Rituales de sangre

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Saga Rituales #1
SINOPSIS

Viernes a la noche en un departamento del barrio de Once en Buenos Aires. Una familia de ortodoxos judíos se dispone a celebrar el shabat, el día ritual más importante de la semana. Solo que esta vez algo será diferente. Luego de la cena, el padre de familia, respetado rabino de la comunidad, asesinará brutalmente a su mujer y a sus dos hijos pequeños antes de quitarse la vida. ¿Qué sucedió? ¿Acaso fue un brote de locura o hay algo más que se esconde en la escenificación ritual de la masacre?

A partir de este espeluznante asesinato el autor, Alejandro Soifer, despliega una trama policial dinámica y atrapante que mezcla el thriller con la novela histórica, y donde los protagonistas se verán enfrentados a retos personales, conocerán el amor y la desilusión y lucharán por sus ideales, aun cuando esto signifique ir contra lo que se espera de ellos y ponga en peligro sus vidas.

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Rituales de sangre

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Escrita

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Prólogo

Viernes 3 de febrero

La noche en la que la familia Waistein iba a morir se parecía a cualquier otra noche de viernes en la que la familia se preparaba para recibir el shabat.
Jaia guió la manito de su hija Sharon con el fósforo encendido, hasta que la última vela se prendió y le dedicó una mirada de satisfacción a su marido que había vuelto temprano del templo. El rabino rezaba susurrando palabras en hebreo a toda velocidad; su cuerpo iba y venía en un vaivén que acercaba el ala de su sombrero a la pared.
—Mamá, ¿cuándo comemos? La mujer se llevó el dedo a los labios y le indicó a su hija que hiciera silencio. La nena estaba fastidiosa. Había sido una tarde larga; al ser viernes había salido antes del jardín de infantes, por lo que a las tres de la tarde ya había estado en casa, había ayudado a su madre a dejar todo preparado para la ceremonia de esa noche y también había colaborado con el cuidado de su hermano Mendel, que acababa de cumplir un año. Su padre también había pasado casi toda la tarde en la casa, terminando de armar esa cosa extraña de maderas cruzadas que ocupaba el centro del living comedor, justo a la altura en la que, en el fondo de la habitación, colgado de una pared, el retrato del último líder de Tikvá Zhitomir dominaba con su cara de rígida seriedad la vida familiar.
La nena miró de costado la cruz. Le producía una sensación espantosa.
—Mamá, ¿para qué es eso que pusieron con papá? —susurró la nena. Pero la mujer no le respondió. Sharon se aburría.
—Cuidalo a Mendel —le dijo Jaia y se levantó del sillón para acercarse a su marido que acaba de exhalar la última sílaba de su rezo.
—Es hora de cenar —le dijo y el rabino asintió con la cabeza.
—¿Está todo listo?
Jaia no le respondió. Salió del living y se metió en el dormitorio que compartían. El hombre se secó el sudor de la frente con la manga del saco negro. Se acomodó la corbata hasta dejarla bien alineada justo en el centro de la camisa blanca.
Jaia volvió del dormitorio, sostenía algo en las manos que hizo sobresaltar a la nena. Mendel empezó a lloriquear, había percibido la preocupación de su hermana. Sharon lo calmó como pudo, pero ella misma sentía que no podía quedarse quieta o tranquila. Su madre apoyó el tejido circular de tallos de rosas espinosas sobre la mesa como si fuera algo natural, un objeto cotidiano al que siempre le hubiera estado destinado ese lugar, como parte de uno de los innumerables ritos que les exigía la religión. Sharon miró el objeto, intentó entenderlo. Le daba la misma sensación de frío inminente que la gran cruz de madera en el centro del living comedor y las cadenas que la sostenían erecta.
—Mamá.
Jaia la calló:
—Ayudame a servir la mesa. La nena disparó una mirada furtiva a su padre que asintió, al tiempo que levantaba en sus brazos a Mendel. Las mujeres trajeron la cena y cuando todo estuvo perfectamente dispuesto, se sentaron del lado derecho.
El rabino sirvió vino sobre una copa que rebasó, dejando en el mantel un gran manchón rubí, y recitó una oración. Luego tomó la copa, se llenó la boca de un trago y se la pasó a su mujer que bebió a su vez. Cuando habían cumplido con el ritual, el rabino indicó que era hora del lavado de manos formal. Pasaron a la cocina donde, uno a uno, fueron arrojándose agua sobre las manos con una jarra que tenía dos manijas. Primero se derramaron agua con la mano izquierda sobre la derecha y luego a la inversa. Recitaron una oración rápida mientras realizaban la ceremonia. Faltaba vida, espontaneidad, alegría. Era shabat y había un clima de inusual aridez entre sus padres. Sharon lo sentía, lo había visto y por eso estaba nerviosa, pero no lograba entender qué estaba pasando, por qué sus padres estaban tan solemnes esa noche.
Volvieron a la mesa, el rabino corrió el mantel que cubría las dos hogazas del pan ceremonial y recitó: “Baruj atá Adonai, eloheinu melej ha´olam, hamotzi lejem min ha´aretz” a lo que la mujer y la niña respondieron “Amén”. El hombre tomó uno de los panes trenzados en sus manos y partió un trozo. Ese era el momento en el que debían hacer un silencio absoluto. Sharon ya se había aprendido esa parte del silencio hasta que su padre terminara de pasar el pan por la sal que había derramado encima del mantel de plástico. Sumergió tres veces el pan en la sal con un movimiento automático, comió un bocado y les pasó un trozo a su mujer y a sus hijos que también lo probaron. —¿Por qué esta noche no tenemos invitados? —preguntó Sharon.
Jaia atinó a empezar una respuesta pero se calló ante un gesto de su marido.
—Hoy es una noche especial, querida —dijo el rabino. La nena no se conformó:
—¿Para qué sirven esas cosas? —dijo señalando con los ojos a la gran cruz que dominaba la escena y la corona de espinas casi al alcance de su mano que se alineaba en la misma dirección. El rabino se aclaró la garganta, transpiraba de nuevo, sentía que el calor lo sofocaba.
—Comé y callate; una niña no debe hacer tantas preguntas —le respondió su madre sirviéndole una albóndiga de guefilte fish. La nena pinchó con el tenedor la carne de pescado que se deshizo con facilidad y se llevó un primer bocado a la boca. Sintió un gusto raro, agrio, quiso abrir la boca para emitir un quejido pero no pudo: cayó dormida arriba del plato. Jaia colocó un trozo del pescado en la boca de Mendel con la cuchara. El bebé no quería tragarlo pero la madre se lo empujó adentro hasta que lo deglutió y en un instante él también estaba desmayado sobre la mesa. El matrimonio se levantó, la mujer se desabrochó la camisa, se bajó la pollera y la bombacha, quedó desnuda, tomó la corona de espinas y se la colocó en la cabeza. El hombre volvió de la cocina con un cuchillo para cortar carne.
No cruzaron miradas, cada uno sabía lo que tenía que hacer. La mujer se posicionó al lado de la cruz.
—Falta el balde —dijo con frialdad. Su marido miró la escena intentando localizarlo.
—Ya sé adónde lo dejé —atravesó la cocina hasta el lavadero y volvió con una cubeta de madera fajada por anillos y clavos de hierro. —Es hora.
Desenganchó las cadenas de la pared y la mujer acostó lentamente la cruz en el piso. Se acomodó sobre ella con los brazos extendidos y juntó las piernas. El rabino tragó saliva.
—El martillo y los clavos.
Jaia no contestó, cerró los ojos. El hombre fue a buscar las herramientas al cuarto. Empezó a rezar en voz alta y aplicó el primer golpe del martillo sobre la palma de la mano extendida de su esposa. Le siguieron dos golpes más, violentos y profundos. Pudo escuchar el crujir de los huesos, el desgarro de los músculos.
Jaia no abrió la boca, aceptó su destino con valentía y fanatismo. Unas lágrimas le surcaron las mejillas. El rabino hizo lo mismo con la otra mano de su mujer. Rezaba a los gritos. Cuando terminó, se encargó de los pies. Cada golpe que aplicaba le sacaba un rezo más fuerte del interior. La mujer no gritó, no habló, solo cerró los ojos con fuerza y derramó lágrimas. Cuando estuvo bien asegurada a la madera, el hombre volvió hasta la pared, tiró de la cadena que se deslizó por la polea hasta levantar la cruz y el cuerpo de su mujer.
Fue hasta la pared contraria e hizo lo mismo. Ahora la cruz estaba nuevamente erecta pero llevaba a Jaia crucificada. La mujer no volvió a abrir los ojos. El hombre se ubicó a su izquierda y con el cuchillo de cocina en la mano rezó muy fuerte mientras la atravesó con violencia entre su cuarta y quinta costilla. Un chorro de sangre tiñó la alfombra y luego empezó a deslizarse por el cuerpo de la mujer goteando hacia el balde. El rabino besó el filo ensangrentado del cuchillo y en un movimiento rápido le cortó la yugular.
Fue hasta la mesa y con cariño apoyó el filo contra el cuello de su hija Sharon de cinco años. Le cortó el cuello sin vacilación y luego hizo lo mismo con Mendel.
Tomó una de las sillas vacías de la mesa familiar y la colocó justo debajo del gancho en el techo que había colocado la semana anterior. Enhebró una soga, se subió a la silla y se la colocó alrededor del cuello. Rezó por última vez antes de patear la silla y quedar suspendido en el aire. El crack que hizo su cuello cuando se partió, solo pudo ser escuchado por la figura severa del último rebe de Tikvá Zhitomir que seguía dominando la escena desde el retrato en la pared del fondo.

Capítulo 1
Sebastián

Sebastián buscó los puchos en el bolsillo de su pantalón tirado sobre el sofá y volvió a sentarse en la mesa. “Tengo que dejarlo”, pensó. Estaba desnudo. Sintió el frío de la madera sobre la piel. Prendió un cigarrillo y fumó alternando la vista de la hoja del diario abierto sobre la mesa y el cielo gris que se metía por la ventana. Hojeó el matutino y quedó paralizado en las páginas centrales de la sección policial. No pudo creer las imágenes. Fingió tranquilidad, pero los labios le temblaron
y el cigarrillo se le cayó sobre la mesa. Lo volvió a tomar, las manos también le temblaban. Sentía como si una pelota de angustia se le hubiera atorado en la garganta.
Celeste se asomó por la puerta del cuarto, lo miró con cara de dormida; llevaba un camisón blanco corto arrugado y el pelo revuelto.
—¿Todavía acá?
Hizo como que no la había escuchado.
—Dale, ya sabés que tenés que irte.
Hacía cuatro meses que salían y todavía no habían superado la instancia de ser solo un intercambio de amor los viernes a la noche. Y no era por él. Había intentado llevar la relación más allá, pero ella había sido muy estricta a la hora de limitar todo tipo de contacto: viernes a la noche y quería que el sábado a la mañana él ya no estuviera en su casa y menos en su cama.
—Perdón —dijo—, estoy un poco re„exivo esta mañana.
Ella lo miró con cara de …ngida ternura y siguió camino hasta la cocina. Puso agua en la pava y prendió el fuego, llenó de café molido el pocillo de la cafetera de …ltro y esperó a que el agua consiguiera la temperatura ideal.
—¿Te pasa algo? —le gritó desde la cocina.
Pensó un segundo qué responderle.
—No —se levantó y empezó a cambiarse.
Celeste se acercó con dos grandes tazones de café humeante.
—Tomá, no vaya a ser que después andes diciendo que te eché de casa sin siquiera darte algo para desayunar.
“Como siempre” pensó Sebastián.
Tomó la taza, mojó los labios. Estaba muy caliente. La miró a los ojos. Los dos parados en el pasillo que comunicaba la cocina con el living.
El ventanal del fondo daba una postal sucia de la ciudad: techos de casas bajas, edi‚ficios que se hacían imposibles de diferenciar en el fi‚rmamento.Se sostuvieron la mirada con las caras cortadas por los tazones de café. Celeste bajó el suyo primero; sonrió. Era una sonrisa incómoda.
Él bajó la suya pero no tenía motivos para reírse; tampoco para responder a su sonrisa.
—Me voy —dijo.
—Dale.
—¿El viernes que viene?
—Como siempre.
Mientras bajaba por el ascensor pensó que no, que no iba a ser como siempre. Algo había cambiado. Pero ella no hubiera entendido.
Él tampoco podía entenderlo todavía. Era extraño. Hizo un cálculo mental rápido, hacía por lo menos unos nueve años que no tenía contacto con Hernán. Y ahora esto. Se acordó de que todavía no había encendido el teléfono celular. Lo palpó en el bolsillo del pantalón pero lo dejó quieto. No quería tener que enfrentarse desde tan temprano a los llamados que le iban a ir llegando de uno en uno.
Por empezar, su mamá. Su hermano. Y de ahí en adelante quién podría saber.
El chirrido eléctrico de la puerta de entrada del edi‚cio empezó a sonar cuando todavía estaba saliendo del ascensor, se apuró a abrirla, cualquier cosa antes de tener que volver a tocar timbre, volver a tener contacto con Celeste, aunque más no fuera por el intercomunicador, por lo menos hasta la semana siguiente.
Caminó unas cuadras sin rumbo, sin saber bien adónde ir, hasta que decidió que lo mejor iba a ser volver a su departamento. Tocó de nuevo el celular apagado en el bolsillo y pensó en prenderlo, pero se arrepintió al instante de solo imaginar la voz agitada de su mamá que lo debía haber estado llamando durante toda la mañana.
Paró en un kiosco de revistas y compró un ejemplar de todos los matutinos que pudo. Descartó el que había leído en la casa de Celeste y se apuró para llegar a su casa.  Subió los dos pisos por escalera, era un ediƒcio antiguo que no tenía ascensor, y entró en el departamento de un ambiente en el que vivía desde hacía poco menos de un año. Se había tenido que mudar a esa especie de cuarto alargado con una pequeña cocina y un baño donde apenas entraba, cuando había terminado de mal modo su relación con Silvina. Habían salido casi diez años y convivido durante tres, hasta que ella lo dejó sin muchas explicaciones ni ternura. Lo que más dolor le causaba de haber terminado su relación era la pérdida de todo lo asociado a ella: se había tenido que ir del departamento  espacioso y bien ubicado que hasta entonces ocupaban juntos. En el reparto había logrado quedarse con Minerva, la gata tricolor que habían adoptado. En eso había sido in”exible, no pensaba quedarse con menos. La habían traído porque él había insistido y la gata sabía reconocerle el afecto acompañándolo, ronroneándole y buscándolo para que le acariciara la panza; nada de eso había hecho nunca con Silvina.
Abrió la puerta del departamento y entró como a una cueva oscura.
La persiana estaba baja y sintió el olor a encierro. Parecía una tumba. Solo pudo reconocer el brillo de los ojos intensos del animal que lo esperaba en silencio. Si bien la mudanza la había estresado y puesto de mal humor al punto de rechazar todo contacto con él excepto para pedirle comida, de a poco habían ido recomponiendo una relación amistosa. No se quejaba, era también lo máximo que él podía soportar de cercanía con una mascota. Un poco de cariño y algunos momentos de compañía, en especial durante la noche, cuando no se podía dormir y se sentaba a escribir en la computadora o se iba a fumar al balcón. Le gustaba la compañía de la gata mirándolo con esos ojos profundos, apoyada sobre sus patas traseras, inmóvil, como si no estuviese viva sino que solo fuera una antigua estatua egipcia.
Subió las persianas, revisó el cuenco donde le dejaba comida y lo volvió a llenar junto con el otro donde le ponía agua, ni muy fría ni muy caliente porque si no, no la tomaba.
Ahora sí, el sol entraba con timidez, entrecortado por los nubarrones que empastaban el cielo. El departamento era muy chico, no tenía espacio para demasiadas cosas por lo que había tenido que dejar la mayoría de sus libros en la casa de sus padres. Por lo demás, tenía una pequeña mesa donde comía, un sillón desvencijado, una cama, una PC y el mínimo balcón que le gustaba visitar en sus horas de insomnio. La luz roja titilante del contestador automático analógico que se resistía a dejar de usar, lo devolvió a la realidad. Apoyó los diarios que había comprado sobre la mesa y buscó directamente las coberturas de la masacre.
La foto era la misma en todas las publicaciones, una instantánea sacada por la policía que se había ƒltrado antes del cerco informativo impuesto por el juez. Todos informaban lo mismo acerca de la masacre. Los matutinos con mayor prestigio destinaban una o dos columnas a algún especialista de turno para que opinara sobre lo ocurrido, pero ninguno decía nada interesante. Según era posible reconstruir los acontecimientos a partir de las diferentes notas, la masacre habría ocurrido el viernes entre las nueve y las diez y media de la noche en el departamento de la familia Waistein ubicado en un primer piso de un viejo ediƒcio del barrio de Once donde vivían hacía ya ocho años. La noticia del espanto había llegado a las redacciones entre las doce y la una de la mañana y por eso algunos medios gráfiƒcos más pequeños no habían llegado a levantar la noticia, otros le habían dedicado apenas un recuadro en tapa y solamente los diarios más amarillos habían decidido darle portada entera, con algún zoom especialmente escabroso, a la foto que circulaba. La policía había sido alertada poco antes de que la noticia empezara a correr como una fiƒebre contagiosa por las redacciones. Un vecino que vivía en el mismo piso que los Waistein había escuchado gritos y llantos y se había acercado dos veces hasta la puerta de la casa familiar, había golpeado preguntando si estaba todo bien pero no había obtenido ninguna respuesta. La primera vez lo aceptó porque sabía que “Estos judíos tienen costumbres extrañas los viernes. No abren la puerta, no usan ascensor, no hacen un montón de cosas…” según había declarado a los medios. La segunda vez que había ido a ver si estaba todo bien y siguió escuchando llantos y gritos, intentó alertar a otros vecinos del mismo piso pero obtuvo la misma indiferencia porque también se trataba de familias judías ortodoxas. Entonces había llamado a la policía pero para cuando esta había llegado, todo estaba terminado. Eso era lo poco que los diarios decían del tema. Estuvo un rato con los periódicos abiertos en la mesa, examinando detalladamente la foto. No cabían dudas: era él. Era Hernán. No había vacilado un segundo desde que había visto la foto por primera vez apenas se había levantado de la cama en la casa de Celeste.
Miró a su gata que levantó el hocico de la cazuela de comida y le devolvió la mirada en silencio.
—¿Podés creerlo? —le dijo.
El animal siguió mirándolo un segundo y luego soltó un pequeño maullido.
—Yo tampoco.
Se apartó de la mesa y se sentó en la computadora. Entró en los portales de noticias y en Twitter para ver si se decía algo nuevo. La información en la web era idéntica a la que había salido publicada. Había guardias periodísticas en la puerta del edi…cio del crimen pero nadie había podido encontrar ninguna información nueva. En la red social el hashtag #MasacreJudia le causó náuseas. Clickeó sobre el hipervínculo y leyó algunos comentarios repugnantes. Se levantó de la silla sintiendo una mezcla de enojo y frustración. Tenía mil ideas en la cabeza, muchas de ellas contradictorias entre sí. Quedaba un largo fin ‚de semana por delante. Y para peor, hacía unos meses que los ‚fines de semana le resultaban especialmente deprimentes. Se decidió y apretó el botón del contestador automático que hacía titilar el número diez en rojo. Lo primero que escuchó fue la voz de su madre.