuelta — me gustaría ver mejor lo que llevan ahí.
Observa desde la distancia el bulto, se le dibuja una mueca de duda.
— ¿Esas manchas rojas qué son?
— El lienzo. Es pintura roja.
Me mira desconfiado.
— Quiero verlo mejor — se aproxima de vuelta hasta el baúl, mete medio cuerpo dentro, se estira, Milton sube la pistola, lo tiene en la mira, siento las manos húmedas y la sien también mojada, la transpiración se precipita por mi frente como si se deslizara por un tobogán, está por tocar el bulto y suena el intercomunicador del patrullero. Es un llamado de emergencia a todas las unidades.
Sus dedos apenas rozaron la sábana, el cuerpo de Lucía debajo de su mortaja.
— La puta madre — masculla y corre hasta el patrullero. Responde el pedido de ayuda. Me acerco con tranquilidad y una gran sonrisa en los labios.
— ¿Algún inconveniente oficial?
— Tuvieron suerte — me devuelve los papeles. Se mete adentro del coche y sale a toda velocidad.
Se pierde en la oscuridad. Se fue.
— ¡Una alfombra! — grito metiéndome en la camioneta — ¡¿a qué clase de idiota se le ocurre decirle a un policía que estamos llevando una puta alfombra?!
— La historia de un cuadro es mejor, ¿no? Imaginate al Wally Ayala pintando un cuadro — dice y deja escapar un ronquido de incredulidad.
Sin pensarlo agarro a Milton de la remera y acerco mi cara a la suya.
— Escuchame peruano de mierda la próxima vez que hables antes que yo te diga qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo te meto un tiro en el medio de las bolas.
Lo suelto, me acomodo en el asiento y apoyo las manos en el volante. Respiro hondo.
Lo examino de reojo, este tipo es un imbécil; tengo que darle algo de crédito a Wally Ayala, nunca hubiera mandado a un incompetente como este a matarme. Podré estar viejo y haber perdido reflejos, pero sigo teniendo madera y este es un perejil.
Pongo el motor en marcha y arranco. El camino está despejado y la noche oscura. Quedan unos kilómetros hasta el descampado donde va a tener su descanso final Lucía y siento un gusto amargo en la boca, como si no pudiera despedirme de ella todavía.
— Oíme, Mario — dice ahora Milton como si no hubiera sucedido lo de recién — ¿cómo hiciste para engañar al alcoholímetro?
— Trucos de policía viejo — le digo cortante.
Hacemos unos minutos en silencio pero no puedo aguantarme más y le pregunto.
— ¿Qué te dijo Wally al oído cuando salimos de su oficina?
— Que me esperaba una sorpresita — responde sin dudarlo ni un segundo.
— ¿Sorpresita?
— Eso dijo.
— ¿Y que quiere decir?
Alza los hombros.
— Pero te vi sonreír.
— Jefe, ¿a quién no le alegra que le digan que va a recibir una sorpresa?
Al costado del camino empiezan a aparecer algunas construcciones precarias de chapa y ladrillo a la vista, la fachada exterior del barrio pobre que se extiende unos kilómetros cuadrados hacia el interior en tierras ganadas por la fuerza y el desinterés estatal. Se trata ahora de hacer un pequeño trayecto más hasta el final de la edificación donde se alza el esqueleto carcomido de una vieja fábrica de automóviles abandonada.
Los chicos de la villa pasan las horas del día entre sus laberintos de columnas descascaradas y los restos de basura esparcida por todas partes entre el metal oxidado de las salas de máquinas y las oficinas administrativas abandonadas. Ya no queda nada, todo fue siendo saqueado con el paso del tiempo desde que la fábrica bajó sus persianas hace diez años dejando una sombra fantasmal extendida y decadente en la villa que rodea sus restos.
En la villa están asentados los principales transas de Ayala, ellos son los que distribuyen las menudencias de pasta base que se destinan el mercado interno. Esta villa se ganó a los tiros a la banda de un tal Evelio Santos. Le decían el Samurai. Desde entonces es territorio del Inca Ayala.
Pasamos frente a la fábrica abandonada. Como si fueran luciérnagas saliendo de sus entrañas, cientos de lucecitas naranjas en medio de la oscuridad indican la presencia de adictos fumando sus porquerías entre las ruinas del edificio.
Acerco la camioneta al borde del camino y nos adentramos en el campo.
La luna redonda y luminosa está justo arriba nuestro, como marcando que este es el lugar. Apago el motor y bajo del auto. Milton hace lo mismo. No hablamos, no decimos nada, apenas se puede escuchar el sonido de los grillos y nuestros pies pisando la tierra húmeda. Abro el baúl y busco las palas. Tomo una y le paso la otra a Milton. Su fierro sigue ahí, casi descuidado, sobresaliendo del pantalón. No va a intentar matarme todavía pero no tengo que bajar la guardia porque sé que lo va a intentar apenas tenga la oportunidad.
Entonces empezamos a cavar.

Próximo capítulo: La noche roja.

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