Prólogo: ¿Quieres ser un Lubavitch?

Tapa definitiva

Mi primer contacto con Jabad Lubavitch fue una tarde de abril o mayo de 2008 en la Biblioteca “Alberto Gerchunoff”, de la Sociedad Hebraica Argentina, donde trabajé durante siete años.
Hasta ese entonces, mis conocimientos sobre judaísmo eran entre básicos y nulos. Sabía que “era judío” sólo porque me lo habían dicho mis padres desde siempre, porque cuando llegaban los meses de abril y septiembre asistía a reuniones familiares para celebrar las fi estas de Pésaj y Rosh HaShaná, y porque teníamos que hacer malabares para ver qué día festejábamos con mi familia paterna y qué día nos tocaba con mi familia materna.
Más allá de comer el tradicional pescado relleno (guefilte fish) y el pan sin levadura, la matzá1 (mi abuela paterna, que hasta hace pocos años amasaba con sus propias manos durante horas el pescado, no temía cometer la herejía de poner en la misma mesa de Pésaj el pan trenzado, la jalá, al lado de la matzá, algo completamente prohibido según las costumbres judías), no cumplíamos con ninguna tradición.
La puerta de mi casa no tiene esa cajita con pergamino escrito con bendiciones bíblicas (la mezuzá), no recibí educación judía, apenas si había pisado un par de veces una sinagoga antes de empezar esta investigación (y siempre por motivos turísticos o por algún casamiento), no me circuncidaron, no tuve una celebración oficial de bar mitzvá y mi familia sostiene una tradición de ateísmo desde hace por lo menos dos o tres generaciones (excepto, quizás, por parte de mi abuela materna, que tiene sus propias ideas acerca de Dios, aunque claramente alejadas de los preceptos del judaísmo raigal).
Ser judío dentro de mi ámbito familiar siempre fue un conjunto amorfo de ideas vagas y origen de pertenencia, una anécdota del hambre que pasaba en Europa la abuela, algunos muy distantes familiares muertos durante el Holocausto y una cuestión de sangre. “Sos judío porque tu sangre es judía”, me dijo mi mamá cuando le pregunté de chico.
Nunca se habló de judaísmo de forma explícita en mi casa y la noción que había estaba filtrada por el sionismo, donde el Estado de Israel aparecía en forma vaga y nebulosa como un segundo hogar, un lugar por el cual preocuparse y leer los diarios en busca de noticias que se refirieran a él.
Mi judaísmo era por oposición: crecí con la angustia de sentirme perseguido por un odio irracional, con vergüenza de decir que soy judío, porque tampoco entendía bien de qué se trataba más allá de que era una excusa para que la gente me despreciara.
A los quince años vi por la tele La lista de Schindler. Reafirmó mi miedo y ancló mi percepción de que ser judío era ser un perseguido.
Por lo demás, ser judío siempre significó para mí al mismo tiempo un ideal, pertenecer a una minoría iluminada, y, acaso por mi ingenuidad y desconocimiento, la idea de que “ser judío es sinónimo de ser buena persona” y que “no pueden existir judíos de mala fe”.
Desde luego descarté esa ensoñación juvenil a medida que empecé a tener contacto real con mi colectividad, algo que no pasó hasta ese mismo 2008, que coincidió con mi viaje a Israel por BRIA, que me puso en contacto por primera vez con otros judíos.
En realidad, empecé a trabajar en la Sociedad Hebraica Argentina en 2003, pero ni siquiera en la biblioteca, rodeado de grandes obras del pensamiento judío y en trato cotidiano con miembros de la colectividad había sentido un mínimo interés por algo que consideraba folclórico en mi vida.
El judaísmo ortodoxo ni siquiera me interesaba superficialmente; lo veía como cosa de unos locos extraños, gente que no me representaba, con la que sentía un lazo tan débil que se me aparecían como lejanísimos primos extraviados con los que uno no tiene relación.
Ese año 2008 viajé a Israel y conocí una versión nueva de mi propio judaísmo, al que empecé a entender como una pertenencia.
Un mediodía, reunido en lo de mi abuela paterna con la familia, a seis meses de empezar esta investigación, quise indagar acerca de mis orígenes. El rabino Tzvi Grunblatt, director general de Jabad Lubavitch en la Argentina, me había preguntado si tenía alguna relación con el sabio judío que vivió en los siglos XVIII y XIX, Jatam Sofer. Según me comentó, todos los Soifer seríamos descendientes de él. Desde ese momento, algo que en otro momento no me hubiese interesado demasiado me obsesionó al punto de que empecé a cotejar árboles genealógicos. Cuando encontré la foto de un retrato de Sofer en Wikipedia y vi que el eminente sabio y yo mismo guardamos un gran parecido en el perfil, mi interés se hizo todavía más intenso. Quería averiguar, entonces, de dónde venía mi familia, si algún antepasado pudo haber sido un judío observante y, por qué no, hasta lubavitch.
Mis tías Helena y Lila me contaron que el último religioso en la línea de la familia de mi abuelo había sido mi tatarabuelo. Era un estudioso de la Torá que dedicaba todo su tiempo a ello, sin preocuparse por los demás deberes y ocupaciones. Mi tatarabuela, entonces, se tenía que encargar de mantener a su numerosa familia y terminaba los días agotada.
Eran pobres, el matrimonio compartía la cama con sus hijos en una casa modestísima de un pueblo perdido de alguna zona entre Ucrania y Rusia.
Cuando mi tatarabuela llegaba demolida por el cansancio de trabajar todo el día, caía sobre la cama, aplastando así a varios de mis tíos tatarabuelos, que murieron asfixiados.
Según parece, esta especie de reedición del mito de Cronos, el Dios griego que se comía a sus hijos, llevó a mis antepasados a consultar al rabino de su comunidad para ver la forma de dejar de perder a sus hijos.
El rabino ordenó que ataran la cabra de la familia a la cama. Mi tatarabuela caía desmayada del cansancio luego de tener que hacer la labor del ordeñe. Atada la cabra a la cama, el trabajo sería menor, y así no se desmayaría sobre sus hijos. Y si llegaba a suceder de cualquier modo, sería alertada por las quejas del animal.
Le debo mi existencia a la cabra entonces.
Al animal y a una mesa hueca donde mi bisabuelo se escondió durante un pogrom que asesinó a toda su familia.
Tenía doce años cuando emprendió un viaje con otros huérfanos hasta embarcarse para la Argentina.
Todo eso, para mí, es mi judaísmo.
Pero esa tarde de 2008 en la que, estando en la biblioteca, vi entrar a una señora para pedirme unos diccionarios de hebreoespañol y de español-hebreo, seguía desinteresado acerca de todo lo que tuviera que ver con mi judaísmo y con el judaísmo en general.
Conocía de oído algunas cosas que me habían comentado sobre Jabad Lubavitch: que te pagaban doscientos pesos por ir a tomar clases de judaísmo con ellos, que eran fanáticos retrógrados, que te lavaban el cerebro y te convertían, de la nada, en ultra fanático como ellos.
No había visto nunca antes a la señora y tampoco supuse que fuese ortodoxa y, mucho menos, lubavitch.
Vino unos cuantos días seguidos; me pedía los diccionarios y se sentaba en una de las primeras mesas para lectores donde consultaba y tomaba notas. A la semana, ya se sentía en confianza y entraba directamente a buscar los pesados tomos del diccionario. Hasta ese momento no cambiamos más que algunas palabras de cortesía, hasta que una tarde, después de pasar cerca de una hora leyendo y tomando notas, se levantó, dejó los diccionarios apoyados en el estante alto y se me acercó.
—Disculpame, ¿puedo hablar con vos unos minutitos? —me preguntó.
Dejé el libro que estaba leyendo arriba de mi escritorio y le sonreí.
—Claro.
—¿Qué tal? ¿Cómo estás? Mucho gusto. Mi nombre es Rivke y antes que nada quiero aclararte que soy licenciada en ciencias políticas y que tengo un doctorado y… bueno… no quiero darte todas mis credenciales para que no creas que te estoy saturando de información, o que soy soberbia o no sé qué… —empezó a decirme—. Además fui morá (maestra), directora de un colegio y, en fin… Antes que nada te aclaro que yo hace diez años veía a todos estos hombres vestidos de negro con esos rulitos (e hizo un gesto como de rulo cayendo detrás de las orejas) y el sombrero, y pensaba: ¡Estos tipos están locos!, y un día me sorprendí con algo que no pensaba que iba a pasarme, y fue que empecé a escuchar otra voz, otra realidad, y empecé a ir a la sinagoga y a shabat, y entonces, mirá, ¡hoy mi hijo anda vestido de negro, con sombrero y con rulito! ¡Gracias a Dios! Y yo me visto con medias largas (hizo un gesto de levantar la pierna pero se quedó en eso) y uso peluca, ¿ves?
Hasta ese momento no había notado que tenía puesta una peluca y apenas si la distinguía como una persona más de las que diariamente se presentaban a buscar información o investigar en la biblioteca.
—Yo no quiero ser pesada ni molestarte, ni nada por el estilo —siguió—. Simplemente hay diversas formas de ver la realidad, y considero que para que uno pueda decidirse por una tiene que poder aceptar la idea de que existe la otra, y conocerla. Entonces, lo que yo te digo, así, sin compromiso ni nada, yo no quiero plata ni nada tuyo, a mí ningún rabí me puso una pistola en la cabeza y me dijo qué es lo que tenía que hacer, lo descubrí yo sola, y lo mismo te digo a vos, que si querés venir algún día y ver, no sé, por ejemplo en shabat, venís al templo, escuchás al rabino que es muy canchero, un tipo muy piola, y ves. Y después te quedás un rato, y si querés podés ir a cenar con él o con nosotros, y así conocés un poco mejor una nueva forma de ver la realidad.
Asentí con la cabeza un poco confundido y sobrepasado por su discurso, que había sido muy rápido e inesperado. Era la primera vez que hablaba con una persona ortodoxa y nunca había cruzado una sola palabra con un rabino, por lo que lo que me decía me sonaba a algo extremo y extraño.
—¿Sabés que Dios —siguió— tiene todo programado? Que yo haya venido acá y que vos estés acá no es casualidad. No te estoy diciendo que soy una enviada de Dios ni nada por el estilo, simplemente que hay una razón por la cual nosotros confluimos en este espacio y yo te pude dar este mensaje. Ojalá puedas escucharlo. Yo te voy a traer ahora, cuando salga, la revista para la que estoy haciendo la traducción, te la voy a dar gratis, bah, ¡en realidad no se cobra!
—Está bien, lo voy a pensar, ¿sí?
—Sí, sí, no te preocupes, espero que lo pienses y bueno, yo voy a seguir viniendo acá, ya sabés, cuando quieras me decís y venís con nosotros a shabat.
Le dije que algún día, quizás, iría y me quedé pensando que no sé bien por qué, pero quizás la señora tenía razón con esa idea de que las cosas pasan por determinado motivo. Pero apenas se había ido ya me había olvidado de todo el asunto y desechado la idea de que exista un destino.

* * *

Pasó un tiempo durante el cuál Rivke no volvió a aparecer y me había olvidado del tema cuando me llamó por teléfono al trabajo.
—Hola, soy yo, la señora religiosa, quería preguntarte si ya decidiste venir a pasar shabat con el rabino.
Rechacé la propuesta con cortesía, inventando alguna excusa, y me volví a olvidar de todo el asunto. Volvió a venir a los pocos días. Entró, se llenó de aire el pecho como para hablar y me saludó.
Antes de que pudiera decirme nada le comenté que ese viernes tampoco iba a poder ir a su cena de shabat. Le pedí disculpas y me respondió que no tenía que pedirle disculpas por nada, que no era problema.
—Cuando puedas venir vas a ver que la bendición que viene del cielo es increíble —me dijo.
Rebuscó en su cartera y sacó una bolsita de nylon.
—Ay, se me estropeó un poquito… espero que esté bien. Tomá, es un pequeño regalito que te traje porque pasaba por acá, y me extendió una golosina y una gaseosa.
Los recibí y le agradecí sin entender bien qué tenía que hacer.
—Te molesto con algo más —me dijo—, no sé si ya te lo pregunté…no sé cómo preguntártelo… bueno, tengo que hacerlo, ¿cuál es el apellido de tu mamá?
Hice una mueca. El judaísmo se “hereda” por línea materna, por lo que si mi mamá no era judía yo tampoco lo era.
—Samoilovich —le dije, pensando que de todos modos eso no probaba nada porque mi abuelo podía ser judío y mi abuela no, y así nos remontaríamos a una cadena de pureza de sangre incomprobable.
—Ah —dijo y largó un suspiro largo—. ¿Sabés por qué te lo pregunté?
—Es que por la ley de vientre, un judío es el hijo de madre judía.
—Exacto. ¿Te puedo contar algo?
—Sí.
—¿Vos qué edad tenés?
—Veinticuatro.
—Perfecto. ¿Sabés que hay chicos de tu edad que andan vestidos de negro y con sombrero y que se levantan todos los días a las seis de la mañana porque tienen que estar desde las siete en la sinagoga, y se pasan todo el día estudiando? Digo, ¿debe ser divertido, no? Porque si no, no lo harían, ¿no te parece? Yo no te estoy diciendo esto para convencerte de que te hagas judío ortodoxo, simplemente te lo comento. Bueno, Ale, me voy a ir a trabajar con mis traducciones un ratito nada más hoy.
Le alcancé el diccionario de hebreo y volví a lo mío. Estuvo un rato más y se despidió.
—¡Shabat Shalom!
Durante las siguientes semanas siguió insistiendo para invitarme a la cena de shabat con llamados que seguí rechazando.
Se lo comenté a quien era mi jefa, Débora, que me dijo que también a ella se había acercado y que habían ido con su familia a pasar la cena de shabat con Rivke, el rabino y su familia.
—Es una experiencia interesante. Mis hijos se divirtieron mucho con los hijos del rabino —me comentó.
Empecé a pensar que no me costaba nada aceptar la invitación a una cena y que, incluso, podía llegar a resultarme interesante para ver el judaísmo desde otra perspectiva, que no era la que había recibido toda la vida en mi casa.

* * *

—¡Genio, genio, genio! —gritó Rivke desde el otro lado de la línea. Acababa de aceptar su invitación para pasar con ella y un rabino la cena de shabat —. ¡Vas a ver que te va a encantar, HaShem, nuestro Señor, va a estar tan contento! ¿Te parece que nos veamos a las siete de la tarde en Agüero 1164? Después de ahí vamos a la casa del rabino.
Arreglamos, y ese viernes, cuando terminé de trabajar, me fui caminando hasta el templo de Agüero.
Recién en ese momento confi rmé que estaba entrando en contacto con los Lubavitch, algo que ya sospechaba. Superé un breve interrogatorio en la garita de seguridad y entré.
En un mostrador, frente a la puerta abierta, estaba parada Rivke rezando con los ojos cerrados. Me vio entrar y se me acercó con los brazos abiertos:
—¡Alejandro! ¡Viniste! —dijo y se paró a una distancia prudencial de no contacto, después hizo una pequeña reverencia con el cuerpo (dobló apenas las rodillas en posición vertical) y empezó a explicarme —No te saludo porque…
—Sí, sí —le dije—, entiendo.
—Perfecto. Qué alegría que hayas venido. ¿Tenés ganas de escuchar una clase con gente de tu edad? Después viene el rabino y empieza la celebración de shabat.
—Esteee… hago lo que a vos te parezca —dije.
—Perfecto, vení que te llevo —me condujo a un cuarto atravesando la recepción del primer piso, al lado de unos sillones donde un par de judíos ortodoxos conversaban—. ¿Tenés kipá o necesitás?
—Tengo —le dije, sacando de mi mochila una que me había prestado mi abuela para ir a la reunión de BRIA.
Entré en el aula y Rivke desapareció, dejándome en medio de un montón de caras jóvenes que giraron para verme. En la cabecera de la mesa un rabino daba una clase sosteniendo en su falda a un nene de no más de cinco años. Durante un rato largo estuve sentado sin entender una palabra de lo que el rabino hablaba, remarcando conceptos que no conocía, arrojando algunas palabras en hebreo que entendía menos todavía y cuidando a su nene, que no dejaba de retorcerse encima suyo, pataleando y golpeando, tirándose al piso sólo para que él lo volviera a recoger sobre su falda.
Después de algunas preguntas de los alumnos, pasaron un cuadernillo de hojas impresas, en cada página del cual había un concepto cabalístico explicado y graficado con unos dibujos bastante básicos.
El rabino siguió explicando:
—El judaísmo es una religión con muchas reglas. Si ustedes son desorganizados, serán malos judíos. Por ejemplo, en el Shuljan Aruj, el libro que codifi ca las leyes judías, del gran rabino Josef Karo, está todo escrito: desde cómo se debe atar los zapatos y cortar las uñas un judío hasta las leyes que rigen el castigo ante delitos graves (risas). —Alguien le pidió que explicara acerca de cómo debe cortarse las uñas un judío.
—Las uñas son elementos impuros, están relacionadas con la muerte, porque siguen creciendo una vez que uno murió. Por eso son impuras y, por lo tanto, deben ser tratadas de una forma especial, no se deben cortar como se las cortan a los muertos. Un judío se tiene que cortar las uñas salteándose un dedo. Es decir: un dedo sí, un dedo no. Y primero la mano derecha y después la izquierda. La derecha siempre es mejor en el judaísmo. Y con los zapatos también, hay que ponérselos de determinada manera, atárselos de otra…
Se escucharon más risas.
—Ustedes se ríen, pero es una cuestión de fe. Si ustedes son judíos y no hacen esto, no es que Dios les va a mandar un rayo. Pero están cometiendo una falta. No es tan grave como comer jamón pero… Además es una cuestión de si lo creen o no. Si creen, lo van a hacer con felicidad, con convicción… Bueno chicos, por hoy dejamos acá —dijo el rabino—, por supuesto están todos invitados a quedarse para la celebración del shabat.
Mis compañeros de clase empezaron a levantarse, y pensé en seguir el mismo camino. Salí del aula, me saqué la kipá, y fui a ver a Rivke que seguía detrás del mostrador de la entrada, leyendo un libro de rezos y moviendo el cuerpo en breves inclinaciones.
— ¡Ale! ¡Ale! ¿Qué pasó?
—Nada, terminó la clase y quería ver si ya nos íbamos…
—¡No! Por favor, volvé que ahora va a empezar el Kabalat Shabat —me dijo, llevándome de vuelta hasta el aula.
Acomodé de nuevo la kipá en mi cabeza, suspiré y entré. Me senté en la mesa justo cuando la última mujer de la sala acababa de pasar el umbral hacia la otra mitad de la habitación divida por unas mamparas. Un rabino que no había visto hasta entonces las corrió y nos separó por sexos.
Repartieron unos sidurim (libros de rezos) que venían con una página en hebreo y una página enfrentada, mitad en fonética hebrea con alfabeto latino y mitad traducida al español.
Dos rabinos mirando al Oeste seguían la lectura con sus propios libros. Entonces uno de ellos gritó su rezo y el otro golpeó la mesa. Empezaron a gritar la página que había que leer.
—Página diecinueve, donde dice: “Dios, rey del universo…”.
Leímos en voz baja el pasaje hasta que el otro rabino indicó otra página. Y así fuimos salteando páginas. Intenté seguir lo que se leía pero no entendía una sola palabra y la parte que estaba en castellano no tenía sentido para mí.
Seguí sin entender nada hasta que un rabino dijo:
—¡Todos de pie!
Rezamos de pie y yo perdí la página o algo así, porque un compañero a mi derecha me hizo señas desesperadas para que pasase de página.
—¡Ahora rezamos en voz alta! —gritó un rabino.
Cuando terminamos de leer esa oración empezó a formarse una especie de fi la alrededor de la mesa. Me vi en el refl ejo de la ventana espejada, con kipá, sin rezar porque no entendía nada, siguiendo el trencito y siendo seguido desde atrás por un rabino con barba blanca larga, en medio de una manifestación religiosa como nunca había visto: me sentí muy extraño.
Dimos unas vueltas alrededor de la mesa y cuando terminamos volvimos a quedarnos en el mismo lugar donde estábamos antes de iniciar las rondas.
El rabino que llevaba la voz cantante ordenó rezar de pie mirando hacia Jerusalén.
Nos paramos y estuvimos un rato así. No sabía cuándo terminaba la oración, por lo que me quedé fi jo mirando hacia el Este hasta que una nueva orden nos llamó a sentarnos.
Entonces entró otro hombre de negro con una bandeja de plata que contenía un cáliz y una botella de jugo de uva ceremonial. Sirvieron un fondo en vasitos de plástico y después entró otro ortodoxo con una bandeja que tenía masitas de chocolate, canapés y sándwiches de pastrón, pepino y palmitos con salsa golf. El rabino que oficiaba la ceremonia sirvió el vino en la copa hasta que se derramó y luego la alzó mientras leía una oración. Cuando terminó, nos invitaron a brindar y a comer.
—Siéntanse como en casa, chicos —nos dijo el rabino. Entonces corrieron la mampara y las mujeres volvieron a unirse con nosotros para el brindis.
El rabino que parecía más experimentado se paró en medio de la sala y comentó que había muchas caras nuevas en la ceremonia y se puso a hablar de las deudas en el judaísmo.
Un judío está obligado a prestarle oído a otro judío, pero esa deuda debe ser saldada. Luego siguió comentando que cada siete años la tierra no puede ser cultivada, se le debe dar el descanso de un año, pero que eso no excusa al judío ante Dios de pagar sus deudas porque Dios no olvida. En caso de que alguien intente ampararse en la ley del descanso del séptimo año para no pagar una deuda, interviene un consejo de rabinos para solucionar el conflicto. ]
—Dios hace lo mismo —dijo el rabino —. Ustedes pueden pedirle a Dios que él les dará, él es puro amor, pero tendrán que devolverle. ¿Y cómo quiere Dios que le devuelvan? Cumpliendo con la ley judía. Somos su pueblo más amado y por eso quiere que continuemos nuestras costumbres, que vuestros hijos también sean educados en su ley. Ustedes me dirán: “¡Pero yo nací en una familia integrada! ¡Yo no sabía!”. ¡No hay problema! ¡Dios los perdona! Dios borra esa deuda; hace borrón y cuenta nueva y ahora que ya saben, recién ahora, empieza a contar la deuda.
De alguna forma, el rabino estaba dando vuelta la infamia que hace de los judíos, acreedores codiciosos, presentándolos, en cambio, como deudores eternos a Dios. Me serví un sándwich y un vaso de gaseosa cuando sentí que alguien me tocaba el hombro desde la espalda, me di vuelta y ahí estaba el rabino que acaba de hablar.
—Vos sos Alejandro, ¿no?
—Sí.
—¿Qué tal? Yo soy Moshé. ¿Tengo entendido que esta noche cenás en casa?
—S… sí —balbuceé.
Me sonrió.
—Perfecto, ¿te parece si vamos yendo?

* * *

Salimos del templo y caminamos juntos, Rivke, el rabino y otro señor, que se presentó y me dijo que era pediatra.
—¿Sabe, rab, que siempre quise traerlo a Ale acá, con nosotros, a la cena? Desde el primer día que lo vi supe que él tenía que estar en la mesa de shabat.
El rabino asintió con tranquilidad. Me estaba invitando a comer a su casa sin conocerme, un viernes a la noche. Nunca me había sucedido algo así.
Caminamos por Agüero unas cuantas cuadras, pero no tantas como para no poder ser soportada la prescripción de andar en transporte durante el descanso shabático. Pensaba cómo sería la cena, si tendría algo que ver con las que había experimentado a lo largo de toda mi vida para las fi estas como Rosh HaShaná y Pésaj con mi familia.
—Yo le dije a Débora que viniera con su familia pero en realidad te quería traer a vos, Ale —me dijo Rivke, feliz.
Apenas había salido del templo me había quitado la kipá. El otro hombre que nos acompañaba la tenía puesta y hablaba con el rabino Moshé.
Caminamos un rato en silencio.
—¿Sabés que ahora dentro de poco viajo a Israel? —le comenté a Rivke.
—¿En serio? ¡Ay! ¡Yo sabía que las bendiciones estaban con vos! Qué emoción, Ale, ¿y con quién viajás?
—Con BRIA.
—¿Con quién?
—BRIA… BRIA… Birthright International Argentina…
—No sé, Ale, qué es eso…
—BRIA es una organización fi lantrópica cuyo principio fundamental es que todo judío tiene el derecho de nacimiento de conocer Israel, por lo tanto pagando un precio realmente muy bajo te dan un viaje de diez días por todo Israel, con hotel y media pensión incluida.
—¡No te puedo creer!
Cruzamos la calle.
—Sí.
—¡Es buenísimo, Ale! ¡Vas a conocer Israel!
Llegamos hasta Santa Fe y Agüero y me adelanté para hablar un poco con el rabino. Había algo en su investidura que me atraía, su sabiduría, sus conocimientos sobre cuestiones que sentía que me afectaban de una forma lejana, pero que, en defi nitiva, me pertenecían por herencia cultural.
—Así que, Alejandro… —me dijo el rabino—, nos vas a honrar con tu presencia en la mesa de shabat.
Me puse colorado.
—Sí bueno, gracias a vos por invitarme a participar y…
—¡Ni lo digas! La mesa siempre estará servida y abierta. Y contame, Ale…, ¿cómo es que te interesaste por venir?
—Estoy buscando mis raíces, rabí —le dije, sorprendido por mi respuesta. No sabía si me sentía en compromiso con él o si realmente había algo de mis orígenes que estaba empezando a llevarme por ese lado.
—Ahhh, el judaísmo es como un boomerang: cuanto más lejos lo arrojes, con más fuerza vuelve. Sabés que nosotros propiciamos eso, que los jóvenes se reencuentren con su judaísmo… por eso tenemos los grupos de estudio como el que viste. Son muy lindos, ¿no?
—Sí.
—¿Sabías que los que hacen nuestro curso, que dura un año, al final de año viajan becados por nosotros a Nueva York? Es un viaje muy gratificante, muy educativo… conocen la sede de Jabad allá, visitan la tumba del Rebe…
—Ajá.
—Sí, podés venir si querés. Hoy ya viste más o menos cómo funciona.
—Lo voy a pensar. Como le decía, estoy en la búsqueda.
—Es que un judío siempre es judío. Por más oculto y asimilado que esté en la diáspora, siempre tendrá algo adentro que le tirará y un día eso despierta.
—…
—A nosotros nos dicen ortodoxos —me dijo mientras me indicaba que dobláramos por Beruti— yo no sé por qué. Preferimos llamarnos “observantes”.
—Sí, hay muchas divisiones en el judaísmo, ¿no?
—Muchas. Es una verdadera pena. Eso es por culpa de que en determinado momento histórico se dijo que el judaísmo era una religión con demasiadas reglas, demasiado estricta, que nadie podría seguirla. Que si queríamos conservarnos como pueblo era necesario aflojar con algunas de nuestras reglas. Así nacieron los conservadores. Una verdadera pena. Nosotros pensamos todo lo contrario. Pensamos que tenemos que seguir fieles a nuestras costumbres para evitar ser asimilados por otras culturas y otros pueblos. Y nos dicen ortodoxos. Pero como te dije, nosotros somos “observantes”.
Caminamos un rato en silencio con el rabino y de pronto empecé a sentirme observado por todos los que pasaban por la calle.
Yo al lado de un tipo de negro con un sombrero y barba que le llegaba al pecho.
—…Y tampoco aceptamos conversiones. Se nace judío. Si no naciste judío no podés elegir serlo. Por eso estamos también en contra de los entierros de conversos en los cementerios sagrados del judaísmo —terminó de decir el rabino.

* * *

Llegamos hasta su casa.
Moshé sacó una llave que pendía de su cinturón, la puso de costado, pegada al cuerpo y sin estirar el brazo, la metió en la cerradura, la hizo girar, abrió la puerta y nos invitó a pasar.
—Por escalera —aclaró.
—Sí, son veinticuatro pisos —dijo Rivke, y sin perder tiempo aclaró —no, no, es un chiste, es un chiste, es en el primer piso. Es que hoy no se puede usar el ascensor.
Subimos la escalera y en la puerta abierta del primer piso nos recibió con algunos de sus siete hijos la mujer del rabino.
—¡Shalom! Bienvenidos.
—Ponete cómodo, Ale, ponete cómodo —me dijo Rivke.
Dejé mi bolso en un sillón. El rabino se sacó el sombrero (abajo tenía una kipá) y el saco, quedó en camisa con tiradores. A nuestro alrededor había una biblioteca enorme, toda llena de libros jasídicos en inglés. Y la mesa larga puesta con lujo. Me presentaron a otra mujer, Esther, que también respetaba las reglas de la sobriedad y llevaba peluca. Nos sentamos en los sillones y el hombre que había venido con nosotros caminando contó que era pediatra y que había estado leyendo un poema de Borges dedicado al golem de Praga.
Moshé nos explicó la historia, que dijo, era verídica.
—El golem de Praga fue creado por un rabino para proteger a los judíos de la ciudad de los ataques de los cristianos que nos perseguían y decían que hacíamos brujerías y otras cosas.
—Decían que la matzá estaba hecha con sangre de niños cristianos —intervino el médico.
—Exactamente —asintió Moshé—. Bien, mediante una fórmula cabalística muy secreta y por medio de Dios, este rabino pudo darle vida al golem que era una estatua de arcilla viva. Pero como sólo Dios puede crear al hombre, entonces el golem no tenía capacidad de habla, que es lo que defi ne precisamente al hombre.
Allá en la ciudad quedaron dos estatuas, una del golem y otra del rabino —nos dijo y se levantó para buscar unos libros en su biblioteca. Uno era La historia del golem de Praga en portugués y el otro, el mismo libro en inglés. Los abrió y buscó una hoja que tenía fotitos de las estatuas.
—Es hora de cenar —dijo la mujer del rabino metiéndose en la cocina.
Moshé le dijo algo en hebreo a uno de sus hijos que asintió y se metió en la cocina tras los pasos de su madre. Entonces el rabino agarró una kipá apoyada en uno de los estantes de la biblioteca, se sentó a mi lado en el apoyabrazos del sillón y me dijo:
—Ale…, vamos a cenar y necesito que te pongas una kipá…, ¿vos tenés o querés que te preste? —dijo, mientras pasaba el dedo por la parte de adentro del casquetillo.
—No, dejá, yo tengo —le dije, y saqué la que había llevado de mi bolso.
—Ale, el rabino te va indicar dónde sentarte —me dijo Rivke. Y así fue, el rabino me dijo que me sentara a la derecha, entre el pediatra y uno de sus hijos. El se sentó en la cabecera y Rivke, Esther, su mujer y otras dos de sus hijas, en frente. La mesa quedó dividida en el sector masculino y el femenino, todos bajo la mirada del rabino en el cabezal y todos nosotros bajo la escrutadora mirada de Menajem Mendel Schneerson, el Rebe de Lubavitch, cuyo retrato, en distintas modalidades (con expresión seria, leyendo la Torá, sonriendo a sus seguidores, sobresaliendo sus expresiones faciales de una montaña), decoraba los resquicios de todas las paredes.
—Antes de sentarnos a comer —dijo el rabino— tenemos que hacer un lavado de manos. No es una cuestión higiénica, sino parte de una oración. Después vamos a partir la jalá y hasta que no terminemos con esto no se puede hablar. Acompáñennos a la cocina. Primero pasó el médico; el ritual consiste en arrojarse tres chorros de agua de una jarra especial con dos mangos. El pediatra cumplió sin difi cultades y cuando me tocó a mí, me puse nervioso, sentía que seguramente lo iba a hacer mal y eso podía ofender a la gente que estaba ahí.
Empecé a arrojarme el agua y el rabino me dijo:
—Ahora repetí conmigo —y me hizo repetir oraciones en hebreo que seguí por imitación fonética.Cuando terminamos pasamos a la mesa mientras las mujeres seguían haciendo el rito.
El rabino ordenó silencio y partió el pan, tiró sal arriba de la mesa y lo pasó por ahí. Después se sirvió vino dulce en una copa de metal hasta hacerla rebasar, como había sucedido antes en el
templo, y luego recitó una oración. Nos dio a cada uno un pedazo de jalá y luego hizo un gesto para indicarnos que comiéramos. Terminamos ese primer pedazo de pan y Rivke me dijo:
—Vos tranqui, Ale, porque yo cuando vine por primera vez también pensaba que estaban todos locos. Tampoco sabía nada de lo que estaba haciendo. Vos tranqui. La mujer del rabino se metió en la cocina y volvió con dos grandes fuentes con guefi lte fi sh y estofado de carne. Me sentí, sí, en una de las celebraciones familiares de las fi estas, pero con un nivel de observancia que desconocía totalmente. Eso no era judaísmo para mí. O el judaísmo que yo había vivido, no era judaísmo.
Estaba confundido.
El pediatra reflexionó:
—No sé por qué nos odian tanto. Imaginémonos… cien premios Nobel fueron judíos. No puedo entender que alguien se sienta primero argentino que judío. Porque, claro… los judíos alemanes estaban sorprendidos. ¿Pero, cómo? Si nosotros somos alemanes y después judíos decían… Así les fue, ¿no?
Asentimos en silencio.
—El Estado de Israel lo tenemos que defender con nuestra sangre. Ni un centímetro de tierra para los árabes.
El rabino le preguntó cómo había llegado esa noche a su mesa, y Rivke tomó la voz para contarnos que acababa de separarse y que había estado buscando un lugar donde pasar Pésaj porque ya no tenía familia. Además, que en Lomas de Zamora dónde vive no había festejos colectivos como acá y que de casualidad, que en realidad no había sido ninguna casualidad sino Dios, había llegado al templo de Agüero y se había sentado en la mesa al lado de ella.
—Ale, te hemos escuchado poco a vos —dijo Moshé. —Es que estoy escuchando y aprendiendo.
—No entiendo a los ateos —dijo el médico mientras se metía un pedazo de pescado en la boca.
—Ahhh, pero no… a los ateos hay que tenerles compasión —respondió el rabino—, si no se puede ser ateo.
Mastiqué en silencio, sintiéndome tocado por su comentario, queriendo defender mi judaísmo ateo pero sin atreverme a hacerlo en voz alta.
—¡Nadie puede negar a Dios porque nadie tiene el suficiente conocimiento como para hacerlo!
Después, el rabino nos contó que había nacido en Venezuela, que su padre era cubano y había sido un héroe de la derecha religiosa en Israel, que había estado en un barco que hundió Ben Gurión que era de izquierda; que su padre, además de pionero y héroe, había visto el martirio de otros hombres como él y que en ese momento ya se había retirado a Miami. Él mismo había vivido en Nueva York, Paraguay y otros lugares.
—En Jabad siempre decimos: “Join Jabad and travel the world”
—¿Por qué es así?
—Ahhh, es que nosotros llevamos el judaísmo por todo el mundo. Es nuestra misión. Imaginate que en Paraguay nosotros fuimos los fundadores de la primer sinagoga en la ciudad en la que nos asentamos.
—Interesante.
—Saben ustedes, por ejemplo —introdujo un nuevo tema de conversación el rabino—, que la teoría de la evolución de Darwin ya ha sido refutada, ¿no?
Mastiqué con lentitud.
—No, no, cuente rab —dijo Esther.
—¡Pues claro!, es que desde que se descubrió el genoma del hombre y se lo comparó con el del mono, se ha descubierto que no tienen nada que ver.
Me lamenté de no estar en ese momento sentado con mi amigo biogenetista porque me hubiera gustado ver la discusión.
La hija mayor del rabino dijo:
—Sí, a mí en el colegio me enseñaron que en realidad es el mono el que desciende del hombre.
—A ver, contá —dijo el rabino. Rivke y Esther la miraban con cariño. El pediatra a mi lado tomó un vaso de soda. Los otros hijos del matrimonio se habían ido a descansar en los sillones.
—Es que resulta que los monos son los hombres que se quedaron afuera del Arca de Noé. Degeneraron en monos.
—Claro —asintió el rabino sonriendo.
—En realidad los gorilas —terminó la niña. La mujer del rabino se levantó de nuevo para ir al a cocina y trajo de postre helado de limón con brownie.
—Igual, Ale, hablo en nombre del rabino porque sé que él estará de acuerdo, podés escribirle un e-mail si querés hablar con él o algo…
—Sí, claro, ha sido un placer tenerte aquí, Alejandro —dijo.
—Bueno, gracias.
Terminamos de cenar e hicimos otra oración que terminó con una pequeña ceremonia de lavado de dedos simbólica, para sacarnos la sal.
—Rab… nos vamos a ir yendo nosotros —dijo Rivke.
—Está bien, está bien.
Nos acompañó hasta la puerta de abajo y nos despidió.
—Espero volver a verlos pronto —dijo.
Me despedí de la gente.
—¿Sabés por dónde llegar a tu casa? —me preguntaron.
—Sí, sí, vivo cerca.
—Bueno, Ale, hasta pronto, en la semana te estoy llamando, ¿dale?
—No hay problema —le dije.
Me despedí con un saludo general. Crucé la calle y estaba a media cuadra cuando me di cuenta de que todavía tenía la kipá puesta. Sentí que me miraban, la gente me miraba. Me la saqué y la tiré adentro del bolso.

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