Rituales de lágrimas

9789877390193
Saga Rituales #2
SINOPSIS

¿VUELVEN LOS ASESINATOS RITUALES?

Han transcurrido casi dos años desde el brutal desenlace de Rituales de sangre. Sheila, la hija rabino Lehrer, Sebastián, un descuidado profesor de colegio, y la Iguana Quiroz, un ex policía melancólico y rudo, reunidos entonces por azar para resolver los escalofriantes crímenes rituales, siguieron adelante con sus vidas y no quieren saber nada del pasado.

Ahora un crimen atroz vuelve a estremecer a la opinión pública y, por sus características, todo  indica que hay que volver a buscar a los responsables en el seno de la secta ortodoxa judía de Tikvá Zhitomir. Pero ¿será realmente así? Cuando una segunda e inesperada muerte los golpea, los protagonistas se volverán a reunir, muy a su pesar. Esta vez contarán con la ayuda de Lucía Zabala, una deuda pendiente en la vida de Quiroz, y el misterioso Leib “El Gólem” Schelling, e intentarán desbaratar contrarreloj la nueva trama de perversión que va dejando cadáveres a su paso.

Con un ritmo implacable, la nueva novela de Alejandro Soifer nos ofrece una trama llena de  revelaciones históricas y mucha acción.
Un thriller original y atrapante.

Algunas características que encontrarás en la novela:

  • Participación especial de Santiago Soler, protagonista de la saga de novelas policiales forenses del escritor Gastón Intelisano.
  • Participación especial de Verónica Rosenthal, protagonista de la saga de novelas policiales del escritor Sergio Olguín.
  • La historia real y casi desconocida de Nueva Germania, la colonia antisemita radical y pre-nazi establecida a fines del siglo XIX en la selva del Paraguay por el Dr. Bernhard Förster y su esposa Elizabeth Förster-Nietzsche, hermana del gran filósofo Friederich Nietzsche.
  • Y como siempre, mucho suspenso, una trama compleja con varias vueltas de tuerca, trepidante acción y personajes inolvidables, algunos que vuelven y otros que se incorporan en esta ocasión.
Elizabeth Förster Nietzsche y Berharnd Förster

Elizabeth Förster Nietzsche y su marido el Dr. Bernhard Förster.

Si bien Rituales de lágrimas es el segundo libro de la trilogía de la saga Rituales se puede leer perfectamente sin haber leído antes Rituales de sangre (aunque por supuesto es recomendable haberla leído antes 😉 )

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Rituales de lágrimas

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Prólogo

María Belén Lorenzo se despertó sobresaltada a mitad de la madrugada con la certeza de que esa noche iba a morir. Sentía que alguien la había estado observando al lado de su cama, mientras dormía, en silencio, con paciencia, como la araña que contempla a su presa indefensa. Incluso había creído percibir, estando semidormida, cómo el picaporte de su habitación se había movido hacia abajo.
Una parte suya sabía que no había nadie en el departamento y otra parte estaba todavía enterrada en la profundidad de la pesadilla que la había despertado, y que poco a poco se iba diluyendo hasta hacerse imposible de reconstruir.
Miró el reloj: 4.24 am. Sintió cómo iba volviendo, de a poco, al mundo real.
Se levantó de la cama, dio unos pasos en la oscuridad, y se llevó la palma de la mano a la frente. Estaba empapada de transpiración. Abrió la puerta y salió al estrecho pasillo. Había adquirido una superstición tonta: cerrar la puerta de su habitación cuando se iba a dormir. El razonamiento era que si alguien entraba en su casa, la puerta cerrada la protegería. Lo cual era absurdo porque esa puerta no tenía llave.
Caminó hasta el baño. Se enjuagó la cara.
La imagen que le devolvió el espejo no la sorprendió: mostraba un terror que ya podía reconocer y que había ido madurando lentamente en su rostro. Cruzado de marcas y surcos, sumados a una palidez espectral, vio en ese reflejo cómo su cara se había ido convirtiendo en una máscara mortuoria. Había creído que mudándose de Buenos Aires, saliendo de escena, estaría fuera de peligro y dejaría por fin de tener esos sueños terroríficos, pero nada había cambiado.
El silencio y la oscuridad del departamento la intranquilizaban. Hubiese preferido que los vecinos del 4° C estuvieran de fiesta, como era su costumbre todos los fines de semana, o al menos escuchar la televisión a todo volumen que ponía la anciana del 3° A, o una tormenta en el mar, pero esa madrugada no había ni un solo sonido, ni una sola luz que la distrajera de sus temores.
Caminó a tientas hasta el living y se sentó, sin pensarlo, frente a la PC. Movió el mouse para que saliera del estado de suspensión y pronto la luz de la pantalla iluminó su cara, haciéndola pestañar, hasta que sus pupilas se acostumbraron.
Entró en su página web profesional, revisó una vez más que todo estuviera como lo había dejado hacía tiempo, cuando había sentido que el peligro se volvía real. Entonces no lo había dudado más y había tomado la decisión de irse. R.I.P. Seguía ahí. Era su último reaseguro si todo terminaba del peor modo. ¿En qué había estado pensando? Había sido demasiado infantil todo, pero ahora ya era tarde y eso era lo único que le quedaba.
Tanteó el escritorio y alcanzó los cigarrillos. Encendió uno y fumó en silencio.
Suspendió la computadora y nuevamente se levantó para volver a la cama.
Pasó por la cocina, abrió la heladera, se sirvió un vaso de leche fría hasta el tope y lo tomó en tres sorbos largos.
Apoyó el vaso vacío sobre la pileta, abrió la canilla, dejó que se llenara de agua y volvió a cerrarla. Se dio vuelta y de espaldas, apoyada contra la heladera, tanteó hasta dar con el primer cajón del mueble. Lo abrió con dos dedos, escurrió la mano dentro y tomó un cuchillo largo de cocina.
Belén dio unos lentos pasos, aferrada con fuerza al mango de la hoja. El departamento seguía tan vacío como hacía un rato. Entró nuevamente en el living, dio un vistazo general. Todo lucía exactamente como lo había dejado. Se adelantó con el cuchillo en alto, examinó detrás del sillón, no había nada. Dio un giro brusco de ciento ochenta grados y blandió el arma contra las cortinas; la estocada solo atravesó un montón de aire.
Cerró los ojos y respiró profundo. Iba a volver al cuarto, iba a cerrar la puerta, se acostaría en la cama, y la noche se habría terminado. Apoyó el cuchillo en la mesada de mármol de la cocina y volvió con pasos rápidos hasta la habitación.
Apenas atravesó el vano sintió el alivio de saberse en territorio seguro. Posó la mano en el picaporte y comenzó a cerrar la puerta cuando sintió que algo no estaba bien. Se quedó paralizada un instante. Entonces escuchó con claridad el motivo de su desvelo: la canilla de la cocina había quedado mal cerrada. Una gota caía sonora y sistemáticamente sobre el vaso de leche, lleno ahora de agua, que había apoyado en la pileta. Suspiró con tranquilidad, volvió hasta allí y ajustó el grifo. Cuando se dio vuelta para volver al cuarto algo le llamó la atención: el cuchillo. No estaba sobre la mesada donde lo había dejado. ¿Realmente lo había dejado ahí? ¿Acaso no lo había colocado en el cajón? Lo abrió: allí había un cuchillo de cocina como el que había tomado. Suspiró cansada.
Volvió a la habitación otra vez, cerró la puerta y se apoyó de espaldas contra ella. Entonces sintió que alguien golpeaba. En un instante vio cómo su cuerpo se sacudía, tirando para adelante y para atrás del picaporte, moviéndose como si estuviera teniendo convulsiones. De pronto los golpes cesaron. ¿Se estaba volviendo loca? Había pensado que alguien había intentado abrir la puerta a la fuerza, cuando en realidad había sido ella, sacudiéndose como poseída.
“Los monstruos no existen”, se dijo. “Los monstruos son los que creamos en nuestra cabeza”, se repitió.
Entonces abrió la puerta. Así era mejor.
No había nadie.
Volvió sobre sus pasos una vez más. Ahora sabía que el insomnio la mantendría despierta el resto de la noche.
Por entre las rendijas de las persianas se filtraban haces de luces que formaban sombras deformes sobre la pared. Creyó ver cómo se movían, como si fueran murciélagos, lagartos vivos caminando por las paredes. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió de nuevo tenía frente suyo a una sombra con forma humana. Un reflejo de luz plateada se desprendió de su mano. Era el cuchillo de su cocina sostenido en la mano alzada de esa sombra, lista para caer sobre su pecho.
Sintió la boca seca, se quedó sin aliento y su estómago se anudó.
Entonces la sombra, íntegramente vestida de negro, bajó el arma y con la otra mano se sacó el gorro de lana que le tapaba la cara.
Belén cayó sobre la alfombra de rodillas. Acolchonada, casi nueva. No sintió el impacto.
—¿Sos vos, entonces? Sabía que algún día iban a venir, pero ¿tenías que ser vos?
—Tranquila —dijo la sombra—, no te voy a hacer nada. Era solo una broma. Lo que pasó ya pasó.
Belén alzó lentamente la cabeza para ver bien a quién tenía frente suyo.
—Estoy embarazada —dijo.
—Lo sé —respondió el otro—, por eso vine.
Entonces la sombra, con un movimiento relampagueante, le rajó el cuello con la desprolija precisión con la que se troza una res. El cuerpo de María Belén cayó sin vida sobre la alfombra. Acolchonada, casi nueva, y ahora empapada de sangre.

Primera parte

Capítulo 1
Galimandi

Marcos Galimandi suspiró. Hacía ya un tiempo que estaba viviendo en la cabaña, dedicándose a vender mermeladas y cervezas artesanales a los turistas. El negocio no iba para nada mal; por el contrario, se había venido arreglando perfectamente bien e incluso había podido empezar a ahorrar un poco de dinero. Un ahorro modesto, pero era mejor que nada. A veces lo pensaba y se sorprendía. Tan fácil de lograr, tan lejos de lo que había soñado para sus años de retiro. Eso era lo que en el fondo le molestaba y era el motivo por el cual había suspirado con aire de resignación.
Hizo un esfuerzo para despejarse la cabeza de esas ideas, sabía que esa sería su vida de ahora en adelante y tenía que conformarse. Al menos hasta estar seguro de que había bajado la espuma en la ciudad. Había escapado por poco; casi había podido sentir cómo le mordían los talones, pero eso ya era cuestión del pasado.
Pensó en la chica, tuvo el reflejo instintivo de llevarse un dedo a la mejilla; la herida ya había cicatrizado pero le había dejado una marca de recuerdo que sabía que lo acompañaría por siempre. Fue solo un instante y volvió a sacudir la cabeza. “No tenés que pensar más en eso” se dijo a sí mismo, enojado. Siguió limpiando con un paño por encima de los frascos de mermelada acomodados con precisión obsesiva encima del mostrador. El polvo en ese lugar era una peste imposible de controlar.
La tarde estaba empezando a caer, el sol se había puesto anaranjado y sus reflejos plateaban las cumbres nevadas del cerro. Quizás esa noche podría salir con el auto, recorrer el camino de tierra hasta la fonda familiar El refugio de la montaña que quedaba a solo tres kilómetros de distancia y tomar un vaso de whisky junto a la chimenea.
Las noches siempre son frescas en el sur y Galimandi no entendía una mejor forma de pasarlas que con un trago de whisky al lado del fuego. A veces también se encontraba la viuda de Rodríguez y esas veladas eran un poco más especiales todavía.
Era una mujer apenas unos años más joven que él, muy coqueta y de presencia fuerte, pero que sabía confundirse con facilidad con los clientes habituales de El refugio. Mirtha Conner, viuda de Rodríguez, familia inglesa por parte de padre. Se había casado joven con el estanciero que era dueño de los campos que lindaban y se extendían por varias hectáreas con el fondo de la propiedad de Galimandi. Rodríguez había fallecido súbitamente de un accidente cerebrovascular hacía cinco años, y desde entonces la mujer era la única y solitaria propietaria de esos campos.
A Marcos no le costaba aceptar que se sentía atraído por la viuda. Le había invitado una copa varias veces ya y se sentía cómodo conversando con esa mujer de apariencia fría y calculadora, célebre por sus pocas pero punzantes palabras que nunca escondían lo que pensaba. El típico estilo inglés.
Galimandi terminó de pasar la franela por los frascos, se detuvo a descansar un instante y se sintió tranquilo, casi dichoso. Era una felicidad simple.
Miró por la ventana y se quedó absorto unos segundos contemplando el tapizado verde que se extendía por su terreno, y luego mucho más allá de su jardín, hasta el camino de grava que rodeaba la pequeña cabaña.
Se fijó la hora en el reloj de pared encima de la puerta de entrada: 5.54 p.m. Hora de cerrar. Avanzó hasta allí y comenzó a pasar la traba, cuando escuchó que se acercaba un automóvil por el camino de tierra.
Se quedó quieto, estático en su lugar. La llegada de un extraño a esa hora en la que ya había poca luz lo intranquilizó. Echó un vistazo en dirección al mostrador. Sabía que debajo de la caja registradora tenía una Smith & Wesson Model 19 especial. Pensó en ir hasta allá, tomar el arma y sentir el níquel en la punta de los dedos para quedarse completamente seguro, pero antes quería saber quién venía. Ya le había pasado en otras oportunidades. El camino hacia el mirador podía ser un poco engañoso si no se seguían estrictamente las instrucciones del mapa que entregaba la oficina de Turismo de la ciudad. Con el caer de la tarde la situación solía empeorar y era el momento en el que más viajeros extraviados pasaban frente a su propiedad; muchas veces paraban para pedirle direcciones. Siempre eran un fastidio.
Ese día se sentía particularmente de mal ánimo para atender a nadie más. Quería cerrar la puerta con llave, y echarse a dormir unas horas.
El auto se detuvo justo frente a su cabaña. Cada segundo que pasaba oscurecía más y Galimandi apenas pudo distinguir las particularidades del vehículo: un Ford Fiesta azul marino. O quizás negro. Ya no había suficiente luz para percibir la sutileza de la diferencia cromática.
La puerta del conductor se abrió y Marcos llegó a escuchar el roce de la suela de goma de un zapato sobre el piso. Pudo ver a un tipo bajando del automóvil.
El hombre comenzó a avanzar por el camino de piedras que llevaba a la cabaña. Galimandi lo observó atento por la ventana, al lado de la puerta.
Parecía joven. Llevaba anteojos negros tipo aviador, cara con barba de dos días, cuidadosamente desprolija, una camisa celeste al cuerpo, abierta a la altura del pecho. Un turista clásico.
Pasó la traba por la puerta y el click de cierre coincidió con el instante en el que el extraño llegaba hasta el recibidor. Golpeó con firmeza.
Marcos Galimandi seguía en la misma posición expectante. Pensó que si lo hubieran venido a liquidar, si ese hombre fuera un sicario peruano o colombiano que finalmente lo hubiera encontrado allí en el sur, no hubiera sido tan directo. Al menos, supo que él mismo no lo hubiera hecho así. Pero él era de la vieja escuela. A la gente ya no le interesaba la nobleza de un trabajo limpio y bien ejecutado.
Decidió no responder y el turista volvió a golpear la puerta.
—Sé que está ahí. Ábrame por favor —dijo con un acento que reconoció inmediatamente como un castellano escupido a través de un colador de lengua hebrea.
Galimandi no respondió.
—Vamos, solo quiero comprar unos dulces.
—Ya cerramos —gritó del otro lado de la puerta.
—¿No cierra a las seis?
—Es la hora.
Se produjo un silencio y luego la respuesta:
—Faltan dos minutos. Acabo de fijarme en mi reloj.
—Váyase.
—Por favor, Galimandi, me recomendaron especialmente sus mermeladas y vengo desde Villa la Angostura. Mañana tengo que seguir de viaje, ya vuelvo para Buenos Aires. Déjeme comprar y me voy. Le aseguro que será rápido.
Suspiró resignado. Descorrió la traba y lo hizo pasar al interior.
—Que sea rápido —le dijo, corriéndose a un costado. El otro entró fugaz como si supiera que tenía que aprovechar esa mínima oportunidad y se dirigió sin dudarlo hasta el mostrador donde inspeccionó las mermeladas una a una, frasco a frasco.
Galimandi dio unos pasos pesados hasta colocarse detrás del mostrador.
—¿Cómo sabés mi nombre?
El turista sonrió y alzando la vista del frasco de mermelada respondió:
—Pero vamos, Galimandi, usted es toda una leyenda por acá. Sin contar con que su nombre está en la etiqueta de las mermeladas.
—Exageraciones.
—Pero sí, es así. Una leyenda.
Esa respuesta, lejos de tranquilizarlo, lo inquietó todavía más. Pensó de nuevo en que lo mejor iba a ser estar prevenido. Tanteó debajo del mostrador hasta sentir que tocaba la culata del revólver.
—¿Quién te habló de mis mermeladas?
—Es de lo único que se habla en el centro. Debo decir que si sigue así podría llegar a hacer nuevos enemigos —dijo muy serio, sosteniendo un frasco de dulce de grosellas en la mano, examinándolo debajo de la mortecina luz de la única lamparita que colgaba del techo. El ambiente se percibía mayoritariamente ocre a esa hora en que la madera lustrada de las paredes reflejaba la luz artificial.
Galimandi lo tanteó, el hombre seguía inspeccionando los frascos de mermelada con aparente interés.
—Escuchame, no sé quién te mandó pero si venís en busca de problemas de acá salís en una bolsa y con un agujero en el medio de la frente —dijo fríamente.
El turista dejó el recipiente en el estante y alzó las manos.
—Tranquilo, hombre, ¿así trata a sus clientes?
—No me jodás, pibe. ¿Viniste a buscarme? ¿Quién te mandó?
—Solo a sus mermeladas, Galimandi, cálmese.
—Dijiste “hacer nuevos enemigos”. ¿Cómo sabés que tengo “viejos enemigos”?
—Es una expresión. ¿Qué le pasa?
Había algo en ese tipo que no le gustaba y lo hacía desconfiar. Por empezar, su persistencia. Había venido a la hora de cierre, había insistido en que lo atendiese y no había salido espantado con el trato poco cordial que le había dado.
El turista eligió un frasco de mermelada de arándanos.
—Creo que ya es hora de que me vaya. Voy a llevar esta —dijo.
Galimandi masculló el precio con un refunfuño gutural, el turista pagó y guardó el frasco en su mochila, fue entonces cuando vio el reflejo metálico en la cintura del hombre; el comprador se encaminó hacia la puerta de salida.
El dueño de casa se adelantó para abrirle, y cuando estaba por salir desenfundó el revólver y lo colocó sobre su frente.
—Ahora me vas a decir quién sos, y por qué viniste acá —amenazó Galimandi.
—Tranquilo, no vine a lastimarlo.
—No te lo repito más, hijo de puta, ya vi que tenés un fierro en la cintura, decime quién te manda y por qué me viniste a buscar.
—Galimandi, por favor, seamos razonables. ¿Podemos conversar?
—Estamos conversando. Tenés cinco segundos para decirme lo que quiero saber.
—No me obligue a hacer algo que no quiero.
—Cuatro.
—Está bien.
—Tres.
—No me diga después que no le advertí.
—Dos.
Entonces el turista, con un movimiento veloz, se agachó quedando fuera de la línea de fuego del revólver, al mismo tiempo que con la mano derecha tomaba la muñeca de Galimandi y con la izquierda desviaba el caño del arma hacia el techo.
El disparo retumbó en la soledad inmensa del cerro y pedazos de astilla volaron desde el cielorraso en todas las direcciones. Galimandi no tuvo tiempo de reaccionar, lo próximo que sintió fue cómo el hombre lo empujaba hacia el suelo, tirando conjuntamente del revólver con la mano izquierda y de su muñeca con la mano derecha arrastrándolo hacia él. El arma apuntaba en diagonal hacia atrás de su cabeza. Un segundo disparo impactó en un frasco de mermelada de frambuesas que estaba colocado para decoración, junto a otros, en un estante encima del marco de la puerta. El envase estalló esparciendo su contenido por la pared del fondo y llegando hasta el techo.
El turista le pisó el cuello, estaba inmovilizado.
—Un movimiento más y le parto la muñeca. Dos movimientos más y le parto el cuello.
—Si me vas a matar, hacelo de una puta vez.
—No vine para eso, Quiroz —dijo el turista, y cuando Galimandi escuchó su verdadero apellido confirmó lo que ya sabía: que estaba en problemas. A juzgar por la habilidad increíble del hombre que lo había reducido, los problemas eran además, muy graves.
—Entonces —dijo Mario Quiroz sintiendo dificultad para respirar; sus pulmones, apretados en la caja torácica, apenas podían expandirse. Estaba tirado en el piso y completamente a merced de ese tipo que sabía quién era en verdad—, ¿para qué viniste?
—Vine porque queremos que vuelva, Quiroz. Lo necesitamos para que nos ayude a resolver un caso.
—¿Por qué yo? Ya estoy retirado. Me echaron de la Federal hace ya bastante.
—Yo no soy de la policía y lo necesitamos a usted porque creemos que es el único que puede ayudarnos a resolver este asunto.