Sangre por la herida: Capítulo 11

Leer Capítulo 01: El .38

Leer Capítulo 02: El charquito

Leer Capítulo 03: Los monoblocks

Leer Capítulo 04: El cajamarquino

Leer Capítulo 05: El lápiz labial

Leer Capítulo 06: La maza y el televisor

Leer Capítulo 07: El cuerpo

Leer Capítulo 08: La noche

Leer Capítulo 09: Un hoyo en la tierra

Leer Capítulo 10: La pala

Resumen hasta aquí

Luego de descubrir la sorpresa que el Inca Ayala les había preparado, Mario Quiroz reacciona asesinando a Milton Mamani y enterrándolo en la tumba que habían destinado para Lucía. Entonces, cuando creía que estaban momentaneamente a salvo, el ruido de un motor a la distancia indica que los Hermanos Flores, lugartenientes del capo narco peruano están llegando para sumarse a la fiesta.

Capítulo 11: La noche roja

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Sólo hay dos escenarios posibles para lo que va a suceder dentro de minutos: o bien los hermanos Flores se dan cuenta de que el cadáver en la tumba no es el de Lucía sino el de Milton o no se dan cuenta.

Lucía me hace caso y se escabulle en la cabina de la camioneta en el asiento del acompañante.

La Range Rover de los Flores atraviesa el campo y se detiene a unos veinte metros de la tumba de Milton. Tomo la pala y me dirijo al baúl de la camioneta intentando aparentar tranquilidad pese a que me tiembla la mano. Guardo la herramienta y le digo rápidamente a Lucía que no se exponga y siga mis órdenes.

Asiente en silencio, cierro el baúl y me doy vuelta. La puerta de la pickup verde se abre y una bota tejana se clava en el piso. Inconfundible sello de estilo de Edgar Flores.  Del lado del conductor baja su hermano William.

Me llevo las manos a la cintura y me cercioro en el movimiento de tener mi Browning en la sobaquera por si la cosa se pone interesante.

William Flores viene a mi encuentro con andar tranquilo como si intentara disfrutar de una noche clara al aire libre.

— Mario, ¿qué tal?

— Eso pregunto yo William, ¿qué hacen acá?

— El jefe se quedó un poco intranquilo con tu encuentro con los muchachos del Loco Bautista más temprano, mandó a que los escoltáramos a vos y a Milton. Ya sabés cómo le gusta tener todo bajo control.

Edgar da un pequeño paseo alrededor del campo, respira profundo y rodea la tumba mientras yo lo sigo con la mirada.

— Entonces escuchamos un disparo y con Edgar dijimos: “Caramba, parece que a fin de cuentas sí hay problemas” ¿no hermanito?

El gordo responde con un gruñido incomprensible.

— No tuvimos compañía. Menuda ayuda nos hubieran dado ustedes llegando media hora más tarde.

William Flores imprime una horrible sonrisa a su rostro acaobado:

— Supongo que habríamos llegado para levantar la escena Mario.

— Sí — enciendo un cigarrillo, exhalo el humo y lo libero con un suspiro mirando hacia las estrellas — bien, no pasó nada de todo eso.

— ¿Entonces? — dice Edgar Flores al pie de la tumba y por un momento siento que su cuerpo excesivo podría empujar la tierra húmeda que rodea el pozo y hacerlo caer adentro.

— ¿Entonces qué?

— El disparo Mario, ¿qué fue?

— La chica.

— ¿Qué pasa con ella?

— Estábamos por enterrarla cuando nos dimos cuenta de que todavía estaba viva.

William Flores larga una carcajada.

— Típico de Walter — murmura Edgar completando a su hermano.

— Sí — digo y exhalo con melancolía una voluta de humo.

— ¿Qué le pasa a Milton? — pregunta William.

— ¿Le tiene que pasar algo?

— Parece muy callado, ni siquiera vino a saludarnos.

— Quedó un poco impresionado. Se asustó cuando la pendeja abrió los ojos y empezó a escupir sangre. Primero pensó que era un muerto vivo o algo así. Le tuve que volar los sesos para que se tranquilizara, pero igual quedó un poco afectado por la situación.

Edgar me clava unos ojos curiosos y desconfiados y el silencio se torna espeso, solo interrumpido por los grillos.

— Vamos Edgar — dice William tocando el hombro de su hermano — dejemos a los muchachos terminar con este engorro que estoy seguro que Mario ya tuvo una noche bastante larga.

El matón obeso chasquea la lengua y está a punto de decir algo pero lo dejo con las palabras en la punta de la lengua; me doy media vuelta y encaro para la camioneta sin decir nada más. Entro en la cabina, le hago un gesto de silencio a Lucía y chequeo en el espejo retrovisor. Los hermanos Flores vuelven a su Range Rover y me hacen un guiño con los faros delanteros, arranca el motor y dan un giro en U para salir por donde vinieron.

— Increíble pero funcionó — suspiro.

— No parece — dice Lucía con voz apenas audible.

Vuelvo a ver el espejo retrovisor. Tiene razón. La camioneta de los Flores vuelve a dar un giro y se estaciona a escasos metros de donde estaba hasta hace unos instantes.

Se abren las puertas y veo de nuevo la bota tejana de Edgar Flores pisando el pasto mojado, del lado del conductor lo distingo pronto a William, los hermanos haciendo su show del Gordo y el Flaco en plena noche.
Edgar se acerca hasta la tumba y William en cambio viene dando pasos relajados hasta nosotros.

— Mario — dice en voz alta a medio camino entre su vehículo y el mío — disculpá, una cosita más — sigue y se acerca. Acaricio la empuñadura de mi Browning, calculo las balas que le quedan en el cargador. Desde esta distancia necesitaría por lo menos tres o cuatro para hacer un fuego de cubierta y salir picando si las cosas se complican. Con un movimiento invisible para William saco la pistola de la cartuchera y ya la tengo entre mis dedos pegajosos de transpiración. El menor de los hermanos Flores está a ahora llegando hasta la ventanilla de la camioneta y me hace un gesto para que la baje.

Refunfuño pero le hago caso y bajo la ventanilla hasta la mitad, la carrocería alta de la camioneta hace el resto y Lucía, si se queda quieta, no es reconocible desde afuera.

— Es mi hermano. Creyó haber visto un objeto brillante en la tumba de Lucía y dejárselo a los villeros sería una lástima.

— Está bien — digo y me pongo a tamborilear los dedos contra el volante.

— Hola Milton, ¿qué pasa que no hablás esta noche?

— Te lo dije, es un negro cagón que quedó mal después del susto que le dio ver que la piba estaba viva cuando llegamos. Creo que le tenía algo de cariño.

William ríe.

— Claro, cariñito para cogérsela tenía. Siempre quiso mojar entre esos pancitos. Lástima que haya sido tan conchesumadre la Lucía porque estaba para sorbarla toda. Siempre nos quedará su hermanita. Dicen que es preciosa la chiquita, ya la vamos a agarrar y la vamos a dejar renga de tanto…— hace movimientos con su cuerpo como si estuviera agarrando entre los dedos grasosos que tiene, llenos de restos de pollo a las brasas y pescado, a una mujer invisible y balancea para adelante y para atrás el resto de su cuerpo, corona la mímica sexual con un desagradable sonido de deglución y entonces Lucía se zafa de su asiento, se echa encima mío que la recibo sin entender lo que está pasando. Es un instante. Ella grita “Peruano de mierda, con Gabriela no se atrevan” y lo escupe.

William Flores tiene un segundo de parálisis, deja la mímica con los brazos agarrando el aire extendidos, la cara se le contrae endurecida por el miedo y la sorpresa,  los músculos se le tensan y lleva sus manos a buscar instintivamente su pistola pero reacciona demasiado tarde porque sin dudarlo le atravieso la garganta de un tiro. El chorro de sangre empapa la ventanilla y unas gotas también aterrizan en el interior de la camioneta. El peruano se lleva la mano a la yugular como si pudiera frenar el chorro pero tiene una lúcida conciencia de que es demasiado tarde.

Todo transcurre muy rápido, Lucía encima mío insultando a William, el disparo que le metí en el cuello, la sangre golpeando el vidrio. Aparto a Lucía de encima con un empujón. El tronido con el que le rajé la garganta sobresalta a su hermano que ve en un flash como William se desploma.

Reacciona sin pensar, busca su Bersa Thunder 9 mm y dispara pero ya estamos en marcha, acelero, el barro amenaza con dejarnos empantanados pero piso el acelerador hasta el fondo y salimos.

— ¿Qué mierda hiciste? — le grito a Lucía.

— De todos modos ibas a tener que matarlo. El gordo estaba por descubrir que no soy yo la que ocupa esa tumba — responde con tranquilidad como si no estuviéramos siendo blanco de la lluvia de balas de Edgar Flores. El gordo nos corre unos metros disparando pero es inútil, contamos con la ventaja de la sorpresa y le llevamos una distancia que ya no puede salvar.

Mientras nos alejamos en la camioneta lo veo una vez más por el espejo retrovisor; baja los brazos, deja caer la pistola al pasto y corre hasta donde yace el cuerpo de su hermano. Lo abraza, lo acaricia hasta que se convierte en un pequeño punto indistinguible en la negrura de la noche.

 

Próximo capítulo: La noche roja.

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